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La Iglesia y los divorciados

Su Santidad, el papa Benedicto XVI, no tiene pelos en la lengua a la hora de condenar a quienes se han divorciado y han formado nueva pareja. Lo dijo en Francia, en medio de una reciente visita pastoral. Y mas allá del tacto que no tiene para decir las cosas, la linea pastoral de este Papa se desdibuja completamente en una supuesta vuelta a la linea dura de la Iglesia.

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Intolerancia? La verdad no sé si se pueda hablar de una tolerancia al pecado, porque de por sí suena bastante mal. Pero el sentido común dice que algo no anda bien cuando un asesino, por ejemplo, puede ir al cielo si se arrepiente, confiesa su pecado y obtiene el perdón, mientras que una persona comun y corriente está condenada al fuego eterno sólo por no haber tenido la suerte de encontrar a su pareja de toda la vida en su primer matrimonio.

Me dirán que pataleo en vano, y tendrán razón. Teológicamente está establecido que las segundas nupcias son adulterio liso y llano a menos que el conyuge haya muerto antes de esa unión. Sin embargo no puedo dejar de sentir una especie de picazón cuando me dice la Santa Madre Iglesia que estoy excluido de ella sólo por amar a alguien que ya antes amó. No importa que en lineas generales sea un buen tipo, un laburante, un padre preocupado por que sus críos sean educados y vestidos y alimentados, que no robe, que no mate, que trate de no joder a nadie ni siquiera con la musica que escucho. No, eso no importa. Soy un adultero (que fea palabra!) y no tengo posibilidad alguna de redencion porque simplemente no me puedo arrepentir de amar a mi mujer y a la familia que con ella hemos formado.

Acaso temas como este sean los que llevan cada domingo menos gente a las iglesias, sin contar con la mala reputacion con que cuentan últimamente los sacerdotes, cada vez mas frecuentemente denunciados por distintos tipos de abusos. Tal vez sea sólo una interpretación mía desde la visión que me otorga el banquillo en el que la Iglesia me sienta, pero creo que la Iglesia le debe un poco mas de respeto a su gente, entre la que por cierto no me incluyo.

Los argentinos, tanto los nativos como los que llegamos en los barcos, somos mayoritariamente depositarios de una larga tradición católica, tanto en el viejo continente como aqui en América. Nacimos y fuimos bautizados en la fé catolica. Crecimos mamando de nuestros mayores los ritos y las costumbres católicas.
Incluso es nuestra religión oficial.
Como en Argentina, en el resto de America Latina pasa igual.
Y sin embargo la Iglesia tiende a volver a la ortodoxia. No intenta acercar a la gente a la contención de una Madre que ama, sino a la de una guardiana que castiga.

Se supone que para la Iglesia Dios es amor, pero la Iglesia se empeña en someter por medio del miedo al castigo y no en convencer por medio del amor.

En El nombre de la rosa, de Humberto Eco, un chico azorado contempla las farragosas y sordidas escenas de los frescos de una iglesia en los que esta representado el infierno y sus criaturas, mientras en el púlpito un monje dá los detalles terroríficos de los castigos divinos. El pobre tiembla de terror. Pero sin embargo cree, porque necesita creer en Dios. Le teme, y acaso observa Sus mandamientos porque no quiere estar en el lago de fuego y estiércol. Puede este chico amar a Aquel a quien teme? Lo dudo.

Creo que la Iglesia, despues de dos mil años de historia, debería dejar de una vez por todas la postura de inquisidora y adoptar la de formadora. Los valores que la fé pretende de la conducta humana son los mismos que el sentido común reconoce como correctos, pero los medios y los modos en que los presenta hacen que parezcan totalmente contrarios a estos últimos. En estos tiempos tan dificiles donde la informacion es tan abundante que apenas vemos lo superficial y ya otra cosa nos ha distraido, una Iglesia cercana a la gente, a sus problemas cotidianos, mínimos la mayoría, podría erigirse en el baluarte de esos valores que los mayores buscamos casi inútilmente en los más jóvenes.


Nos hemos convertido en una sociedad consumista, y por lo tanto egoista. Centramos el consumo en el placer personal y transmitimos eso a nuestros jóvenes. Tal vez por eso los que andamos por los cuarenta o más añoramos un poco de la mano dura con que nuestros padres supieron encauzarnos e inculcarnos conductas de vida, religión incluida. Y ahí es donde la Iglesia sería una ayuda invaluable en la educacion y en la formacion de personas rectas y respetuosas de sus derechos y deberes: inculcar el gusto por disfrutar de las buenas conductas. Que nos diga "sean buenos porque se van a sentir bien", y no "sean buenos o los cocinamos a fuego lento".

Sé que los dogmas no van a cambiar. Sé que el infierno va a seguir siendo el caballito de batalla de la Iglesia. Y sé que escribo al divino ..., pero no sería lindo que el amor nos redimiera?




Fuente: Texto propio.

PD: Mis disculpas a quienes se sientan ofendidos por una opinion personal que es sólo eso. Gracias.
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