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La lógica “amigo/enemigo”, marca nacional

La lógica “amigo/enemigo”, marca nacional

Debate. Alimentar el fuego patriótico con caricaturas de la realidad y verdades simplificadas es una receta preferida por líderes políticos en dificultades. Pero también, forma parte de una narrativa que recorre la cultura política argentina de derecha a izquierda, un nacionalismo retórico que no nos ayuda.



Los discursos recientes de la Presidenta sugieren la profundización de la dicotomía “amigo/enemigo” y el conflicto permanente como eje narrativo de la política del gobierno.

Si bien este elemento es marca registrada del relato kirchnerista, pareciera agudizarse en el marco de la madeja política y financiera actual y de cara a la campaña electoral del 2015.

A esta visión de la política, se le agregan personajes y tramas clásicas del discurso nacionalista. Aparecieron así la demonización de figuras como el juez “municipal” Griesa, la embajada de Estados Unidos, las agencias internacionales, y los “fondos buitres”, mencionados con dosis de crítica y sorna.

Los villanos son insertados dentro de figuras argumentales del nacionalismo; la obsesión imperial por arrasar con todo, la nación como víctima de la malevolencia foránea, la unidad nacional embanderada en el líder, y la posibilidad del magnicidio perpetrado por los “enemigos” de la patria.

Como cualquier discurso presidencial, la principal audiencia es doméstica -es un esfuerzo por marcar el derrotero hacia la militancia y marcar el terreno frente a la oposición interna-.

El receptor de ese mensaje es fundamentalmente local. Las audiencias internacionales y específicamente los intereses “imperiales” denostados, no ponen demasiada atención a tales pronunciamientos. Su vida cotidiana no es mayormente alterada por pronunciamientos de altos decibeles de los presidentes.

Su globalidad sin fronteras hace que tengan oídos sordos frente a polémicas locales.

Confían en su poder e influencia para lograr sus objetivos.

Sería equivocado, sin embargo, pensar que la mezcla de la idea de política como conflicto eterno entre campos irreconciliables con el nacionalismo retórico es característica única de este gobierno. Lejos de operar en un vacío comunicacional, esta narrativa explota una veta que recorre la cultura argentina de derecha a izquierda. Es un estilo paranoico de concepción de la realidad que atribuye todos los males a figuras siniestramente todopoderosas y perfectamente imbricadas con un solo fin: perjudicar a la nación.

Pareciera que dedican todo su tiempo a complotar -están tan obsesionados con “nosotros” como nosotros por ellos-. Se expresa en el mito del país que “pudo haber sido” si no fuera por los enemigos de siempre empecinados en nuestro fracaso. Se asienta en la visión del destino manifiesto del país quebrada por la obsesión externa de ponernos la bota encima. Ofrece una mirada apocalíptica que presenta cada disputa como la batalla final por el futuro de la nación. Esta visión auto-convencida no precisa evidencias para confirmar las acciones de intereses confabulados y al acecho constante. Creer es sinónimo de la realidad, sin necesidad de pruebas. Es un pensamiento que encuentra certezas que inevitablemente confirman sus sospechas pero que realmente no las necesita.

Cualquier acusación puede ser lanzada sin menor cuidado ya que las sospechas sobre conspiraciones son suficientes. Como observara George Orwell, “para quien tiene lealtad u odio nacionalista, ciertos hechos, aunque sean ciertos, son inadmisibles”.

Esto no implica que los enemigos no existan. Así como los hipocondríacos se enferman de tanto en tanto, los paranoicos también pueden tener enemigos. Ni tampoco implica que los fondos globales o los intereses geopolíticos mundiales intenten imponer sus objetivos por medio de su arrogancia y su enorme poder.

El problema es insistir con una visión dicotómica de “lo nacional” y “lo extranjero” que estratégicamente dirige el análisis hacia una visión facilista e incompleta de la realidad.

Olvida las complejidades de las economías y las finanzas globalizadas como así también la negociación constante con el capital global y los poderes geopolíticos. Ignora que tanto las buenas épocas como las frustraciones tienen múltiples causas. Prefiere pasar por alto la propia ambigüedad “nacional” frente al “enemigo” — la curiosa situación de pagar y denostar a quienes se les paga o participar en el mismo sistema financiero internacional que se critica.

Es como enarbolar orgullosamente el patrioterismo mientras se disfruta del shopping en la Quinta Avenida.

Alimentar el fuego patriótico con caricaturas de enemigos y verdades simplificadas es una receta preferida de líderes políticos en dificultades.

Les da carne a los leales y procura arrimar simpatías de la opinión pública. Invita a que sigamos adhiriendo a nuestros prejuicios y explicaciones facilistas sin profundizar en las razones de las dificultades o las vías para la superación. El nacionalismo retórico no solamente ofrece una visión parcial y distorsionada sino que nos confirma que nuestras verdades son inquebrantables y que la realidad jamás nos demuestra lo contrario de lo que pensamos.



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