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La luz del mundo


Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.
Juan 8:11
Luz soy del mundo.
Juan 9:5

La luz del mundo

Cierto día unos fariseos y escribas llevaron a Jesús una mujer sorprendida en adulterio (Juan 8:2-11). Dios había dado una ley a su pueblo Israel, y esta ley condenaba formalmente a una mujer así. Era, pues, imposible que Jesús contradijese la ley. Entonces, ¿qué iba a decir Jesús, el Verbo, la Palabra que se había encarnado? (Juan 1:14).

El momento era crítico: El Hijo de Dios estaba en medio de esos hombres que desobedecieron la ley en un punto u otro (Santiago 2:10). Lo que querían era poner a Jesús en contradicción con los mandamientos divinos para poder desacreditarle.

Una frase del Señor bastó para arreglar el problema: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Entonces, como un poderoso proyector, el haz de la luz divina alcanzó las conciencias. ¿Cómo resistir a aquel que lee en los corazones como en un libro abierto? En un instante la situación cambió: los acusadores pasaron a ser los acusados; salieron uno a uno, empezando por los más viejos hasta el último...

En vez de dejar que la luz penetrara en su noche interior, prefirieron permanecer en la oscuridad, “porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Siguieron siendo ciegos guías de ciegos, perdidos, conduciendo a los demás a la perdición.

La mujer se quedó sola, con su pecado al descubierto ante el único Justo, quien no vino para juzgar, sino para salvar, y abrió ante ella el camino de la vida.

“Vosotros también en otro tiempo erais desobedientes a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (Romanos 11:30).
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