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La primera vez que me hicieron Sexo Oral





LA PRIMERA VEZ QUE ME HICIERON SEXO ORAL









Durante mis primeras vacaciones en casa después de dos años, terminé en mi vieja habitación viendo fotos viejas.

Entre todas esas imágenes de mi sensual y adolescente persona con cejas demasiado depiladas y jeans blancos a la cintura, sobresalían dos álbumes que abarcaban dos años de mi pubertad. En casi todas las fotos de esos álbumes estaba colgada de un galán con una barba estilo Craig David y labios de princesa. Ese, mis queridos amigos, fue mi amor de la prepa.

Nos conocimos en línea. Yo estaba obsesionada con ser griega, y él estaba obsesionado con la música trance, y así fue como yo, ^Da_LiL_MaRiA^, conocí a MinistryOfSound, en el chat de una estación de radio local de Melbourne, Australia, donde los DJs tenían nombres como Alex Dyslexia, y hablaban un perfecto inglés con un marcado acento mediterráneo.

Quién habría pensado que a mis 15 años, un simple acrónimo, a/s/l (edad/sexo/ubicación), me llevaría a toda una vida de primeras cosas: la primera vez que conocí a alguien en línea, la primera vez que me enamoré, la primera vez que tuve sexo oral y la primera vez que tuve un pene en mi vagina. También fue la primera vez que dejé que un güey me echara miel en las tetas para luego chuparla. Y por suerte, la última.

Entre todas esas fotos juntos, una me recordaba todos esos momentos tan dulces. Era del baile de la escuela en el 2000. Tenía un par de años más que yo y estudiaba en una escuela católica para hombres, muy cerca de mi escuela privada para niñas. Los niños católicos eran conocidos por ser muy rudos, así que me sentía como la chica más cool de mi año por ir a su baile; en especial porque tenía auto, ¿y ya mencioné los labios de princesa?

Estaba vestida como si Rachel de Friends me hubiera vomitado encima: un vestido sin tirantes que llegaba hasta el suelo, y unas cejas ultradelgadas, piel translúcida estilo Christina Ricci, un peinado de risa (“mitad arriba, mitad abajo”), y unos labios color ciruela. Él traía un corbatín. También traía puestos esos zapatos que se amarran sobre tu pierna. Lo sé porque encontré uno escondido en mi clóset.

El baile era en el salón de un lujoso hotel, y los chicos habían rentado algunos cuartos para seguir la fiesta, ¿ya ves a dónde va todo esto? Mis padres no me dejaron pasar la noche en los cuartos de hotel porque los muchachos acaban de cumplir 18 y ya podían tomar. Pero yo estaba determinada a madurar esa noche. No me sentía preparada para el sexo, pero tenía toda la intención de chupársela a mi novio.

En ese momento no llevábamos más de seis meses, y yo era prácticamente virgen. Él había cogido con algunas chicas antes de mí, lo que me emocionaba, pero recuerdo muy bien no estar lista para el sexo en modo alguno. Hoy en día un par de copas de vino y que me digan que me parezco a Natalie Portman es suficiente para que entre en ambiente, pero en aquel entonces el alcohol no tenía ningún peso sobre mis decisiones sexuales. Estaba sobria y con un cinturón de castidad, a pesar de estar vestida como la esposa de un matón. Todo era muy lindo y feo a la vez.

A la mitad del baile nos escabullimos hasta el cuarto de hotel. En el elevador le recordé que no me sentía lista para tener sexo. Pero sentía cómo la electricidad recorría mi cuerpo; sabía que quería tocar y ser tocada. Desde el momento en que me puse el vestido esa tarde, una especie de energía me empujaba hacia delante.

“Pero”, le dije, “quiero probar con otras cosas”. Y vaya que si estaba lista para otras cosas. Hasta ese momento sólo me había dedeado con pubertos, y creo que en ese momento tenía la esperanza de que las cosas fueran mejor (si alguna vez dejaste que un puberto te dedeara, seguro entiendes).

Empezamos la acción en el cuarto de hotel. Y más que el baile, la conversación en el elevador, o cualquier otra cosa que pasó esa noche, lo que mejor recuerdo es cuando se puso de rodillas unos minutos más tarde. Yo estaba acostada al borde de la cama con las piernas bien abiertas, mientras él me quitaba la ropa interior. Esa fue la primera vez que alguien me hizo sexo oral, y pretendí disfrutarlo pero la verdad es que estaba demasiado sobria y consciente del acto como para relajarme y disfrutarlo. Trataba con desesperación de absorber cada detalle, más emocionada por la idea que por el acto en sí.

Lo más extraño de todo es que ni siquiera recuerdo si yo le devolví el favor (mi primera vez también), o no. Estoy casi segura que pasó esa noche, pero lo único de lo que estoy segura es que me sentía eufórica de que me estuvieran haciendo eso en un cuarto de hotel con un vestido elegante. Nunca antes me había sentido tan adulta y sexualmente relevante. Estaba participando en el mundo del deseo adulto, y me hacía sentir desproporcionadamente sabia.

También recuerdo nuestro regreso a la fiesta. Mientras buscaba mis calzones, me detuvo.

“No”, me dijo, “será más sexy si no los usas”.

Los metí en mi bolsa, y caminamos de la mano hasta el elevador. Cuando llegó, nos subimos en silencio, todavía agarrados de la mano. Cuando la puertas se cerraron, me miró.

“Te amo”, me dijo. No sé si ya me lo había dicho antes, pero fue por mucho la vez que más lindo sonó.

“Yo también te amo”, le respondí. Conforme las puertas se abrían frente a la sala principal, le apreté la mano y caminamos hacia la fiesta. Y realmente lo amaba; tan impulsiva e inconscientemente como se ama en la adolescencia. Fue su cara la que elegí para que se frotara contra mi vagina. Extasiada por el sentimiento de amar y ser amada por alguien que no fuera mi madre, y sofocada por la idea de mi primer encuentro sexual, bailé el resto de la noche sin ropa interior, hasta que mis padres llegaron por mí.




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