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La tristeza de ser de pueblo

Siempre me pregunté cómo puede sobrevivir un ser humano al soberbio tedio de vivir en un pueblo.

La plaza central, con la iglesia y la muni en frente de la Normal Nº1… El paisano, con la boina negra, el poncho rojo y ese intento triste de mantener viva la tradición de “El gaucho argentino”, un vago con aliento a mate que sólo sabe fajar a la jermu, faltar al dentista, robarle corderos al vecino, andar a caballo y jugar al truco.

Pero al tipo de pueblo le simpatizan éste tipo de cosas “argentinas”, tanto que cuando llega la “Fiesta Nacional X” organizada en su localidad, las junta todas y la muestra desfilando.

Las fiestas nacionales son formas de subsistencia de los pueblos para tratar de recaudar más fondos con el turismo, cuando en realidad los únicos que terminan asistiendo a éstas grandes festividades populares, son ellos, los locales.

Se organiza, por ejemplo, “La Fiesta Nacional del Porongo embadurnado con Vaselina”, donde se elige a la Reina Municipal del Pene Erecto y a las dos Princesas del Falo Venoso, que no tendrán ninguna función más que subirse a camión desvencijado y saludar a sus vecinos meneando la mano con cara de constipadas, sosteniendo un ramo de flores mal arreglado y saludando nada más que a sus vecinos. Además de eso, se pueden escuchar canciones de Facundo Saravia, La Sole y, cuando la cosa se pone linda, aparece La Mosca para hacer un show alucinante. El momento más triste de éste tipo de eventos suele ser cuando caen parejitas de niños vestidos de paisanitos bailando con sus parejitas “la chacarera”, girando en círculo como descerebrados chasqueando los dedos en el aire, mientras las amas de casa desempleadas pasean entre las tribunas vendiendo pastelitos caseros de membrillo en canastas de paja.

Lo gracioso es que si esto no alcanza para repuntar las recaudaciones turísticas, lo que hacen los gauchos pueblerinos es rezarle a la virgen para que su piloto de TC gane alguna carrera para hacerse acreedores de su éxito. “Claro que sí, Jorgelino Ponce de León, el campeón de Fórmula Renault Fuego nació acá, en Chacabuco”, dicen orgullosos.

¿A quién, sinceramente, le importan los pilotos de automovilismo? Sólo a los gauchos, pero no por interés en el TC2000 o lo que fuera, sino para fomentar las visitas a sus 10 manzanas asfaltadas.

Si ni la fiesta nacional, ni el piloto funcionaran, casi todos los pueblos –sobre todo los más tristes-, tienen una “lagunita”. Por supuesto, esto no suele ser otra cosa que un charco medio seco con el que pretenden atraer a los panzones del conurbano que buscan algunos días alejados de sus avejentadas esposas con la excusa de “la pesca”.

Y por último, están LOS ALFAJORCITOS, eso que -sin excepción- tienen como característico todos los pueblos del interior. Como si fuera TAN especial poner dulce de leche entre dos galletitas, pero no… No les importa, si viajas a cualquier lugar muerto en el medio del interior de las Provincias Unidas del Río de la Plata te van a ofrecer “nuestros alfajores regionales, los mejores del país” como souvenir.

La tristeza infinita.
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