Check the new version here

Popular channels

Laburó toda la vida, empezó literatura y es freelance



Cuando tenía 5 años, mamá me mandó por primera vez solo al almacén. El local de Doña Cinda, boliviana, quedaba a la vuelta. Mi vieja me encargó pan, queso, cebollas, no me acuerdo, pero fui sintiéndome un poco más grande porque estaba yendo a comprar solo. Cinda me da las cosas y al momento de cobrar, recuerdo perfectamente, me dice: “faltan 5 pesos”. Sentí como una puñalada en el pecho. Algo corrió por mi espalda, subió a la cabeza y se instaló en la garganta. Angustia.



Era apenas un pibito y ya estaba sintiendo la desazón que provoca el sistema. “No te alcanza … Bueno, después me lo traés” dijo. Supongo que vio reflejado en mi rostro ese extraño sentimiento. Agarré la bolsa. “Confío en vos” largó con una risita. Por primera vez en mi vida iba a comprar algo solo y ya estaba en deuda. Mamá calculó mal y eso me dio una lección. El sistema te manda tener cosas, para eso necesitas dinero, el dinero nunca te alcanza. Eso genera angustia. Corrí hasta mi casa y pedí los 5 pesos a mi madre. Ella dijo: “después se los llevo” y me sentí horrible. La señora confiaba en mí ¿Y si mamá se olvidaba? ¿Cómo seguir jugando si lo único que ocupaba mi cabeza era esa deuda? Insistí tanto que mamá me dio la plata y fui corriendo a pagarle a la almacenera. El alivio fue una sensación hermosa.

A mis 18 los ingresos eran pocos. Mi viejo fletero y mi vieja ama de casa. Mis hermanos, más chicos, estudiando. No alcanzaba como para vaguear tomando cerveza en la esquina. Así que salí a la jungla, imberbe e inexperto, a buscar algún empleo que me propinara lo necesario para mantener los vicios adolescentes. Cerveza y cigarrillos, libros, revistas y casetes pirateados. Verano del 95 y se venían los Rolling Stones.



Mi primera experiencia laboral fue hacer hamburguesas. Renuncié a los dos meses.

Después fui a un correo privado. 8 horas al día repartiendo sobres hasta que cerraron la oficina y se fueron. Cambiaron de nombre y dirección debiéndonos 6 meses de sueldo. Una modalidad muy frecuente en los 90.

Más tarde trabajé con una abogada. Me levantaba a las 5.30 de la mañana en Villa Diamante para pegarme una ducha, tomar tres mates y llegar a las 7.30 a Tribunales. Muchos no tienen la más mínima idea de lo que es tomar un colectivo a las 6 de la mañana en el Conurbano. O cuando el micro te pasa de largo y sabés que vas a llegar tarde, con todo lo que eso implica. Y si es en invierno, podés sentir cómo se te van congelando los dedos de a poco cuando te aferrás al caño mirando con odio a los que van sentados. Pequeños placeres de la vida. La tipa gritaba por cuestiones que a mí me importaban poco. Me pagaba una miseria, por supuesto, en negro. Un día llegué tarde y me echó. Me dijo: “No se dedique a perder cosas ...” y cerró la puerta.



Después fui repartidor y barrepisos en un bar de Retiro que se llamaba “Manolo”. Me obligaban a usar pantalón de jogging amarillo, remera amarilla con la inscripción “Manolo Entrega” en el pecho y una gorrita de visera a tono, junto con dos riñoneras llenas de sobrecitos de sal y mayonesa para dejar con los pedidos de comida a los hambrientos oficinistas que habitan las torres del Bajo. Un año de esa humillación, repartir comida a esclavos de oficina, soportar las mañas del jefe, recibir órdenes, barrer y escuchar que los motoqueros y otros transeúntes me gritaran por la calle “¿Qué entregás, Manolo?”.



En ésa época también entré a laburar en un estudio jurídico. Entonces tenía 22 años, 2 trabajos y una banda de rock barrial. Me agotaba pero me sentía Gardel. Estaba en mi mejor momento. “Tenía plata” mientras se venía lentamente la nube negra de la crisis. Los viernes a la tarde compraba una botella de champagne barato y la tomábamos en Plaza San Martín con un amigo que comandaba un carrito de panchos por la zona. Por esa época también probé con otro tipo de sustancias que ayudaban a estar despierto. Me pegó un poco mal la bipolaridad. Pasear por Tribunales de traje a la mañana, y andar de peluche amarillo al mediodía. Esa doble vida me llevó al hospital, me agarré un pico de estrés y tuve que largar uno de los trabajos. Dejé el bar. Bajaron los ingresos pero al menos estaba más tranquilo.

Corría el segundo menemato. El éxito era Videomatch y había que ser un dios del verano, en el verano del 98. Mi jefe era un abogado gordo y petiso. Nervioso y maltratador. Fumaba en boquilla y se la pasaba gritando. Tuve el puesto de cadete, procurador, factótum. Pasaron cinco años y un día me rajaron. De patitas a la calle. Reclamé y me pagaron una jugosa indemnización. El sueldo de un mes. El día que lo fui a buscar me dieron una bolsa con cuatrocientas monedas de un peso. Fue en febrero de 2002. Plena crisis. El cartón pintado del 1 a 1 se había caído.



Estuve sin trabajo fijo, como muchos. Me las ingeniaba para leer cosas nuevas, aunque nunca robé un libro. Empecé a escribir ficciones delirantes como una forma de escapar a la realidad económica y social. Ayudaba a mi viejo a cargar los fletes. Estaba saliendo con una chica. Ante la escasez absoluta de dinero llegué a salir a la calle en busca de alambres de cobre, cachos de bronce, fierros viejos y botellas para vender en un corralón. Junté unos mangos y logré invitarla a tomar algo un par de veces. En casa el ambiente se ponía espeso. El mandato familiar es, fue y será: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Pasaron unos meses de garroneo a parientes y amigos. Hice changas, hasta que entré como recepcionista en un Centro de Estudios Psiquiátricos. Me contrataron para la recepción, atender teléfonos y contestar mails. A la semana hacía absolutamente todo yo. Barrer, servir café, ir al súper, a pagar cuentas del jefe y falsificar firmas de algunos médicos (obligado por ellos mismos) cuando llegaban pacientes pidiendo recetas. En el Centro se atendían señoras de Recoleta que estaban bastante cuerdas y solo venían a combatir la depresión, que no deja de ser un lujo burgués. Los trabajadores de clase baja casi no tienen tiempo de pensar en deprimirse. Primero hay que poder comer, conseguir techo y bañarse con agua caliente, después si te queda tiempo de estar triste, lo charlás con el quinielero o el sodero o en la peluquería.



La fauna del lugar era variopinta. Entre los médicos y los pacientes, no se podía distinguir al cuerdo del loco. El jefe además de gritar revoleaba cosas. Agendas, teléfonos, tazas de café. Cada vez que se iniciaba una discusión terminaba con un objeto volador estallando contra la pared. El tipo era una suerte de Gurú de la psicología moderna y defensor de Fukuyama. Siempre estaba nervioso. Yo llegaba a las 8 de la mañana y abría el Centro de día. Unos diez pacientes entraban y se dedicaban a pasear su existencia por ahí.

El Centro era una Caja de Pandora. Pero nada me sorprendía. Mi escritorio estaba en un rincón estratégico desde el cual se podían ver todos los consultorios y el salón. La ventana de mi derecha daba al patio interno de un hotel alojamiento. Cada tanto escuchaba los gemidos de felicidad ajena o veía a las empleadas subir las persianas, airear la habitación, cambiar el canal porno por la novela de la tarde y poner las sábanas nuevas con un tedio infernal. La ventana del frente daba al pulmón de manzana. Justo a la altura de mi vista había un balcón en el que ataban a un ovejero alemán que se la pasaba ladrando el día entero. En el departamento de arriba del perro había una pareja con una beba que lloraba a cada rato y ellos discutían sin descanso. Gemidos, ladridos, gritos, llanto de niño, teléfono, pacientes, gemidos, llanto, gritos, ladridos, pacientes, falsificar firmas, ladridos ...



Además debía prestar atención a mis tareas. Por las mañanas había un psiquiatra por si pasaba algo. Y “algo” podía ser que tuvieran un brote psicótico y empezaran a romper todo. El médico cada tanto me llamaba para avisar que no iba a ir y me dejaba a cargo. Una vez, un ex combatiente de Malvinas que no paraba de tocarse, se enfrentó en una discusión con una vieja y se fueron a las manos. Los separé y llamé inmediatamente al médico titular. Me dijo: “Tranquilo, no pasa nada, poneles unas gotas de Halopidol en el mate ...”. Ese día renuncié. Me quedaron debiendo el salario. El jefe, atendía en su consultorio privado a la madre de mi novia. Por esos pasillos la crucé muchas veces y cuando renuncié me llamó para invitarme a trabajar con ella en una ONG.



Así fue como en abril de 2004 empecé a patear Tribunales otra vez y a aprendí a defender usuarios y consumidores. Diez años de mi vida quedaron ahí. Rápidamente pasé de cadete a (una vez más) factótum. Fui secretario y tesorero. Conocí casi todos los grandes estudios jurídicos de Buenos Aires. En el fuero comercial de Capital Federal me conocían hasta las ratas que se comen los expedientes. Conocí a muchos funcionarios. Los primeros años era todo muy a pulmón, pero sabíamos que teníamos viento a favor. La ONG empezó a funcionar. Crecimos, y fuimos ganando los juicios. Entre todo ese batifondo me casé. Mi novia pasó a ser mi esposa. Pero la relación con mi jefa, que además era mi suegra, se complicó.

El idilio no podía durar. Y no duró. Un día me gritó y no lo soporté. Esa vez fui yo el que empezó a gritar más fuerte y a revolear cosas. Por esa época estaba haciendo terapia para poder aguantar las responsabilidades de mi trabajo y los gritos de ella. Y creo que fue la terapia la que me hizo reaccionar y mandar todo al carajo. Pegué un portazo y no volví más.

También me divorcié y me fui de casa. Viví con un amigo. Estuve unos cuantos meses tratando de rehacerme. De juntar los pedazos y reconstruir algo. Desde entonces no tengo un trabajo estable. La cuestión es que en ese momento yo tenía dos grandes estructuras de las que me aferraba: un trabajo seguro y un matrimonio. El trabajo duró diez años. La pareja once. Al soltar la mochila de plomo que traía sobre la espalda, me sentí perdido. Pero a la vez logré una paz interior que no experimentaba hacía años.



A mis 37 terminé el secundario y empecé el profesorado de Literatura.

No se vive de los derechos de autor, por eso hago trabajos aledaños, talleres, o redacción por encargo. No alcanza, entonces hago trabajos de jardinería con el mismo amigo que me hospedó cuando me fui de casa. Me prometí no volver a encerrarme en una oficina. Trabajo desde que tengo 18 años. Y la realidad efectiva es que no hay efectivo. Pero ya no me afecta tanto.

Con el tiempo logré vencer esa angustia y entendí que el bienestar pasa por otro lado. Me doy la chance de llorar de vez en cuando y eso ayuda.



Después de la crisis total, encontré a mi compañera para este viaje. Encontré el amor después del amor y con ella la felicidad. Fue una mirada, haciendo una obra de teatro. Ese amor dio un fruto, Lucía, una nena hermosa. Ahora paso muchas horas al cuidado de mi hija porque mi mujer trabaja más que yo. Soy un padre presente. Y elijo eso cada vez. Prefiero seguir intentando la vida free lance aunque la economía hogareña devenga por caminos sinuosos. Cada sonrisa de mi hija lo vale.

------------

Sebastián Pandolfelli. Lanús, 1977. Músico, compositor, escritor y padre (así se define). Forma parte de la banda “Los Barriletes Cósmicos”. Publicó la novela “Choripán Social” –con prólogo de Alberto
Laiseca– y este año saldrá su nuevo libro de relatos, “Diamante”. Participó en varias antologías, entre ellas “Timbre 2” y “100 argentinos” (publicado por la Universidad de Guadalajara). No sabe manejar ni jugar al fútbol. Colaboró en el suplemento Cultura del diario Tiempo Argentino. Musicaliza el ciclo de lecturas “Carne Argentina”, un espacio pensado para que convivan los escritores editados y los inéditos. Sebastián coordina, desde hace varios años, talleres de Escritura Creativa.




0
0
0
0No comments yet