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Lo que Chile perdió en Malvinas gracias

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La Pérfida Albión siempre juega a largo plazo. Cuando los chilenos prestaron ayuda a Inglaterra para derrotar a Argentina en las Malvinas no imaginaban que esa colaboración ciertamente fraticida les iba a costar un millón de kilómetros cuadrados en pretensiones territoriales antárticas. De bases aéreas en el sur de Chile, aviones británicos partían al conflicto sin necesidad de desplegar en zonas más riesgosas sus valiosos portaviones, mientras el servicio de inteligencia militar chileno facilitaba ubicaciones de emplazamientos militares y detalles geográficos de posibles teatros de guerra, a la vez que detallaban lo que podían sobre las posibles estrategias argentinas en el Atlántico Sur.
Mientras el Perú de Belaúnde era uno de los pocos en honrar el tratado de solidaridad continental en caso de guerra, en virtud del cual facilitaba aviones, misiles y avituallamiento a la Argentina, Augusto Pinochet se frotaba las manos regodéandose en su autoproclamado genio geopolítico, mientras se ponía a los pies de Su Majestad británica y le señalaba la posición de barcos y bases aéreas argentinas a las tropas movidas hasta el sur del mundo por la inflexible Margaret Thatcher. Argentina, rival de Chile en los líos por pequeñeces de Sudamérica, era derrotada en su justa pretensión de retomar las islas Malvinas. En consecuencia, el Belgrano se hundía en aguas neutrales (en una de esas movidas infames típicas de los ingleses) y la Royal Navy le ganaba el ajedrez marítimo a la Armada Argentina. Con el mar y el espacio aéreo asegurado ya por el Reino Unido, los adolescentes gauchos en las islas comenzaron a caer ante filas de gurkhas nepalíes y los herederos de los legendarios redcoats, o se morían de hambre y frío ante el corte de su línea de abastecimientos. Las Malvinas se transformaron en Falklands otra vez, e Inglaterra destruyó las pretensiones de una nación latinoamericana de desafiar su dominio en el Atlántico Sur. Chile creyó haber ganado estratégicamente con esa movida, cuando acababa de consolidar una base para un futuro reclamo inglés. Nay, laddies.


2007, plataforma continental rusa.

25 años después en el lado opuesto del mundo, se desata una carrera de reclamos jurisdiccionales en el congelado Polo Norte, después que Rusia ejecutara una inesperada movida bajo el casco polar, izando una bandera rusa hecha de puro titanio en el fondo de la plataforma continental submarina. Rusia reclama así una porción generosa del Polo Norte como extensión del gran territorio euroasiático que posee, y genera una carrera donde los EEUU, Canadá, Noruega y Dinamarca se embarcan para hacerse de derechos sobre estos lotes que, se sospecha, tienen grandes reservas de gas natural y petróleo para el futuro. La última palabra sobre el Polo Norte no está dicha, y menos aún en el Polo Sur, en la intangible Antártida.

Inglaterra, siempre con una diplomacia visionaria salvo cuando se pone a las órdenes de los intereses norteamericanos, actúa en consecuencia de la lógica del Polo Norte y apresura su reclamo ante la ONU, exigiendo una amplia porción de la Antártida, un continente situado al otro extremo del Reino Unido. El principal problema es que este reclamo se superpone al territorio antártico reclamado por Chile y Argentina.

Chile volteó atónito mirando a su viejo aliado inglés. What?

¿Como un país tan lejano puede reclamar un territorio ubicado en la proyección continental sudamericana? Esta meta británica en la Antártida no es nueva, ya existía mucho antes de la época de la guerra por las Malvinas y aunque las bases jurídicas internacionales son un recurso deficitiario en esta pretensión, una excusa para hacerla es su dominio sobre las islas Georgia, Shetland y sobre todo, gracias Pinochet, las Malvinas. Chile y Argentina, que se enfrentaban en la intersección de sus dos reclamos antárticos, ven resucitar ahora el reclamo de un tercero más poderoso que sus fuerzas combinadas y que afecta los intereses de ambos. No menciono el reclamo antártico peruano, pues tiene pocas chances de llevarse a cabo desde que nuestras pretensiones allí dejaron de tener un interés magro a uno casi invisible.

El tratado de 1959 que protege a la Antártida de futuros reclamos territoriales, bases militares y explotación de recursos puede ser modificado desde el 2009, fecha en que expira su plazo de intangibilidad para ser permeable a modificaciones de sus fundadores firmantes, entre los cuales está Inglaterra y no ambos países sudamericanos. Teniendo en cuenta la actual crisis energética no hace falta ser un profeta para predecir que la avidez por el potencial de las reservas en la Antártida crecera exponencialmente respecto al precio internacional del petróleo. Al menos algunos artículos del Tratado Antártico de 1959 pasarán a mejor vida.

2009, el posible fin del tratado and beyond
Chile y Argentina tienen que trabajar una posición conjunta para enfrentar el reclamo inglés, pero para ello han de resolver primero sus propias controversias limítrofes en las respectivas áreas de intersección de sus reclamos polares. Una alianza con este fin los ayudaría tanto en el campo diplomático, donde todos esperamos que se resuelvan las cosas, como en un posible escenario bélico, una repetición del ajedrez de las Malvinas con una larguísima proyección hacia el sur, que ninguno de los dos países es capaz de sostener por separado y que también no sería una bicoca para el Reino Unido.

La Antártida es el único continente del globo que no ha sufrido guerra alguna, ya que está protegida por una serie de tratados y debido también a su escasísima población humana, compuesta enteramente de científicos en misiones temporales. Llevar el fantasma de la guerra allí sería desastroso para la imagen internacional de todos los actores involucrados, aunque como vemos en los últimos tiempos, nuestro gran hegemón norteamericano ha abierto el precedente de acciones unilaterales y el de pasar por alto la mediación internacional.

Una hipotética guerra por la Antártida sería mayormente marítima. La posibilidad de una campaña terrestre se ve limitada por una larguísima línea de abastecimiento (punto especialmente débil para Inglaterra) y un clima imposible para grandes masas de tropas, por lo que estaría restringido a la acciones de comandos especializados en el entorno, moviéndose contra el enemigo en pequeñas y vitales enclaves de la costa, donde puede apostarse avituallamiento y sistemas de radar. Aún así, la acción militar terrestre en esta zona es especialmente susceptible a cualquier falla logística, ante lo cual incluso los comandos no tendrían nada cerca de lo que abastecerse, y finalmente los veríamos en un penoso espectáculo persiguiendo grasosas focas y pingüinos. Esperemos que nuestros pacíficos animales antárticos jamás sean testigos de esta proyección a futuro y las cosas se resuelvan en la mesa.

Bueno, quizá el embrollo sería más fácil de resolver si Argentina no tuviera sus islas Malvinas en manos de una potencia extranjera. Aquí tenemos una razón más para detestar a Pinochet, una razón más para confiar mas en tu vecino latinoamericano antes que en una lejana potencia, una razón más para que Chile abandone su estrategia geopolítica de “país erizo” con púas apuntando a todas sus fronteras, y comience un trabajo diplomático conjunto con sus vecinos sudamericanos, sobre todo Argentina (aunque sería más potente una sólida posición de los países sudamericanos al respecto). Un millón de kilómetros cuadrados y asegurar que posibles reservas de gas y petróleo no caigan en las manos lejanas de siempre, no son un mal aliciente.
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