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Los moldes sociales del machismo


Esta dominación masculina parece remontarse al origen de la humanidad, quizás más por origen psicológico. Los hombres por naturaleza están dotados de músculos mucho más eficaces que las mujeres, debido a la tetosterona que, que asegura su desarrollo. En consecuencia son muchos más aptos que ellas para luchar. Por otra parte, quizás sea el motivo fundamental, no traen hijos al mundo, no los llevan consigo durante nueve meses, se limitan a depositar su semilla y apenas los implica.


De este modo, totalmente "natural" ha quedado establecido el orden de cosas, el reparto de papeles. El hombre iba a cazar, expuesto al peligro, dispuesto a defender el "nido" mientras que la mujer traía los hijos al mundo y desempeñaba todas la tareas inherentes a esta doble función, es decir, los alimentaba, los protegía del frío y les inculcaba las nociones necesarias para sobrevivir.


Hoy miles de años después este, este orden social apenas ha cambiado. Los hombres siguen luchando, aunque lo hagan esencialmente en el mundo laboral, las mujeres siguen trayendo niños al mundo, siempre de la misma forma, y asegurando su existencia: alimentación, vestido, colegio...
Ahora bien, desde hace años, no solo las mujeres sino también sus compañeros, están cuestionando este esquema fundamental. De este modo, el poder científico, cultural, médico, moral, político, ha sido siempre patrimonio del macho. Sobrevalorando el papel de la madre, el hombre ha conseguido persuadir a la mujer, que lo más importante es traer niños al mundo, y siguen consiguiéndolo.


Sin embargo con el paso de los siglos, la humanidad ha ido evolucionando. Las cavernas prehistóricas fueron reemplazadas por las chozas y más tarde por las casas. Los hombres se volvieron sedentarios y ya no necesitaron ser musculosos y robustos para vivir, para protegerse. Más tarde, la aparición de las armas de fuego puso a todo el mundo en un mismo plano. No obstante la costumbre quedó establecida. Los hombres seguirían dirigiendo las cosas, aunque las armas de combate fueran más que la inteligencia, la experiencia y la fuerza, ya no física, sino mental. En cuanto a las mujeres, continuarían en el hogar, confinadas en sus trabajos domésticos y su función nutricia.


Muy pronto se consideró a los hombres más inteligentes que las mujeres. ¿Acaso no les reservaban los estudios, las pruebas mentales, las que demostraban su espíritu agudo y competitivo? Menos abierta al exterior, preocupadas únicamente por sus tareas domésticas, nuestras compañeras se dejaron empobrecer culturalmente y dejaron el campo libre a los hombres.
No obstante, esta toma de poder de los hombres ha ido acompañada por una alineación que responden a numerosos estereotipos. Ahora empiezan a cuestionar esa imagen prefabricada de virilidad que soportaban el ejercer una dominación de la que no eran conscientes. Esta invocación se deriva lógicamente del activismo de las mujeres. No se puede cambiar el modelo femenino sin transformar el estereotipo del macho dominador que nunca tiene miedo.


Nadie pone en duda que al principio se muestran molestos en el momento de pasar de la teoría a la práctica. Hoy en día, algunos que se declaran feministas a menudos se sienten desazonados y desorientados cuando tienen que poner en tela de juicio elementos que creen innatos e integrantes de su personalidad, y que de hecho son solo socioculturales. No se borra en una decenas de siglos la discriminación sexual.
En cuanto a los machos dominadores y otros misóginos que aún no hayan comprendido que esta revolución está en marcha, que es irreversible, incluso deseable, tendrán que informarse si no quieren perder el tren para ponerse al día.


Según seamos hombres o mujer, nuestra vida se inscribe en unos compartimientos impuestos, en un medio sofocante, en unos esquemas carcelarios. Estos estereotipos nos condenan, nos encierran a un universo restringido, mezquino y raquítico que limita nuestro destino. Los condicionamientos empiezan desde el momento de nacer: ropa de chico, ropa de chica, colores para chico, colores para chica. Muñecas para las niñas, coches para los niños.
Así nos preparan desde la infancia para desempeñar nuestros papeles respectivos. Los hombres están destinados a liberar batallas, aunque no se sitúen en un plano guerrero sino intelectual y profesional, las mujeres, están destinadas a traer hijos; la ficción de las muñecas y los cochecitos solo es una etapa que precede a la realidad.
Y si un niño mostrara preferencias hacia las comiditas en lugar de los circuitos de coches, algunos padres se preocuparían temiendo que fuera homosexual. si una niña fuera la primera en los juegos del colegio, se la calificaría de marimacho y se le reprocharía implícitamente traicionar a su sexo.


Sin embargo, es probable que muchos niños estarían encantados de dormirse con una muñeca que en su imaginación lograría convertirse en su verdadero hijo. Pero la prohibición es tan fuerte, la censura es tan generalizada, que muy pronto dejan de pensar en ello.
Observe a ese escolar de diez años. Detesta la pelea y los golpes, es más bien tranquilo. Prefiere los mimos, las amistades cómplices, los abrazos. Su padre desesperado intenta con cierto éxito, contrariar la naturaleza de su hijo y despertar en él sentimientos combativos, guerreros y de venganza.
¿Como será de adulto ese niño tranquilo, agresivo para complacer a su papa? Simplemente le habrán robado su destino, su modo de vida, su personalidad. Mientras que en la niña se fomenta de manera exagerada el espíritu maternal. Y pobres de aquellos o aquellas que intenten escapar de ese "perfecto molde social". En cuanto los demás, harán lo que puedan, según sus posibilidades de adaptación y sus capacidades intelectuales, irán modificando con mayor o menor acierto su comportamiento para aproximarlos lo mejor posible a la imagen ideal de su sexo.

A un niño se le dice: -No debes llorar, si no parecerás una niña-, -tienes que trabajar mucho en la escuela, si no no ganarás bastante dinero para mantener a tu mujer y tus hijos, -no tienes que tener miedo, ni debes quejarte nunca-, -solo las mujeres son blandas-.


Querer inculcar a los hombres esta religión de invulnerabilidad es completamente absurdo, pues muy pronto la vida les demostrará que hay circunstancias en la que llorar o gritar de dolor les proporcionará alivio.En este aspecto es evidente que todos somos iguales. Las mujeres no sufren ni menos ni mas que los hombres y los circuitos nerviosos a través de los cuales circulan las sensaciones de dolor son los mismos para hombres y mujeres. Sin embargo ¡qué vergüenza siente ese joven soldado que tiene ganas de llorar y gritar porque está malherido! Se tragará las lágrimas, ahogará sus gritos, entablará una lucha contra el proceso fisiológico natural que, con mucha astucia, nos permite aminorar el dolor. De este modo habrá sacrificado una parte de su personalidad en aras del mito del hombre de acero.


A una niña se le dice: -Debes ser dulce, servicial, coqueta, si no ningún hombre te querrá; debes mostrarte maternal, saber cocinar, remendar y fregar; si no no sabrás cuidar tu casa y tus hijos y no conservarás a tu marido; puedes llorar, ser blanda y débil; eso son los atributos de tu sexo "imbécil", como se llegaba a decir hace unos siglos.
La niña que prefiere pelear, que se comporta como un chico, que es agresiva, colérica y desvergonzada, no será feliz, porque no solo los hombres, sino también las mujeres las rechazarán.
El niño dulce que llora de felicidad y tiene el corazón tierno, tampoco será feliz. Lo acusarán de ser afeminado, intentarán desviar sus inclinaciones naturales, y en ocasiones lo llevarán a consultar a algunos médicos psiquiátricos, que también condicionados, confirmarán los temores de los desconocidos padres.
En general, en la adolescencia la suerte está echada. Varón o mujer, cada uno en su terreno observa al otro, ve las diferencias y, convencido de que son biológicas, no se le ocurre ni por un instante que las puede haber creado en parte el orden social establecido.


Para unos y otras, la sexualidad ha sido objeto de una censura total: ¿Cuántas veces ha oído la niña: Tú no tienes pito?, sobreentendido, te falta algo en relación al niño. Supremacía del pene, de los órganos genitales masculinos, activos, mientras que a los de la mujer se los declara pasivos. Desde este momento, esa agresividad sexual se convertirá en uno de esos valores auténticos con los que se reconoce a un hombre.
Aunque su carácter no lo predisponga a ello, el adolescente tendrá que llegar, tendrá que perseguir a las mujeres. Y cuantas más piezas cobre, más contentos y orgullosos se sentirán sus padres. Ahora eres un hombre, dirá el padre a su hijo. Y los que no puedan concebir su sexualidad según este modelo guerrero, se convertirán en la vergüenza de sus compañeros, la preocupación de quienes los rodean, el objeto de novatadas y burlas nefastas.
Sin ninguna duda, su vida sexual llevará la marca indeleble de este periodo. Serán los futuros eyaculadores precoces, quizás los futuros impotentes. Lo único que pedían era despertar a la sexualidad según su propia personalidad, y los han destrozado, desanimado y violentado por haber cometido el crimen de no corresponder al código sexual tradicional.
La adolescente por el contrario, debe seducir, debe seguir las reglas del juego femenino: ojos rasgados, labios pulposos, andares sugerentes, resistencia sabiamente modulada a la agresión masculina. Y si expresa abiertamente su deseo sexual, o si intenta ligar, el colmo de la inconsciencia y la indecencia, se convertirán inmediatamente a los ojos de los demás en una chica fácil.


Así el hombre adulto sabe perfectamente que bazas debe jugar:
-Ganar mucho dinero, y por lo tanto el poder social, para convertirse en ese ser hiperprotector e invencible que su mujer y sus hijos esperan.
-Tener una sexualidad sin fallos, estar siempre dispuesto.
A causa del contenido del programa, se producirá algún chirriar de dientes. ¡Cuánto autodesprecio, desvalorización, depresiones nerviosas y sentimiento de culpabilidad infligen a quienes no dan la talla, esas dos reglas del masculino arte de vivir! ¡Cuánto sarcasmo, malicia e insulto se lanza contra las mujeres que tienen la insolencia de querer llevar la misma existencia! ¿Acaso no se ha dicho de Golda Meir que, bajo las faldas, tenía...? Con lo que se sobreentendía que una mujer que tiene tal capacidad intelectual y que posee tanto poder, no puede ser más que un hombre.


Si una mujer se convierte en el sostén de la familia, inmediatamente el desgraciado esposo temen que lo tomen por un chulo, a menos que tenga la suerte de estar enfermo... o de ser un artista, lo cual, según los criterios de nuestra sociedad, lo libera de toda culpa. En un hogar, el hecho de que sea la mujer la que gane más dinero crea con mucha frecuencia en la pareja tensiones, discusiones y resentimientos.
Por tanto el hombre adulto debe mostrarse fuerte, dueño de si mismo, dispuesto a solucionar cualquier problema, éste es el modelo. Evidentemente la realidad es otra. Frente a una agresión, el hombre no solo sufrirá sino que se sentirá culpable y se despreciará, persuadido de que no esté bastante seguro de si mismo, de que no es lo suficientemente fuerte para respetar su imagen de macho.
A menudo se afirma de que los hombres no so aptos para los trabajos caseros, que se ahogan en un vaso de agua, que son incapaces de encontrar una camisa, de zurcir unos calcetines. Ahora bien, potencialmente no hay nada que lo impida. Lo que ocurre es que no se los ha acostumbrado a considerar que este mundo de las labores domésticas puede enriquecer a los de su sexo.
Como nunca han aprendido, no saben,pero la causa no es una fatalidad biológica. Si deciden que cocinar por ejemplo, no los deshonra, lo hacen brillantemente... incluso llegan a adueñarse de la profesión, pues nueve de cada diez grandes cocineros son hombres.


Desgraciadamente el extraordinario juego de metamorfosearse, modificar el aspecto físico, está reservado a las mujeres. Ellas pueden maquillarse, cambiarse el color del pelo, llevar peluca, lucir los vestidos más variados, los más extravagantes, los más ricos en color e imaginación.
Para un hombre resulta imposible apropiarse de este privilegio. Lo acusarían de afeminado, homosexual y otros calificativos peyorativos de nuestro lenguaje social. Y sin embargo, ¡cuánto podríamos divertirnos si de vez en cuando nos engalanáramos, cambiáramos de piel, sustituyéramos nuestros trajes con corbata tan tristes, por ropa abigarrada, divertida, alegre! Pero a menos que no sea un artista original o exhibicionista patológico, también estos placeres le están vedados, es otra pena.


Otro de los estereotipos masculinos ha sufrido también un revés. Desde siempre, los hombres han estado convencidos de que detentaban el poder de fecundidad de la pareja. Incluso muchas mujeres decían(y aún dicen) -Me ha dado unos niños preciosos-. Desde que existen los métodos anticonceptivos, donde se ha legalizado la interrupción voluntaria del embarazo, y puesto que en último extremo, nuestras compañeras pueden tener solas un niño, gracias a los bancos de esperma, los hombres han tenido que rendirse a la evidencia de que, en realidad, concebían a los hijos junto con su pareja.
Esta toma de conciencia en principio les ha dolido mucho, después han ido evolucionando y han comprendido que tenían desempeñar un papel afectivo importante durante el embarazo, el parto y mucho después. A partir de ese momento, se ha dejado atrás la imagen del hombre que observa desde lejos como va creciendo el vientre de su mujer. Basta de afirmar que él no entiende de esas cosas. Al contrario, cada vez encontramos con mayor frecuencia a esos padres nuevos que acompañan a su pareja a las consultas prenatales, que se interesan por la psicología del embarazo y el parto, que asisten a el y participan con todo su amor y toda su atención.
Ya no dan vuelta en la sala de espera consumiendo el clásico paquete de cigarrillos. Es evidente que se sienten más padres que antes.


He aquí el beneficio que puede aportar el abandono de un estereotipo. En este caso, han sido la medicina(sin embargo, tradicionalmente reaccionaria) y sus progresos los que han obligado a los hombres a reflexionar y a cambiar de mentalidad. El feminismo también ha facilitado esta evolución, cuestionando el orden de sus posturas extremistas, sus provocaciones y sus medios agresivos, este movimiento ha resultado positivo también para los hombres y añadir una piedra al edificio construido en honor del Amor Humano.
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