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Matilde acusó a Cordera de mentalidad propia de barrabrava



Con el alarde y la mentalidad tan propios del barrabrava



Hablar a la ligera habría sido la falta de Cordera, ese pensar en voz alta como se hace entre amigos, al amparo de un código en común. Es la misma anuencia cultural que da por sentado el bromista de radio con sus perpetuos chistes sobre suegras cargosas y esposas fuleras, que atrasan medio siglo, o el desparpajo con que se incumple la ley de cuotas en política. Justamente por esta pretendida “ligereza” sus declaraciones ponen en primer plano lo más pesado de una idiosincrasia, el margen libre de quien pronuncia una barbaridad y, por ser socialmente tolerado o incluso celebrado, ni siquiera se priva de hacer alarde. Refleja que el machismo, en su raíz honda, es la incapacidad del varón de ponerse en el lugar de una mujer, sin siquiera empatizar con una víctima porque no se le otorga el mismo estatuto humano, porque se descuenta su inferioridad.



¿Quién es este “papito rocker” que dictamina, por su propio criterio y termostato, cuándo una joven no sería agredida sino curada de su inhibición por medio del asalto sexual? ¿Cómo no habría de sentirse ofendida una “persona” ante la expresión patotera y autocomplaciente, matizada por el ánimo henchido de potencia? Como materia de debate, Cordera propuso beneficiar a las “histéricas”, esa categoría de la psiquiatría arcaica ya sobradamente desmontada, mediante una “violación a tiempo”. ¿Pero qué tiene de tan potente este varón, obligado a ceder ante el reclamo mudo de la tímida o la jovencita caliente en base a efluvios que él interpreta como instrucción de agredir, bajo riesgo de ser considerado poco viril, hablando en su idioma, “un maricón”? ¿Y cómo no advertir el correlato entre este viejo estilo de forreo celebrado y el auge de femicidios en el país? ¿Cuántas de las 275 muertes perpetradas entre junio de 2015 y junio de 2016 no comenzaron por una violación? Si en su descargo Cordera se escudó en su rango de padre de familia, hay que recordar que de las mujeres muertas 108 fueron asesinadas por hombres con parentesco directo.



Tan profundamente indignante como sus dichos ha sido el papel de sus defensores públicos, periodistas influyentes como Jorge Lanata y Mario Pergolini, quienes invocaron esa garantía de la amistad muchachera, el consabido “entre nos” que menciona Selva Almada, el sustento del “código en común” que habilitó la ligereza del escándalo. Apenas se puede distinguir a Cordera de la figura de un barrabrava.


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