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Mi relato: el día que murió Néstor Kirchner

"Guillermo! Guillermo! despertate, falleció Néstor Kirchner."








Era mi abuelo, que de Kirchnerista no tiene nada, pero nobleza obliga, él sabía que para mí era importante y... por otro lado, sabía que era un acontecimiento que iba a dejar una huella grande.
Mientras me despertaba, el mensajero prendía la televisión y sintonizaba la noticia. Se supone que iba a ser un miércoles de descanso, un miércoles de censo y siesta, pero no.







Me senté en la cucheta, en la parte de abajo donde dormía, miré la tele y pensé cosas como "tiene que ser una operación política, pero de quién, no puede ser, tiene que ser un truco". Enseguida pensé "si es verdad, mis compañeros ya deben saber" y agarré el celular con miedo. Tenía un par de mensajes: "se murió Néstor Kirchner", algunos de compañeros, otros de amigos y otros de familia.

Mierda, me están jodiendo ¿se murió Néstor? No puede ser.

La directiva era juntarse en la oficina del partido en que militaba en ese entonces, allí nos vimos, nos fuimos encontrando con los demás.







Algunos estaban censando, ni se habían enterado. Mientras tocaban timbres, salían vecinos pálidos por la noticia, otros por su parte, salían festejando.

Pero el amor pudo más que el odio, para cuando llegué al centro ya habían miles de personas en casa rosada y plaza de mayo esperando para despedirlo.

Cuando terminamos de avisar a todos los compañeros algunos salimos para hacer la interminable fila de despedida. Habían otras entradas, pero en lo personal preferí bancarme la fila como todo el mundo, Néstor se murió "por el estrés de la política", se fué por su entrega al pueblo ¿cómo no iba a hacer, de mínima, una fila para rendirle mis respetos?







Casi nueve horas de espera, había tanta gente, hacía tanto calor, que en varios momentos pensé que no llegaba. Me paré de puntas de pié para tomar bocanadas de aire fresco y sentir la leve brisa que sobrevolaba el río de gente que conformábamos. El sol castigaba fuerte, el paso era muy lento, se oían cánticos a los que nos sumábamos a medida que llegaba la ola del sonido.
Para cuando llegamos a casa rosada ya era de noche, me había preocupado toda la tarde de no desmayarme así que al encontrarme en la puerta, ver tanta cantidad de carteles, papeles, notas, flores, dibujos, me volvió a poner en clima.








Era la primera vez que entraba a casa rosada, menuda manera de conocerla, avanzamos ya de manera más cómoda y fuimos ingresando. Apenas veinte o treinta pasos se necesitaron para llegar hasta el lugar, lo primero que vi fue la cara de Cristina y entonces, me cayó la ficha. Pensé que finalmente me desmayaba, mi cuerpo me pesaba un montón pero no podía rendirme, nueve horas de cola para decirle adiós no podían ser en vano. No podía pensar nada, las lágrimas aparecieron al instante, traté de concentrarme en lo que había ido a hacer, miré a Cristina y la saludé a lo lejos, miré a su lado, donde estaba Néstor, y como si orara en una iglesia hablé para mis adentros dando las gracias al padre político de todos nosotros.







Fueron algunos segundos y ya estaba afuera otra vez, y entonces pensé como muchos otros ¿y ahora, que hacemos? Menos mal que existe Cristina dijimos con alivio, pero supimos en ese momento que la historia nos estaba pidiendo a todos, a todas, mayor protagonismo. Y ese fue el día que Néstor se marchó, pero que llegaron un montón más para ponerle el cuerpo.








Gracias pingüino, gracias por todo.
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