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Mi vecino me recontra rompe las pelotas





Mi vecino de enfrente me recontra rompe las pelotas.

Básicamente, fuma todo el puto tiempo en su balconcito que queda a unos pasitos de mi departamento.

Y como no tengo ni cortinas ni ninguna poronga por el estilo, por ahí estoy bailando canciones de Shakira en calzones borracho un miércoles a las dos de la madrugada y giro emocionado, conmovido, transpirado, y ahí está él.

Enfrente.

A unos pasitos.

Fumando.







Ni finge recibir un repentino mensaje de texto el muy hijo de puta.

No.

El tipo sigue fumando.

Tranqui.

Sin correrme nunca la mirada.

O por ahí estoy en calzones un lunes a las tres de la madrugada compenetradísimo en cazar a un mosquito.

No es matar nomás.

No.

Es cazar.

Y no es un mosquito apenas.

Es un demonio alado, un dragón diminuto, rompe pelotas, ninja, que pareciera tener la capacidad de picarme para un segundo después desterrarse a sí mismo del universo, escondiéndose en el rincón más remoto de la existencia, sólo para aparecer un ratito después, susurrando en mi oído, diciéndome: “Quizá en un cacho me pique el bagre de nuevo. Quizá cuando estés tranqui durmiendo te voy a chupetear la sangre y voy a dejarte una roncha más grande que tu pija y te vas a pasar el resto de la noche rascándote como un pelotudo.”







Se teletransporta.

El mosquito se teletransporta.

No hay otra explicación posible a cómo carajo gambetea cada cachetazo que le encajo. El hijo de puta se teletransporta.

Estoy compenetradísimo en la cacería.

Soy Rambo.

En calzones.

Con un repasador.

Atento.

Ya no soy yo.

Soy el teniente Dan de Forrest Gump cuando estaban en Vietnam.

Estoy perdido en la jungla.

Sé que voy a morir ahí.

Me chupa un huevo.

Voy a bajar a ese mosquito hijo de puta.

Busco al escobillón y trepo mi sillón y apuñalo al aire y giro y ahí está mi vecino.

Mirándome.

Y fumando.

Y ni en pedo corre la mirada.

No.

El muy puto larga el humo, lento, teatral.

Y da otra seca al pucho.

Y me sigue mirando.

Y cómo mierda gambeteás esa, ¿no?

No puedo bajar del sillón, dar vuelta el escobillón y pretender que todo este tiempo estuve barriendo en calzones un lunes a las tres de la madrugada, sólo que yo arranco a barrer por el techo porque es una técnica que me enseñó mi abuela.







No puedo abandonar la cacería de ese mosquito dragón diminuto ninja rompe pelotas.

Y el muy puto sigue fumando en su balconcito, tranqui, arrinconándome en la más absurda de las desesperaciones.

Y en la más recurrente.

Porque creo que todos vivimos ese dilema más seguido de lo que nos gustaría.

Por un lado, el temor a quedar en ridículo con alguien que en verdad nos debería chupar un huevo. Por el otro, el deseo -no, la necesidad- de perseguir lo que realmente queremos, lo único que nos haría dormir tranquilos.

Y yo quiero dormir tranqui y soñar con tetas.





No sé vos.








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