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Ni un "parazo" ni un "parito"





Ni un “parazo” que deja la postal de un país inmovilizado, ni un “parito” que muestra una Argentina funcionando normalmente. El punto intermedio define mejor a este paro general al que, como es habitual, tanto sus organizadores como el Gobierno lo interpretarán a su antojo. Claro que hay un punto difícil de refutar: los colectiveros trabajan, respondiendo a la presión que ejerció la Casa Rosada sobre la UTA, pero lo curioso (o no) es que trasladan a muy pocos pasajeros.
¿Mucha gente no salió a la calle por miedo a posibles incidentes? ¿O porque adhiere a los reclamos enarbolados por Hugo Moyano y Luis Barrionuevo? Es el interrogante que permitirá a sindicalistas y funcionarios encontrar argumentos perfectos para atribuirse un triunfo político. Pero si los trabajadores adhirieran al “modelo nacional y popular” hoy usarían masivamente los colectivos y los subtes “fantasma” para que no quedaran dudas de su aval al Gobierno.
Los piquetes les sacan a los dirigentes gremiales la posibilidad de quedarse con todo el rédito de una protesta (y se la transfieren simétricamente a la izquierda que tanto critican), pero esta vez la alianza moyano-barrionuevista apostó secretamente a los cortes para garantizar algo que, de manera increíble, no pudo lograr aunque se preveía desde el impactante paro del 10 de abril: retener en sus filas a un gremio clave como el de los choferes de colectivos.
El Gobierno ya había apelado a fórmulas desesperadas para neutralizar la huelga anterior, como el cierre apresurado de paritarias de la UOM, la UOCRA y Comercio, aunque no pudo quitarle a Moyano el apoyo de la UTA ni de La Fraternidad. Pero desde abril, empujado por el éxito del paro, empezó a operar con paciencia y en las sombras para lo que finalmente concretó esta semana: sacarle al sindicalismo opositor el respaldo del líder de los colectiveros, Roberto Fernández.
Dicen que fue posible gracias al combo de subsidios, fondos para la obra social, un edificio para una escuela de capacitación sindical y el congelamiento de una compulsa con los metrodelegados para dirimir quién se queda con la representación de los trabajadores de los subtes. Fernández no ayudó a despejar las peores sospechas: “No paramos el jueves, pero queremos un plan de lucha”, explicó. “Estamos de acuerdo con todos los reclamos, pero no con esta acción”, agregó. No hace falta un grafólogo ni experto en gestos: algunos sindicalistas terminan siendo transparentes.
Moyano fracasó en establecer un vínculo duradero con la UTA, aunque sí pudo sumar al paro a otros gremios importantes, como la Asociación Bancaria y los sindicatos Capital y Córdoba de Alimentación, además de seccionales rebeldes de organizaciones K como sindicatos mercantiles del Oeste, Lanús-Avellaneda y Zona Norte, y Luz y Fuerza de Córdoba y de Mar del Plata. Y apeló a su pragmatismo al alentar reservadamente a la izquierda para que despliegue sus piquetes (práctica de la que es un adelantado: ¿o no son iguales los bloqueos de camioneros?).
El Gobierno quería mostrar una imagen de un país normal, y no pudo lograrla. El sindicalismo opositor, la postal de un país paralizado totalmente, y tampoco lo consiguió. Este punto medio deja mejor ubicados a Moyano y Barrionuevo, pero con muchos interrogantes hacia el futuro.


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