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No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo

No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Juan 3:14-15, 17-18
Os es necesario nacer de nuevo.
Juan 3:7
¡Es necesario!

En varias ocasiones, cuando estaba en la tierra, Jesús explicó que sus sufrimientos y su muerte eran necesarios. Dios es santo, y el pecado que afecta a toda la humanidad es algo insoportable a sus ojos, y constituía un obstáculo infranqueable entre él y los hombres. Pero Dios también es amor, y no quería destruir a su criatura; al contrario, quería llevarla a la gloria.

Por esta razón Jesucristo vino a la tierra. La única manera de conciliar las exigencias del amor y de la santidad de Dios era que Jesucristo, el justo, sufriese el castigo que nosotros, los injustos, merecíamos (1 Pedro 3:18). Esta necesidad estuvo presente en su mente durante toda su vida en la tierra. Por ello Jesús nunca trató de escapar al sufrimiento y a la muerte; conducido por su incansable amor, se dirigió a la cruz. Allí resolvió una vez por todas la cuestión de nuestros pecados, durante las tres horas de oscuridad, en las que Dios “cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).

Todavía queda otra necesidad: para beneficiarse del sacrificio de Jesús, es necesario que cada uno crea en él y lo acepte como su Salvador personal. ¡Nadie puede ser salvo sin fe! No se trata de una adhesión intelectual, sino de una plena confianza en el Dios de amor, en el medio de salvación que ofrece. La persona que da este paso, espiritualmente, nace de nuevo y empieza una nueva vida.
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