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Para Mauricio Macri, la coparticipación es importante




La coparticipación es la nueva madre de todas las batallas. Mauricio Macri se pasó ocho años rumiando el castigo que las leyes de distribución de impuestos imparten a la Ciudad de Buenos Aires, y sumó últimamente su indignación por una discriminación parecida que sufre la provincia de Buenos Aires. Un abogado que tiene cerca dice que el Presidente no entiende cómo aguantó Daniel Scioli tantos años sin reclamar seriamente en público, y tal vez tampoco en privado, por el aumento del Fondo de Reparación al Conurbano que hace 15 años está congelado en 650 millones.

​La madre de todas las batallas en tiempos K fue la provincia de Buenos Aires. Se trataba de destruir el sistema político diseñado por Eduardo Duhalde, que había alambrado el distrito para evitar influencias extrañas. Los Kirchner creyeron que alcanzaba con entregar fondos en forma discrecional a algunos intendentes amigos para domesticar al peronismo bonaerense y bajarle el precio al hombre que eligieron casi como un interventor del Ejecutivo nacional en esa tierra de infieles.

​El ex presidente dejó su vida en el intento por controlar el vuelo de cada mosca que pasaba por el Conurbano y Cristina Kirchner delegó la ingrata tarea en la caja que rústicamente repartía Julio De Vido sin otro plan que la supervivencia del sistema más corrupto e ineficiente de obras públicas de todos los tiempos, mientras la inseguridad ciudadana quedó en manos de Aníbal Fernández. La derrota electoral es lo más lógico que pudo haber pasado.

​Pero Macri es distinto. Se trata de un ingeniero. Ve un problema y quiere resolverlo bajo una lógica racional, temporal y que pueda exhibir resultados incuestionables, basados en datos. Esa es toda su ideología. Nunca entendió que Cristina invirtiera horas de su vida en la construcción de una parafernalia de relato con la que libró las batallas simbólicas más impensadas. Nada le resulta más aburrido. Esos discursos largos y henchidos de épica que pronunciaba la viuda de Kirchner eran mirados por Macri (cuando los miraba, porque muchas veces ni se tomaba el trabajo) con total desapego y extrañeza, a veces haciendo un tímido esfuerzo por tratar de comprender esa personalidad melodramática, tan ajena a su espíritu práctico.


LOS EXPERTOS SABEN QUE CAMBIAR LA LEY DE COPARTICIPACIÓN ES MÁS DIFÍCIL QUE MODIFICAR LA CONSTITUCIÓN

​Néstor primero, Cristina después, se esforzaron por encontrar los mecanismos institucionales más complejos para tener a cada gobernador en un puño. La obsesión era el control. Macri también tiene sus obsesiones, pero son otras. Quiere que sus funcionarios dediquen su tiempo a cosas más productivas que repartir fondos, busca sistemas automáticos, y pretende una nueva coparticipación federal, que no discrimine a la Ciudad, a pesar de que es el distrito más rico, ni muchísimo menos a la provincia de Buenos Aires, que concentra los mayores cuadros de desigualdad y criminalidad, a la que puso bajo su ala. Además, cree que una nueva coparticipación federal sentaría las bases institucionales y consensuadas de lo que imagina será el crecimiento a escala y de calidad con el que coronará su segundo mandato.

​Los expertos saben que cambiar la ley de coparticipación es más difícil que modificar la Constitución, que "solo" necesita los dos tercios de ambas Cámaras. Por el contrario, la norma de distribución federal de impuestos necesita la ratificación de las legislaturas de todas las provincias, así que si una, solo una se retoba -por ejemplo, Santa Cruz- la ley no puede ejecutarse. Entonces, hay que arrancar tomando atajos.

​Aunque ahora algunos funcionarios del Gobierno hablan de "arrebato" o de "error de tiempo y forma" y pretenden echarle la culpa del inesperado aumento de coparticipación de la Ciudad a Alfonso Prat Gay y a Horacio Rodríguez Larreta, la verdad es distinta. Fue Macri en persona el que aprobó el aumento de 1,4% a 3,75% de coparticipación primaria con la excusa del traspaso de la Policía Federal, provocando un shock político entre los gobernadores peronistas, que inmediatamente se unieron para reclamar contra la decisión que juzgan discrecional. Rogelio Frigerio, el ministro del Interior, se apuró a bajar los decibeles. Le salió un poco caro, porque tuvo que ponerle un plazo de cinco semanas a la devolución de la deuda pública que la Nación tiene con las provincias, pero hay que reconocerle la muñeca, porque los gobernadores se volvieron muy contentos a sus provincias. Aunque Macri también quedó contento: solo se eliminó una alícuota del fondo soja y puso sus ideas a prueba.

​En el Gobierno saben que Macri volverá a insistir, aunque no está claro por qué caminos. Piensa que tiene mandar mensajes muy claros a los que viven en Buenos Aires, Capital, Córdoba, Mendoza y Jujuy, que respaldaron enfáticamente a Cambiemos y donde considera que tiene su base política.


¿Eso quiere decir que va a discriminar a las provincias donde no ganó?, preguntó Infobae a un diputado del PRO con experiencia política en el interior. "Esperemos que encuentre una fórmula más creativa, porque castigar desde el poder central a una provincia que no te votó es el camino seguro a perderla para siempre", contestó. Y puso como ejemplo "Capital y Córdoba, severamente perjudicadas por Cristina, jamás se reconciliaron con el kirchnerismo".

​Por cierto, el Frente para la Victoria (FpV) perdió las elecciones en el 2015 no solo en Capital y Córdoba, sino también en la provincia de Buenos Aires, lo que quiere decir que en la madre de todas las batallas salieron rotundamente derrotados, arrastrando consigo a todo el peronismo bonaerense. No alcanzó con domesticar a los barones del Conurbano. Ni tener arrodillado hasta el último día de campaña a un candidato a presidente que se desentendió de los problemas de los vecinos. Superando una feroz campaña de miedo, el electorado apostó a quien le ofreció cercanía y le prometió gestión, no relato.

​Nadie sabe todavía cómo le irá a Macri en la batalla con la que espera generar las condiciones de una Nación equilibrada y moderna. Alguien que lo quiere bien dice que "si quiere una ley de coparticipación nueva, tiene que ir despacio y sin hacer mucho ruido, porque no va a poder esconder elefantes blancos, debe intentar con los lémures".

​Una herramienta que puede utilizar sería la derogación del Fondo de Reparación del Conurbano, que desde 1998 -cuando Carlos Menem se enojó con Duhalde por la competencia política que le planteaba- beneficia a todas las provincias que tienen conurbanos, menos a Buenos Aires. Este Fondo fue creado para compensar a la castigada provincia en 1992, cuando se estableció que el 10% del Impuesto a las Ganancias debe transferirse a la provincia, pero en 1998 se le puso a Buenos Aires un tope de 650 millones de pesos. El resto del porcentaje recaudado por encima de ese tope es distribuido entre otros estados, como es el caso de Córdoba y Santa Fe, que reciben el triple o cuádruple que Buenos Aires por ese concepto.

​Derogando el Fondo y creando un instrumento que está en análisis y del que no quieren dar detalles, Buenos Aires podría recibir hasta 20 mil millones de pesos anuales, equilibrando el aporte que la provincia realiza en impuestos al erario nacional y que no es reconocido en la ley de coparticipación.

​Sería una excelente manera de aprovechar la primera oportunidad, en varias décadas, de que Presidente y gobernador (gobernadora, en realidad) no compiten entre sí, y comparten una misma preocupación: que de una buena vez Buenos Aires encare los graves problemas estructurales agigantados por la corrupción, el narcotráfico y la desidia, priorizando las necesidades de la población por encima de política y relato.




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