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Para Pagani los Pokémon no saben piropear, una genialidad





Era todo artesanal en aquella lejana infancia. Los juegos en las veredas, el rango, cachurra montó a la burra, las bolitas, las figuritas, el “tiqui moni” (sería take a money), tan mal traducido como el “aurrieri diez” (por el ¿are you ready? Yes) del comienzo de los picados, aún en los potreros. Las escondidas, el fulbito frente contra frente, los remates con las chapitas de las gaseosas a las cloacas como si fueran arcos. Los autitos rellenos con masilla. Y los barriletes, el desafío mayor.



Ya de grandecitos los desafíos pasaron a ser los asaltos, con muchachas asustadas, música de tocadiscos y bebidas sin alcohol. Y los cines de las tres películas continuadas. Había barras, cuadra por cuadra, algunas peleas a puño limpio. Pero sobraba la comunicación cara a cara. Alguna vez el cronista (cuando todavía no lo era) acompañó durante varios días por las siete cuadras que separaban un colegio nocturno de su casa a una bella joven que no contestaba ninguno de los cientos de piropos ensayados con el máximo de imaginación y hasta dejó caer -con desaire- un poema dedicado con todo candor: el ciclópeo intento de la conquista. El almanaque siguió avanzando. Y todo cambió.



Los celulares se hicieron dueños de todo. Imprescindibles. Rompieron la comunicación en las reuniones. Y ahora -de golpe- apareció el Pokémon. Una aplicación, dicen. La gente enarbola los aparatos y camina, corre, se lleva por delante contra gente que busca la mismo. Más accidentes, más robos. No importa. Hay que atrapar a un muñequito que aparece en la pantalla. ¡Qué ridículos quedaron aquellos piropos! ¿O no?




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