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Para todos los lectores y escritores


El vicio de los escritores








Porque hay muchos taringueros que aman la literatura, éste post va dedicado a ellos. Lo del título y la imagen va en broma "¿Qué escritor no ama a los libros casi tanto como a las mujeres?"








Para cuidar nuestros ojos y nuestra visión a la hora de leer, he aquí unos buenos consejos.





Las recomendaciones oftalmológicas nos dicen lo siguiente:


Hay que alejar unos 15 centímetros el libro de nuestros ojos.


Hace pausas cada 15 minutos para no cansar la vista.


No exponer los ojos a la luz del sol luego de una lectura, primero hay que acostumbrarlos al entorno un par de minutos y después podremos salir a la calle o al jardín.


Eso hay que tomarlo en cuenta si queremos evitar un desgaste ocular.




Dieta para ojos sanos

Una dieta rica en vitamina A puede ser una vía de prevención para cualquier persona que busque tener unos ojos sanos y en perfecto estado. Los vegetales amarillos y naranja: zanahorias, güicoyitos, güicoyes sazones, camotes pueden adornar su plato y perfeccionar su vista. Las hojas verdes como espinacas, acelgas y bledo también contribuirán a fortalecerla, además de darle una dosis de hierro. Igualmente las frutas como la papaya y la naranja son buenas opciones, porque tienen cotenos pero en menor escala que los vegetales anteriores.








Ejercicios benéficos:



- Masaje: Abre y cierra los ojos durante tres a cinco segundos cada vez. Repite estos movimientos 7 u 8 veces. Después cierra los ojos y masajéalos con los dedos con movimientos circulares 1 o 2 minutos. Presiona los párpados superiores con tres dedos, mantén la postura 2 segundos y suelta. Repite 5 veces.

- Movimiento: Siéntate y relájate. Gira los ojos en el sentido de las agujas del reloj, luego en el sentido contrario. Repite 5 veces, parpadeando entre cada una.

-La marca en el cristal: Siéntate a cincuenta centímetros de una ventana. Haz una marca en el cristal a la altura de los ojos (una pequeña línea negra o roja es suficiente). Mira la marca y luego concéntrate en algún punto lejano durante 10 a 15 segundos; después fija la vista en la marca de nuevo. Repite 10 veces.

- Sigue el lápiz: Sujeta un lápiz en la mano frente a tu cara con el brazo extendido. Mueve el brazo lentamente hacia la nariz, hasta el límite en que aún puedas mantener el lápiz enfocado con los ojos. Repite 10 veces.

- Escribe en la pared: Mira hacia una pared que esté en frente de ti e imagina que estás escribiendo con los ojos, sin mover la cabeza. Parece difícil al principio, pero con un poco de práctica es realmente divertido. Cuanto mayores sean las letras que “dibujas”, mejor será el efecto.

- Imagina la hora: Imagina que estás de pie en frente de un reloj gigante. Mira al centro del reloj. Luego mira hacia de cualquier hora sin mover la cabeza. Mira otra vez al centro. Luego otra marca horaria. Practica este ejercicio al menos 12 veces. También lo puedes practicar con los ojos cerrados.








La fuente lumínica es muy importante








Muchos de los que somos lectores asiduos hemos leído con cierta tristeza y (al menos yo) con preocupación que Borges se quedó ciego a los 55 años, pero para ese entonces ya había leído todo lo que hacía falta leer. Recuerdo cómo una maestra que tuve siempre me decía que Borges se había quedado ciego por leer mucho. Yo admiraba (y admiro todavía, incluso más) a Borges y sólo tragaba saliva cuando me advertían lo que pasaba si no dejaba de leer. Cuando me enteré que el escritor había perdido el sentido de la vista a causa de una enfermedad hereditaria suspiré muy aliviado y retomé mis horas de lectura ininterrumpida.




Adoramos leer. Literatura, revistas, periódicos… con fines distintos. Unos leen con el afán de sentirse unos intelectuales a la hora de una conversación. Leen enciclopedias, revistas de ciencia, libros de ciencias, ensayos de sociología, tesis doctorales de psicología y psiquiatría, leen a los filósofos de la actualidad y hasta aprenden idiomas para leer las novedades en francés, inglés o alemán.





Otros son lectores meramente de novelitas, de poesía, de cuentos y de relatos cortos o narraciones rápidas. Más que nada los jóvenes y los adolescentes son ese tipo de lectores.












¿Para qué sirve leer?



Por Enrique Vila-Matas


Ayer por la mañana me propusieron escribir un artículo para explicar por qué hay que leer. Nunca he entendido por qué debo hacer apostolado de la lectura. Escribí con cierto malhumor, a lo largo de la mañana, el artículo solicitado. Y casi sin darme cuenta acabé recomendando no leer. Expliqué que la compañía de un buen libro es muy peligrosa, pues precisamente porque la literatura nos permite nada menos que comprender la vida, nos deja afuera de ella.
Por la noche, en un coloquio, alguien me preguntó si era capaz yo de explicarle para qué sirve leer. Entonces, a pesar de lo que había escrito aquella mañana, estuve a punto de enojarme por el desprecio hacia los libros que parecía contener aquella pregunta. “Para nada”, iba a contestarle iracundo, “no sirve para nada leer del mismo modo que la literatura no ha servido nunca para nada. ¿Satisfecho?”

A diferencia de la mañana, me encontraba yo en aquel momento de buen humor y decidí, más que enfadarme, evangelizar a aquel indígena del país de los analfabetos. Tal vez porque la guerra lo contamina todo, se me ocurrió hablarle al indígena de la fotografía de una biblioteca medio derruida por los bombardeos. A través del tejado hundido, se ven edificios fantasmales. Pero las estanterías de la biblioteca permanecen en su lugar y los libros alineados en ellas parecen intactos. Tres hombres están de pie entre los escombros y se dedican a fatigar los anaqueles, los tres están absortos en la tarea de escoger un libro para leer.





Le describí la fotografía de la biblioteca de Londres al indígena y después le dije que, cuando me preguntan si la lectura sirve para algo, siempre suelo contestar que una de las grandezas de la literatura estriba en que ésta muchas veces puede ser algo así como un espejo que se adelanta, un espejo que, como algunos relojes, tiene la capacidad de adelantarse. Estaba pensando en Jordi Llovet, que ha dicho algo parecido recientemente. Y no sé cómo fue que decidí pasar a dirigirme al público en general. Kafka se adelantó, les dije, fue el más perceptivo de los escritores, pues vio hacia dónde evolucionaría la distancia entre Estado e individuo, singularidad y colectividad, masa y ser ciudadano. Por eso seguramente le gustaba tanto Bouvard et Pécuchet, donde hay un certero diagnóstico de cómo la estupidez avanzará imparable en el mundo occidental.

Otro asombroso ejemplo de percepción lo hallamos en el Joseph Conrad de Nostromo, escrita en 1904, donde se nos habla de los hombres de negocios americanos de la Concesión Gould, unos tipos belicosos que consiguen, sin demasiada resistencia, transformarse en un imperio dentro del imperio, en el clásico Imperium in imperio: “Cuando le llegue su hora al país mayor del Universo, tomaremos el control y la dirección de todo: industria, comercio, legislación, prensa, arte, política y religión, desde el Cabo de Hornos hasta el estrecho de Smith y más allá si hay algo que valga la pena en el Polo Norte”.

Dejé de hablarle al público en general y volví a dirigirme exclusivamente al indígena para preguntarle si, en tiempos de destrucción y guerra como los que vivíamos, seguía pensando que leer no servía para nada. El hombre me miró con la media sonrisa del ignorante y no dijo nada. Todos vivimos, le dije, en el régimen y el orden que, como un reloj que se adelanta, percibieron perfectamente Kafka y Conrad, y las cosas no hacen más que empeorar, lo que no significa que debamos renunciar al humor, sepa usted que a Kafka y Conrad les sobraba humor, el mismo que le falta a la máquina devastadora del poder, esa máquina especializada en aplastar al ciudadano.

Pero nos rodean los libros, la risa y la imaginación, concluí. Y poco después, salí a la calle. Era una noche clara y fresca, algo despejada por el viento. Es verdad, pensé lo que decía la canción: la noche no es la mañana. Y me sentí de un humor todavía más infinito que el de las estanterías con los libros que no hemos leído ni leeremos nunca y que se extienden hasta la oscuridad del espacio más remoto de la biblioteca universal.








Me permito compartirles lo siguiente:

Yo he conocido a muchos buenos y ejemplares lectores a lo largo de mi vida. A los que más admiro y reconozco son dos personajes importantes en su sociedad. El primero es un empresario bilingüe, poeta, autodidacta y es además masón de grado 33. El segundo es un sacerdote católico, ha escrito numerosos libros de teología y filosofía de apoyo para escuelas y universidades, habla cuatro idiomas y también es un autodidacta sin límites.

Ambos son muy buenos amigos y pasan de los sesenta años. Tengo el honor de ser amigo de los dos y me reúno con ellos en un taller de lectura que hay en la ciudad. Entre los temas que hemos estado tocando últimamente destaca el de la vista de los lectores veteranos. La vista cansada de tanto leer, los ojos que ya no pueden sostener una lectura de diez páginas sin provocar jaqueca o visión borrosa.

Los dos coinciden en que ya no pueden con la carga de libros de antes, cuando eran lectores veloces y sagaces a la hora de la comprensión y el análisis detallado de las lecturas. Los tres tenemos un buen número de libros en la lista de espera para leer, libros pendientes que se van acumulando y no dejan de ir creciendo como un bulto desordenado, a la espera de ser terminados y colocados en el estante o en las repisas de nuestras casas. Y es que para un escritor, dicen ellos, debe haber cierto equilibrio, ciertas etapas para leer y para escribir. Escribir una hora y leer 2 o viceversa. En fin, quería compartirles el tema y nada más.





¡¡Espero que les haya gustado y no se olviden que hay que fomentar la lectura!!



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