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Plan Valores Villeros para Todos

Los pobres no son héroes, son las víctimas de un Estado tan, pero tan grande que le cuesta agacharse para levantarlos.



Los juntaron en el Obelisco, los arriaron por avenida Santa Fe hasta la embajada yanqui, en el camino pintaron “Fuera Buitres” en bancos españoles y chinos mientras gritaban que “la Patria no se negocia”. Y todo mientras Cristina se hacía la deudora enojada y avisaba que negociaría.



Los usaron en cada discurso en los que había que justificar algo, los arrastraron desde sus casillas en micros que no pasarían una verificación técnica ni en Afganistán, sólo para llenar huecos en plazas en las que les hablaban de cosas que no los afectan, se sacaron fotos con ellos durante las campañas, les dijeron que todo lo hacían por ellos y hasta los pusieron de escudo cuando se les preguntó si el “todo” incluía llevarse hasta los bidones vacíos de los dispensadores de agua.



Obviamente, algo había que hacer. La mayor fábrica de marginales de los últimos tiempos debía rendir homenaje a su legado para el futuro y decidió encarar el proyecto de ley para que el 7 de octubre de cada año se conmemore el Día de los Valores Villeros, por ser la fecha de nacimiento de Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe. El Padre Mugica, para los gomías.

Generalmente, los momentos de mayor distracción popular se utilizan para sacar leyes impopulares, tratar de modo expreso cuestiones molestas, o no hacer nada. Con el Mundial en desarrollo, Campagnoli en juicio, Boudou de paseo por tribunales y Kicillof mostrando su único saco tres veces por día, el Congreso aprovechó para tratar algo que podría cambiar el curso de la historia: sumar una fecha temática al calendario escolar.




Según el proyecto del oficialismo encarado por Andrés Larroque y Juan Cabandié, los valores que detentan el grupo de subciudadanos que goza de la mitad de los derechos y garantías constitucionales son “solidaridad, optimismo, generosidad, esperanza, humildad y valor por lo colectivo”. Básicamente, los analfabestias encargados de crear las leyes que nos rigen, presentaron una idea salida de un trabajo práctico de tercer grado para elegir el lema de un viaje misional.



No deja de ser una mera expresión de deseo y una ratificación hacia la discriminación abierta que implica el hecho de reconocer a la marginalidad como cultura. No los integramos, no los reconocemos como parte de la comunidad organizada, los relegamos a una realidad que nadie se calienta en cambiar, pero les reconocemos que tienen sus valores. Deseo y cinismo puro: nadie que viva privado de agua potable, cloacas, paredes y techos de verdad, o un empleo que alcance para sacarlos de la mierda de vidas que tienen, se lo puede considerar un tipo con optimismo, esperanza y humildad.

A personas que tienen más hambre que dientes, cuyos sueños consisten en que los hijos lleguen vivos a los 18 años, y donde la vida es eso que pasa mientras intentan sobrevivir en una jungla de cartón, chapa y tierra, no se las puede considerar “humildes” en el sentido de rasgo de la personalidad. No tienen la posibilidad de ser humildes porque no tienen nada de que presumir. No son humildes, son pobres.




Por definición, el optimismo forma parte de la esperanza, y ésta tampoco es un valor para infundir a quien se le desea una mejor vida. Y lo digo como católico apostólico romano formado por jesuitas y lasallanos. Si me hablaran de la esperanza en términos mitológicos greco-romanos, vaya y pase. Pero al querer homenajear la figura del Padre Mugica con la creación de los Días de los Valores Villeros, el término “esperanza” como es entendido por el cristianismo es una falta de respeto total hacia la condición humana de quien vive en una villa, dado que, como decía Tomás de Aquino, la esperanza es la virtud que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna. O sea, acá no te dimos otra cosa que militancia y un Día de los Valores Villeros, pero mantené viva la esperanza de que alguna vez te llegará. Una especie de contraprestación sádica en la cual el pobre le da al César lo que es del César pagando el mismo IVA que abona un ABC1, pero el que le devolverá los impuestos en obras y calidad de vida, será Dios.



En la búsqueda por darles algo de crédito, podría llegar al extremo de suponer que, como no los ven desesperados, piensan que los marginales están esperanzados. Pero la teoría se cae al toque: no están desesperados porque nada esperan, lo cual tampoco creo que sea una virtud.

Entiendo el delirio pobrerista del kirchnerismo amparado en que es la única forma que encontraron para deglutir el sapo de bancarse al opositor Bergoglio devenido en el admirado Papa Francisco de Cristina, pero habría que aflojar un poco. No hay nada maravilloso en ser pobre y el mensaje católico de ser feliz con lo que se tiene no camina mucho en una sociedad en la que se necesita tener un mínimo de dinero para sobrevivir.




Tampoco hay nada romántico en la miseria y la marginalidad. Mucho menos hay heroísmo en “hacer militancia en barrios carenciados” si se lo utiliza como un accesorio más, como una pulsera o una pechera azul. Y si al asunto le agregamos que los mismos militantes barriales forman parte del entramado de poder que rige los destinos de la Patria desde 2003, no queda otra que putearlos por cínicos o someterlos a una curatela por infradotados.

Cualquier sentimiento de amor o rechazo se realiza sobre cosas que se conocen y, por ende, se las desea o se les teme. Lo que se desea, se busca; lo que se teme, se lo repele o combate. Nadie en su sano juicio puede amar en serio a la pobreza, porque eso significaría aceptar la posibilidad de alguna vez ser pobre, algo que genera temor en algún momento de la vida del 100% de los seres humanos que no nacieron en condiciones de indigencia. Y una persona con los patitos en fila no puede amar lo que teme, a pesar de 35 siglos de religiones monoteístas en las que nos enseñaron que Dios nos ama aunque nos castigue con un diluvio universal, siete plagas y una amenaza apocalíptica que incluye a cuatro jinetes.




A veces pienso que el gobierno y la Iglesia chocaron mil veces por cuestiones de competencia dogmática. El cristinismo -o kirchnerismo ultratardío- se asemeja bastante a una religión en la que el que murió por nuestros pecados fue Néstor. La diferencia es que, en este caso, el acopiador de propiedades no resultó ser hijo de Dios, sino el marido: Cristina es la que nos cuida y se preocupa por nosotros y, si bien sabemos que es la administradora de la Creación, no podemos cuestionarla porque obra de formas tan misteriosas que en una misma tarde puede pasar del pagadiós antiimperialista al paguemos con quilombo.



Cualquier inconveniente que surja no será por nuestra culpa, pero pretenden que actuemos como si lo fuera, ya que cargamos en nuestras espaldas con los pecados cometidos por otros, aunque -al igual que en el cristianismo- sólo seamos culpables de haber nacido acá. En base a todo esto, la adoración a Cristina es obligatoria para obtener la salvación porque nos ama. Unos cuantos se han salvado de lo lindo gracias a la leyenda del fantasma de la Rosada (un mito urbano que cuenta que si pasás cerca del despacho de Cristina, vestís traje, tenés menos de 40 y todos los dientes, salís forrado en guita por arte de magia). Otros, en cambio, les toca la salvación en la otra vida, porque Cristina no lo puede todo y deben conformarse con que los ame tanto como para mantenerlos así, en la pobreza.



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