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¡Por favor, que pare de llover!

Ya pasé dos días encerrado con una mujer dejando volar el instinto y las manos escuchando el tintineo de las gotas en las chapas de un techo vecino. Ya leí las obras completas de Homero, Tolstoi y Kiyosaki, todos los panfletos de los supermercados y las rotiserías, hasta las letras chiquitas del champú. Ya vi todas las películas de Leonardo Fabio, algunas de la Coca Sarli y todos los capítulos de “Bonanza”. Ya fui y vine no sé cuántas veces del principio al final de los canales del cable. Ya usé todo mi ingenio para entretener a los chicos, armamos el pesebre, hice de Tu-Sam, construí unos títeres horribles con unos vasos descartables; atención, no intenten imitar a Barney sin un disfraz adecuado, los chicos se las saben todas. Ya jugamos a la generala, la escoba de quince, al chinchón, a la casita robada y al ludo-mátic. Ya cociné y, posteriormente comí, tortas fritas, puchero y guiso de lentejas. Ya mojé churros rellenos con dulce de leche en el chocolate caliente. Ya hablé del mismo tema con el portero, el taxista, la chica del ascensor, el del video club, etcétera.

Ya comprendí que la naturaleza se acuerda de todo y nos hace pagar por nuestras ofensas, lo malo es que siempre pagan los mismos y siempre son los que menos tienen. Ya dormí siestas de tres horas que me provocaron irremediables insomnios nocturnos. Ya lloré, sentado en un bar, porque ella se fue y me dejó solo con mis penas y mis dudas. Ya fui al río a ver cómo el agua de la tierra y el agua del cielo se unen en un solo borboteo luminoso. Ya salí a retozar en la calle, a patear el agua y a poner barquitos de papel en la corriente, como cuando la vieja me dejaba y luego me esperaba con la ducha caliente y un tazón de leche. Ya escuché todos los boleros que tengo tratando de encontrar ese de Manzanero de la gente que corre. Ya acumulé toda mi ropa en el canasto de la ropa sucia, a propósito, ahórrense un regaño y no guarden la ropa toda mojada porque agarra olor. Ya saqué las plantas al patio. Ya entré todas las mascotas a la casa. Ya compré tres paraguas y el viento me los rompió. Ya comprobé que las cruces de sal son completamente inútiles, pero por las dudas, cuando en un intento de dibujar una cruz se me cayó la sal tiré tres veces para atrás y dije en alta voz: “¡San Blas, San Blas!”, ¿era así? En fin, ya hice todo lo que se puede hacer, ya nada queda, ya estoy podrido, por eso pido a quien corresponda: ¡Por favor, que pare de llover!

Andrés Belizán
http://www.lacapital.com.ar/2007/03/31/cartas/noticia_377774.shtml
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