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Por qué las francesas ya no hacen topless



Todavía sigue siendo una cuestión que provoca de todo menos indiferencia. Para la edición gala de la revista «Elle», el topless es a día de hoy un fenómeno en regresión entre las mujeres francesas: según un estudio de 2013, el 93% de ellas afirma llevar a la playa la parte de arriba del bikini y al 35% les resulta «impensable» exhibir sus pechos en público. «El topless no tiene marcha atrás, nadie se va a sorprender de que haya una mujer que vaya mostrando su pecho, pero por otro lado ya no tiene ese efecto liberador y rompedor que poseía antes», explica Pilar Varela, psicóloga y autora de los libros «Tímida-Mente» y «Ansiosa-Mente» (Esfera de Los libros). Averiguar si con estos datos el país de la «libertad, la igualdad y la fraternidad» estaría indicando una nueva tendencia estilística o un menoscavo de los derechos de las mujeres es precisamente lo que divide a los expertos. En España, aunque no existen datos recientes sobre esta práctica, un estudio realizado entre 1.200 españolas en 2010 sí subrayaba que era un fenómeno a la baja entre las jóvenes: el 60% de las mujeres consultadas de entre 15 y 25 años aseguraban no hacer topless mientras que casi 6 de cada 10 de entre 26 y 35 sí. La ruptura generacional es una de las claves. Según el artículo de «Elle», «las más pudorosas están en el grupo de 18 a 24 años», ya que la mitad confiesa que «no puede imaginar mostrar sus senos». Nada que ver con aquella reivindicativa generación de los 70, que creció auspiciada por el clamor de Mayo del 68 y una espectacular Brigitte Bardot al natural en las playas de Saint Tropez.
- Más liberadas




Para Miren Larrazabal, psicóloga clínica, sexóloga y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología, se trata simplemente de un cambio de perspectiva: «Se ha pasado un poco la moda. Antes el destape se veía casi como un mandato entre las mujeres progresistas que militaban en los temas feministas. Parecía que era un grito a la libertad, pero la mujer del siglo XXI, la ciudadana normal de hoy en día, no lo vive de esa manera, tiene sus reivindicaciones puestas no tanto en partes de su cuerpo como en temas referentes a su salud». El hecho de que las féminas hayan dejado de utilizar su físico como un aspecto revindicativo es algo que también subrayan los psicólogos. «Las mujeres se sienten más liberadas en la actualidad y, por lo tanto, requieren menos conductas de autoafirmación», explica Varela, que se niega a reducir la práctica del topless a una simple tendencia: «La moda es más que un efecto de imitación, y concretamente, la de exhibir los pechos en la playa fue uno de los fenómenos más potentes y transgresores, a la altura de la minifalda de Mary Quant o el uso de los pantalones en las mujeres que promovió Chanel. Tiene un alto valor expresivo que se podría resumir en cinco adjetivos: liberador, reivindicativo, juvenil, saludable y exhibicionista. El problema es que ahora, probablemente, todos esos extremos hayan perdido fuerza cuatro décadas después», comenta la psicóloga.

Pocos dudan de que el topless como expresión revolucionaria ya ha perdido fuelle y que los códigos estilísticos también han mutado –el «monokini» que encumbró al diseñador Rudi Gernreich en los 60 como un creador díscolo ya no le serviría para alcanzar el estatus de provocador en la actualidad–, pero también hay quienes hablan de una vuelta hacia una atmósfera más puritana. De hecho, el sociólogo Jean Claude Kauffman asegura que «estamos siendo testigos de un regreso a valores más seguros y con orientación familiar. Modestia y discreción están a la orden del día». Algo que apoyan muchos de sus colegas. «En los últimos 20 años, en términos generales, se ha producido un retroceso muy fuerte en los derechos de las mujeres al tiempo que se establece un rearme patriarcal y neoliberal. Se trata de dos grandes retrocesos que se cruzan. Desde este punto de vista, creo que hay un mandato que, subterráneo e invisible, reciben muchísimas mujeres, y que tiene que ver con una normatividad femenina buena, en palabras antiguas: con ser una mujer decente», asegura la socióloga Rosa Cobo. El pudor de las más jóvenes a la hora de enseñar su cuerpo también podría vincularse a los rígidos cánones de belleza que se han impuesto. «Se promueven imposibles para las mujeres, pero la pregunta es saber por qué los modelos no son tan estrictos en el caso de los varones», indaga Cobo.



Aunque todos estos aspectos influyen notablemente en las encuestas, parece que hay aspectos históricos que se reflejan en los datos: el hecho de que sólo el 2% de las menores de 35 años hagan topless en Francia, según recoge «The Guardian», también podría explicarse porque las jóvenes de hoy en día consideran que la batalla de liberación sexual es una lucha que no les corresponde –fue de sus madres y abuelas– y que, además, ya está ganada. «La mujer sabe que está en su derecho de mostrar sus pechos si quiere y esa conducta antes se condenaba, se consideraba escándalo público. Ahora ya no está prohibido por la ley, es un fenómeno menos rompedor. Es algo similar a lo que ocurre con las embarazadas: ahora exhiben su vientre sin complejos, pero hace unos años no se hacía, iban a la playa con bañador. Luego también está el aspecto de la moda, los diseñadores más autorizados visten a las modelos con transparencias y ellas muestran sus senos, lo que normaliza de algún modo esa imagen», explica la psicóloga Pilar Varela.

La revista también señala que, en el mundo de las redes sociales y la hipersexualización, lo que antes podía considerarse un gesto de erotismo es hoy en día algo banal para muchas jóvenes, que buscan diferenciarse de la vulgarización y la cosificación del cuerpo femenino que se ha producido por la proliferación de la pornografía, especialmente en internet. Para el sociólogo Manuel de la Vallina, «se trata de niveles modales. Antes las modas cambiaban cada 15 años, ahora se producen variaciones cada 4 o 5. Lo que observamos como una clara tendencia entre los jóvenes y las nuevas generaciones es un proceso social de igualación física. Por eso el topless no les gusta ya, porque es un elemento que las desiguala. En su momento, esta práctica se asoció a un elemento rupturista y de reivindicación de la igualdad de trato, en el trabajo, etc. Pero las nuevas generaciones buscan otro tipo de equiparación: el que los chicos se depilen y que las chicas adopten roles más masculinos, no sólo en la vestimenta, también al abrazar a sus chicos o tocarles los glúteos, que siempre habían sido actitudes más relacionadas con los hombres, nos habla de este cambio», explica. Al margen de que se impongan o no estas nuevas tendencias, hay otro aspecto generacional que, según el catedrático de Sociología Benjamín García Sanz, explica que el topless esté en «demodé». «Antiguamente se buscaba con esta práctica romper con el pasado y la identificación con uno mismo. En el fondo, lo que subyace es que la gente joven no tiene unos valores en los que mirarse, que les indiquen por dónde tienen que caminar, así que hacen lo que se lleva en cada momento». Y lo que ahora se lleva es enseñar, pero con recato, huyendo de las evidencias. Es lo que «Elle» define como el nuevo mantra femenino: «Desnudas, pero no tanto». «Que no sigas una moda no significa que la condenes. El topless, la la minifalda, el pantalón, las mujeres fumadoras... Son aspectos hoy normalizados de los que ya nadie se sorprende y no necesariamente tienes que seguirlos personalmente», explica Pilar Varela. Quizá por ello, aunque la estética y las nuevas generaciones vayan por otros derroteros, el topless sobreviva como aquella vieja reivindicación de libertad a la que hoy podemos mirar sin complejos.
Las razones



¿Por qué tapadas?



A partir del artículo de «Elle» (en la imagen), el británico «The Guardian» resume las tres claves que explican por qué el fenómeno «topless» ha decaído especialmente entre las nuevas generaciones:

1 El efecto de las campañas de prevención del cáncer de piel. Cada vez las mujeres se preocupan más por su salud y prefieren acudir a la playa más cubiertas para evitar daños.

2 La percepción de las mujeres que practican «topless» como mujeres «sueltas» y evitar la cosificación.

3 La apropiación del pecho descubierto como elemento reivindicativo en grupos de activistas como las Femen (en la imagen) o las campañas en la red.
Un adelantado a su tiempo

La polémica de los pechos de Peggy



Fruto de la nueva relación que establecieron los jóvenes con su cuerpo en los años 60 destacó la figura del diseñador Rudi Gernreich, que hizo de sus prendas un acto político que se basaba en la polémica. Su idea del monokini («topless swimsuit») consistente en un bañador con tirantes que descubre totalmente el pecho, presagió lo que luego sería una práctica habitual en las playas. Su modelo favorita, Peggy Moffit, posó para una serie de fotografías que sólo se atrevió a publicar «Women Wear Daily».

¿Es un signo de modernidad?



«Lo que no se enseña no se vende»
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No porno imagen del primer topless publicado por la revista Time

solía decir mi abuela María Rosseta. Aunque, cuando de «less» en el área «top» se trata, el enseñar no es para vender, sino para ejercer la libertad de ir por la vida como a cada mujer le plazca. Puede que para las francesas lo «in» sea pasar del «top». Sin embargo, lo «in» debería ser ir por la vida sin pasar de las ideas y principios personales de cada una. Lo natural es enseñar los atributos, ya sean éstos físicos o intelectuales. Si atrevido es quitarse el «top», más lo es enseñar las neuronas. Hay muchos «topless» que practicar. El hembrismo del siglo 21 extiende sus tentáculos y muchas esconden su inteligencia porque no quieren asustar a los hombres. Enseñar las neuronas es de lo más sexy, lo cual no está reñido con enseñar las «lolas», algo que, desde el inicio de los tiempos, han hecho las mujeres, empezando por Eva. Cuando la mujer viva como le plazca, y lleve las riendas emocionales de su vida, habrá conquistado la verdadera igualdad en la libertad, y no habrá «top» que se le resista. Quitémonos el top de la desigualdad y enseñemos la singularidad. Tomemos ejemplo de aquellas sufragistas que, en los albores de la lucha por la conquista de la igualdad, quemaron los sostenes en señal de rebeldía. Una mujer puede quitarse el top, pero jamás debe quitarse la dignidad. Sin tapujos se vive mejor. Y, sin «top», el cuerpo se broncea mejor.

Rosetta FORNER

NO

Hace cincuenta años, la espectacular Brigitte Bardot puso de moda el topless. Por entonces suponía no sólo un signo de modernidad, sino también de rebeldía contra lo establecido. Eran años en los que aún los pechos de las mujeres pertenecían al universo del misterio y en los que las escenas de cine en las que resbalaba un tirante todavía provocaban palpitaciones. Cinco décadas después, las mujeres han enseñado tanto sus pechos en todo tipo de circunstancias que el topless ha quedado tan demodé en la seducción como en la reivindicación. Ahora, no sólo se llevan las marcas del bikini y los escotes profundos que insinúan pero no enseñan, sino que se reniega de ese sol implacable sobre la mama, que no sólo puede dañar su delicada piel, sino también avejentarla antes de tiempo. En la era de la silicona, donde encontrar senos naturales a partir de cierta edad en los ambientes de más poderío económico empieza a ser tan difícil como valorado, ya no se llevan los pechos al aire, como tampoco la obviedad y se apuesta por el «saber ocultar» más que el «tener que enseñar». Tanto es así que aun habiéndose puesto de moda en las redes lo que se conoce como el «topless tour» –que no es otra cosa más que mostrar la espalda desnuda como complemento al paisaje más exótico–, las que la practican no vuelven sus pechos a la cámara sino que los dejan para la imaginación de quienes miran sus fotos. Está claro, ya no se lleva el topLESS, se lleva el topMORE.

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