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Por que se llaman Tita, Rodesia, Jorgito y DRF?







El Jorgito que dio origen a la marca de alfajores en realidad era el hijo del dueño de una pequeña fábrica que producía bizcochuelos y alfajores para panaderías. A fines de los 50, la planta fue adquirida por Fernández y Saavedra, que antes que elegir un nombre nuevo decidieron conservar la marca y relanzar el alfajor apuntando a insertar el producto en los quioscos de las escuelas.



En épocas en que el marketing era una palabra desconocida para los empresarios argentinos, la elección de una marca era un proceso completamente intuitivo, en el que las decisiones las tomaba un dueño al que ni se le cruzaba por la cabeza la idea de contratar a un tercero para que lo ayudara a definir cuál era el nombre más conveniente según el targetal que apuntaba. Este carácter artesanal, sin embargo, no fue un obstáculo para que marcas de alfajores, galletitas o golosinas que nacieron para conquistar a los niños argentinos de hace 50 o 60 años hoy continúen vigentes y resistan sin problemas la invasión de productos multinacionales.



La pelea no es por un mercado menor. En la Argentina se consumen 900 millones de alfajores anuales -lo que significa que cada argentino en promedio se come 20 alfajores al año-, con una facturación superior a $ 8000 millones anuales.



La oblea Tita fue creada por Edelmiro Carlos Rhodesia en 1949 y bautizada en honor de Lidia Martínez de Terrabusi, una viuda que unos años antes se había convertido en su esposa. Diez años después -con Rhodesia ya fallecido-, Lidia Martínez decidió vender la empresa a un primo de su ex marido, José Félix Terrabusi, que en la década del 70 lanzó la oblea Rhodesia en homenaje al creador de Tita. Edelmiro Rhodesia y Lidia Martínez, además, tuvieron una única hija, Melba, que también fue el nombre elegido para crear su línea de galletitas de chocolate.



El nombre del fundador también está detrás de otras golosinas. DRF nació hace 101 años de la mano del emprendedor Darío Rodríguez de la Fuente, que eligió las siglas de su nombre y apellido para bautizar a las pastillas de menta. De la misma época datan las galletitas Ópera, que nacieron junto con el Teatro Colón -inaugurado en 1908- y de ahí tomaron su nombre tan musical.

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