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Reflexiones infantiles sobre el sexo

Cuento
Educación sexual

por Estela Quiroga

La maestra de primero superior se incorporó con el registro en la mano. Los miró a todos y luego – como quién cumple con un trámite – hizo una pregunta, que era casi una afirmación
- ¡Son todos argentinos? – frente al silencio, insistió - ¿Alguno de ustedes nació en otro país?
Entonces Julia, decidida y orgullosa, levantó la mano.
- ¡Yo, señorita! ¡Yo, señorita!
Julia insistía con tanta vehemencia que finalmente, la maestra – entre molesta e incrédula – se acercó y le dijo:
- Está bien, Julita… ¿Dónde naciste?
- En París – contestó resuelta la niña – mientras se acomodaba el pelo renegrido, que le caía implacable y lacio sobre los hombros
- ¿En París? ¿Tenés idea de dónde queda París?
- En Europa, señorita, el la capital de Francia.
- Ahhh – se sorprendió la maestra – Bueno, siendo así, le vas a tener que pedir a tu mamá unos papeles. Traeme tu cuaderno, así te anoto lo que necesito
Julia se levantó como si oyera la Marsellesa y le extendió el cuaderno a su maestra.
Apenas llegó a su casa, antes de pedir a gritos la leche, mientras miraba al Capitán Piluso, le mostró la nota del cuaderno a su mamá.
Pilar puso la misma cara de sorpresa que había puesto la maestra, pero no dijo nada.
Al día siguiente acompañó a su hijita a la escuela y le pidió que la esperase allí, sentadita, porque ella tenía que hablar con la seño cosas de grandes.
Julia las observó a través del vidrio de la puerta de la sala de maestros. No podía escucharlas, pero las veía hablar animadamente y reírse con ganas. Miró el cielo y pensó: “Azulunara”; no tenía idea de lo que quería decir, sin embargo le resultaba gracioso.
Su mamá y la señorita Alba la sorprendieron y la llevaron al patio de atrás, ese en el que estaba el ceibo.
Allí le explicaron que no había nacido en París, que esas eran cosas que decían los papás para explicarles de dónde venían
- ¿No soy francesa? – preguntó Julia con desesperación
Ser francesa era lo más importante que a un argentino le podía pasar; los franceses nos habían regalado ese palacio maravilloso donde trabajaba el abuelo.
No era posible. Desde que nació le habían dicho que venía de París. Los papás no mienten. Aquí debía haber algún error. Así que, resuelta, preguntó otra vez
- ¿No soy francesa?
- No – respondió su madre, avergonzada
- Entonces, ¿de dónde vengo?
Julia observó que su mamá y la maestra se miraban con desesperación. La maestra desvió la mirada y le delegó la respuesta a la madre: era lo justo
- De una… semillita – balbuceó Pilar.
Julia clavó la vista en la tierra y contestó con una enorme decepción
- Entonces, soy una planta
- NO, mi amor, no sos una planta. Cuando una mamá y un papá se quieren…
- ¡El timbre! Apurate, Julita, que hay que formar.
- Sea breve, señora – ordenó la maestra
A Julita parecía interesarle más su origen que “elaguilaguerrera”, levantó los ojos y apuntó su mirada directamente a los ojos de su madre, como quien espera una revelación divina. Pilar sintió que no había vuelta atrás.
- Cuando una mamá y un papá se quieren, el papá le pone a la mamá una semillita en la mano que la mamá se toma y después le crece un lindo bebé en la pancita. Esa es la verdad
- ¿Entera? ¿No la mordiste? – inquirió Julia decidida a recibir detalles.
Pilar tragó saliva y negó con la cabeza.
- Y si una mamá muerde la semillita, ¿el bebé nace lastimado? – preguntó resuelta la niña.
Otra vez Pilar tragó saliva y asintió con la cabeza.
- ¡Ahhhhhh! Por eso hay personas que tienen problemas y nacen sin un brazo, sin una pierna, ¿no?
Pilar frunció los labios y se quedó inmóvil. Afirmar o negar aquello era… demasiado.
Cada vez que, desde entonces, Julia veía a alguna persona lisiada no podía dejar de pensar “La mamá masticó la semillita. Menos mal que mi mami se la tragó toda entera”
Pasaron algunos meses, tal vez un año. Al lado de la casa de Julia se mudó una niña un poco más grande que ella. Por las tardes jugaban a las figuritas con brillantes o a la payana.
No sin cierta repulsión, que enseguida se transformó en piedad, Julia advirtió que a su amiga le faltaba un dedo. Con aires de suficiencia, trató de explicarle:
- Seguro que tu mamá mordió la semillita.
- ¿Qué semillita?
Clarita se echó a reir, divertida
- Esas son mentiras que cuentan los padres. Mi hermana, la mayor, me dijo la verdad. Que cuando un hombre y una mujer hacen el amor, hacen una humedad y que nosotros salimos de ahí.
Julia no contestó, subió los escalones del porche de dos en dos; cuando pasó corriendo por el comedor escuchó que una voz por la radio anunciaba “… y una humedad del ochenta por ciento”.
No pudo dejar de pensar: “¡Ay, cuántos chicos que van a nacer hoy!”


Revista El Monitor – pág. 22 – julio/agosto 2008
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