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Scioli y 678, George Orwell y la conchasumadre

texto extraido del libro 1984 de George Orwell, pagina 104

Desde luego, no se reconoció que se hubiera producido ningún engaño. Sencillamente, se hizo
saber del modo más repentino y en todas partes al mismo tiempo que el enemigo no era Eurasia,
sino Asia Oriental. Winston tomaba parte en una manifestación que se celebraba en una de las
plazas centrales de Londres en el momento del cambiazo. Era de noche y todo estaba
cegadoramente iluminado con focos. En la plaza había varios millares de personas, incluyendo mil
niños de las escuelas con el uniforme de los Espías. En una plataforma forrada de trapos rojos, un
orador del Partido Interior, un hombre delgaducho y bajito con unos brazos desproporcionadamente
largos y un cráneo grande y calvo con unos cuantos mechones sueltos atravesados sobre él,
arengaba a la multitud. La pequeña figura, retorcida de odio, se agarraba al micrófono con una
mano mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo huesudo, daba zarpazos amenazadores
por encima de su cabeza. Su voz, que los altavoces hacían metálica, soltaba una interminable sarta
de atrocidades, matanzas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones, torturas de prisioneros,
bombardeos de poblaciones civiles, agresiones injustas, propaganda mentirosa y tratados
incumplidos. Era casi imposible escucharle sin convencerse primero y luego volverse loco. A cada
momento, la furia de la multitud hervía inconteniblemente y la voz del orador era ahogada por una
salvaje y bestial gritería que brotaba incontrolablemente de millares de gargantas. Los chillidos más
salvajes eran los de los niños de las escuelas. El discurso duraba ya unos veinte minutos cuando un
mensajero subió apresuradamente a la plataforma y le entregó a aquel hombre un papelito. Él lo
desenrolló y lo leyó sin dejar de hablar.
Nada se alteró en su voz ni en su gesto, ni siquiera en el
contenido de lo que decía. Pero, de pronto, los nombres eran diferentes. Sin necesidad de
comunicárselo por palabras, una oleada de comprensión agitó a la multitud. ¡Oceanía estaba en
guerra con Asia Oriental! Pero, inmediatamente, se produjo una tremenda conmoción. Las
banderas, los carteles que decoraban la plaza estaban todos equivocados. Aquellos no eran los
rostros del enemigo. ¡Sabotaje! ¡Los agentes de Goldstein eran los culpables!
Hubo una fenomenal
algarabía mientras todos se dedicaban a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego los
trozos de papel y cartón roto. Los Espías realizaron prodigios de actividad subiéndose a los tejados
para cortar las bandas de tela pintada que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se había
terminado todo. El orador, que no había soltado el micrófono, seguía vociferando y dando zarpazos
al aire. Al minuto siguiente, la masa volvía a gritar su odio exactamente come antes. Sólo que el
objetivo había cambiado
.


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