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¿Sirve de algo ir a la universidad?



No, en serio… ¿Sirve de algo la universidad? Y, ya que estamos, ¿sirve de algo ir al colegio? Evidentemente, la respuesta es “sí”. Sin colegio, sin universidad, nuestro conocimiento del mundo sería inferior y, por tanto, nuestra capacidad para desenvolvernos, más limitada.Knowledge is power, como se suele decir.
Sin embargo, aquí viene una pregunta algo más complicada, pero crucial en el mundo en que vivimos: si tan útil es estudiar… ¿por qué dejamos de hacerlo al acabar la universidad? ¿No habíamos quedado que era algo tremendamente beneficioso? La causa hay que buscarla en el utilitarismo del mundo moderno. No estudiamos todo lo que querríamos: estudiamos lo mínimo para ser útiles.
Y, tan pronto somos útiles, tan pronto tenemos el “sello” de que ya somos ingenieros, arquitectos o médicos, dejamos de hacerlo. Es lo que se llama una estrategia satisfactora, a diferencia de las estrategias maximizadoras. Por satisfactorio quiero decir que cuando alcanzamos un nivel suficiente, satisfactorio, para un cierto trabajo, dejamos de formarnos y pasamos a trabajar. Si obrásemos de forma maximizadora, no pararíamos de estudiar cuando fuese suficiente, pararíamos cuando llegásemos al máximo de nuestra capacidad.
Y el utilitarismo, como estamos viendo amargamente, solo es una estrategia válida a corto plazo. Si únicamente nos centramos en cubrir mínimos, no llegaremos muy lejos. A largo plazo, es más buena idea ser maximizador.
Para entenderlo mejor, pensemos en una empresa. Supongamos que esa empresa dedica sus primeros tres años de vida a hacer muchísima investigación. Lógicamente, tienen mucho éxito creando productos innovadores pero, pasados tres años, deciden que ya es suficiente, que se pueden permitir dejar de investigar. Y se dedican a idear variaciones de sus productos de éxito. Pronto serán menos competitivos. Poco después, la empresa seguramente cierre. Ha pasado incontables veces. Es como aquel grupo de música que saca una canción buena y jamás puede repetir su éxito. ¿Quién se acuerda hoy de King Africa y su Bomba? Sin inversión en I+D, sin educación, perdemos frescura y, al poco tiempo, estamos condenados a desaparecer. A ser flor de un día. Pensemos en cambio en casos de éxito: Apple, Nike, U2. Cada año proponen innovaciones, mejoras, productos nuevos. Mantienen su atractivo inalterado.
Y aún así, nos parece buena idea ir a la universidad, conseguir algún título, y hala, a trabajar. Como si los conocimientos no envejeciesen. La formación continua es la I+D del cerebro. Es lo que nos mantiene jóvenes y ágiles. Ejercita nuestra capacidad de adaptación al cambio. Nos hace mejores.
Y existen muchas formas de educarse. La universidad es una.
Evidentemente, los másters son otra. Pero no es bueno quedarse ahí. Por mucho máster, por mucho título, el viaje de la vida es más largo, y nuestra necesidad de renovarnos, mayor. Siempre habrá alguien que lo haga mejor. El truco es que ese alguien seamos nosotros.
Asistid a conferencias. Leed libros. Viajad para buscar tendencias. Haced amigos más inteligentes y con campos de experiencia complementarios al vuestro. Si lo hacéis, estaréis al día. Vuestra empresa tendrá éxito.
Habrá quien, leyendo estas palabras, crea que estoy defendiendo una vida obsesiva, totalmente centrada en el estudio y la investigación, como si fuésemos un moderno Leonardo da Vinci. Nada más lejos de la realidad. Lo que estoy sugiriendo es totalmente compatible con una vida personal plena y con un tiempo de ocio razonable. Porque las vacaciones también oxigenan el cerebro.
Lo único que defiendo es no abandonar nuestro cerebro a medio desarrollar, no pensar que ya hemos tocado techo porque ya tengamos un título. Entre Leonardo da Vinci y no hacer nada para evitar el lógico envejecimiento de nuestros conocimientos, media un amplísimo espectro, que es donde debemos encontrar nuestro camino. Porque, en el fondo, todos somos una empresa, una empresa cuya facturación proviene del atractivo de su producto. Y ese producto es vuestra materia gris. Mantenedla joven.

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