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Soy un iman para los cocos (virgenes)


“Soy un imán para los cocos (virgenes)”


Un dialogo con la trabajadora sexual más añeja de la calle 18 de Guayaquil - Ecuador.



¿Aún siguen los padres llevando a sus hijos al rito inicial del sexo en los barrios de tolerancia? Esa inquietud nos llevó a la puerta de uno de los coloridos burdeles de la 18, o calle Salinas, en el suburbio oeste de Guayaquil (Ecuador).

En el lugar, Valeria, la trabajadora sexual más añeja del tradicional barrio de tolerancia porteño, revelaría sus secretos más íntimos con los jóvenes inexpertos que llegan hasta sus brazos.

De buena figura aún, trata de cubrir con maquillaje los años que surcan su rostro. Cuida no ser fotografiada porque su familia no sabe que se dedica hace 28 años a la venta del placer.

Sus mallas negras de encajes cortos sobre su diminuta tanga marcan su particular y provocadora forma de vestir. Con una ligera señal de manos, esta sesentona camina hacia el pequeño cuarto asignado de martes a domingo.

Busca un mejor sitio para conversar, alejado del contundente volumen de la salsa y la bachata, los ritmos de moda, donde Valeria narra su historia.



“TAMBIÉN FUI virgen”

Como para calentar el momento y entrar en confianza, antes de cerrar la estrecha puerta de madera color tomate, presume haber vivido toda clase de experiencias con personas potentes e impotentes y, por supuesto, con padres de familia que luego de estar con ella llevaron a sus hijos al rito del inicio sexual.

¿Cómo se convirtió en una trabajadora sexual? Luego de que su esposo la abandonó, su hermana mayor la inició en este oficio en un local del cantón Salinas. Tenía 29 años y dos hijos que mantener.

Pese a su negativa, tuvo que pararse en un cuarto para no contradecir a su ñaña. Su primer cliente la aterró, recuerda, mientras acomoda sus amplias posaderas y caderas en la colchoneta negra de la cama de cemento de su habitación.

“Con mi primer cliente estallé en llanto, era mi primera vez, también fui coco (virgen) para este mundo”, dice jugueteando. “Lo hice con un pescador, quien impresionado por ser mi primera vez me pagó por mis servicios, y al salir del cuarto fue en busca de pescados para obsequiármelos, así pasó después con los demás hombres que quisieron acostarse conmigo”.

“Ese día salí contenta con pescados, frutas y dinero, nadie me tocó, pero mi hermana muy enojada me dijo: mañana que regreses no te servirán de nada tus lágrimas”, sentencia que se cumplió, porque al día siguiente a Valeria le explicaron como debía tratar a los clientes.

En la época en que la moneda era el sucre, afirma la trabajadora sexual, las posiciones en el acto eran cobradas y se ganaba más dinero....




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