Terminò Socchi...




Pero en la olimpìadas insensatas, la medalla de oro se la lleva por aclamación popular don Nicolás Maduro, a quien no le basta con llevar a Venezuela a ser el campeón del mundo en inflación, inseguridad ciudadana y jurídica, homicidios y desabastecimiento de productos de primera necesidad –desde leche para los recién nacidos hasta insulina– sino que se atreve a culpar de los diez muertos que han dejado las protestas contra su régimen al opositor Leopoldo López, entregado a la "justicia" para evitar cualquier mal a su esposa y sus dos hijos.

El sucesor de Chávez, quien puso a un bobo en el cargo que le hiciera bueno una vez muerto, está a punto de hacer que se cumpla un pronóstico: no pasará mucho tiempo en Miraflores.

Y eso es porque :

La corrupción se traga el 60% del presupuesto anual, unos 30.000 millones de dólares. Y, tras 15 años de chavismo, Venezuela ha escalado a los primeros puestos entre los países más corruptos del mundo, las reservas en moneda extranjera han caído un 27% en solo un año y ya ni siquiera se cumplen los envíos de petróleo a los aliados.

La lista sería interminable, pero no determinante.

El detonante es otro. La promesa revolucionaria de un futuro mejor lleva 15 años incumplida. Toda una generación que no ha conocido más que el chavismo está hastiada de violencia y falsas quimeras. Los jóvenes que han tomado las calles no esperan ya nada de la dictadura salvo más represión y pobreza. Maduro está acabado, como todos los déspotas del mundo.

Hoy las herramientas de comunicación son tantas y tan variadas que la censura es imposible. Un segundo después de que un tirano mande silenciar Whatsapp o Twitter y los jóvenes que piden su cabeza habrán hallado veinte fórmulas para soltarse la mordaza. Venezuela no es una isla incomunicada, aunque muchos lo pretendan. Miles de adolescentes están dispuestos a luchar para que eso nunca ocurra.

Para vergüenza de los líderes latinoamericanos que callan ante la brutalidad de un régimen lisérgico