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Un cuento antisoviético: Néstor Majno

Un cuento antisoviético: Néstor Majno




El anticomunismo vende, crea grandes y pequeños mitos que se alimentan de sí mismos. La difusión de la narrativa antisoviética en la posguerra demuestra que lo realmente importante en la historia es la cantidad, no la verdad: repetir una y otra vez, escribir mucho y siempre lo mismo. ¿Alguien conoce una versión diferente acerca de Majno? ¿Hay documentales alternativos? ¿Libros? ¿Artículos? ¿Tesis doctorales? ¿Traducciones? Lo que hay es monotonía, distintas versiones de la misma partitura porque una vez que sabemos la verdad no es necesario nada más. La verdad es única y resplandeciente por sí misma. Su brillo ciega.

La historia tiene un problema muy serio: la escriben aquellos que menos hacen por ella. Los que hacen no escriben y los que escriben no hacen. La división capitalista del trabajo la ha convertido en un ejercicio intelectual destinado al consumo intelectual, de otros intelectuales, de profesores, de universitarios, de editoriales y de canales de televisión temáticos.

Se produce una distorsión que es evidente en el caso de Majno: cuando no hay historias que contar se inflan las migajas. El número de libros no es proporcional al número de hechos. Si los anarquistas no tuvieran a Majno, ¿qué contarían de la revolución rusa? Estarían en un serio aprieto porque Rusia es uno de esos países en los que el anarquismo ha sido bandera. Pero en la historia la cantidad nunca va con la calidad y los anarquistas aparecen muy poco en la historia revolucionaria de Rusia. ¿Dónde estaban en 1905? ¿En febrero de 1917? ¿En octubre del mismo año? No estaban pero tienen que estar y para eso recurren al cuento de Majno.

La historia está escrita con esos pequeños retazos. Majno es una anécdota de la Revolución de Octubre, una nota a pie de página. La manera de traerla a la historia es convertirla en única y lo único se convierte en importante por arte de magia. Conocemos a Majno, pero si preguntamos por los nombres de Tambov, Struk, Angel o Grigoriev, no nos suenan porque ningún otro movimiento político parecido al de Majno, en Ucrania o en Siberia, ha recibido tanta atención libresca.

En Rusia como en otras partes, los levantamientos campesinos han sido una constante desde hace siglos y la creación de unidades guerrilleras también, lo mismo que la ocupación de tierras, la formación de comunas, etc. El hundimiento del Imperio ruso en 1917 favoreció un malestar que en el campo venía de muy atrás y que, además, se vio reforzado por la guerra imperialista y, finalmente, por la guerra civil.



Ucrania entró en un caos. Fue un escenario en el que no faltó ningún trauma político. Los imperialistas alemanes y austriacos la invadieron en 1918, los nacionalistas se hicieron con las riendas de un Estado títere de unas u otras potencias, los generales blancos (Denikin, Wrangel) impusieron el terror... Pero además había otros colores, como los rojos o los verdes, cada uno con su propio ejército.

Nada de ese complejo panorama figura en ciertos libros de memorias en los que el relato es tan simple como un cuento infantil. En todo mito rural sólo hay dos bandos; los buenos y los malos. Majno es el Robin Hood ucraniano, el Príncipe de los ladrones, el bandido perseguido que robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. El decorado se traslada del bosque de Sherwood a Huliai Polie.

Pero los cuentos de hadas no explican quiénes son los ricos y quiénes los pobres; no quieren saber nada de asuntos complicados porque es mucho más sencillo de lo que parece: los pobres somos nosotros y los ricos son ellos. En una situación así todos queremos ser pobres porque se trata de repartirnos lo que pertenece a los demás. No hace falta decir que fue así como se definió el movimiento de Majno: nosotros somos los campesinos pobres, los que estamos destinados a quedarnos con el botín.

Sin embargo, la caballería les delata. Al ejército de Majno los kulaks llevaron sus propios caballos. Los pobres ni sabían montar ni tenían caballo y, en cualquier caso, no podían permitirse el lujo de perderlo en una guerra. La caballería de Majno la integraba un sector pudiente del campesinado atenazado en medio de una guerra brutal. Ni eran la nobleza zarista, ni tampoco los parias de la tierra, los más explotados y oprimidos. Nadaban entre dos aguas. Eran la pequeña burguesía rural que se armó para defender sus propiedades, su ganado y sus cosechas.

El cuento de Majno demuestra que es más fácil destruir la vieja sociedad que construir una nueva, sobre todo cuando no hay más que utopías, cuando la revolución es de papel impreso, de periódicos y libros. Es más fácil saquear un almacén que llenarlo, para lo cual hay que producir, o lo que es lo mismo: la desagradable función de organizar, de (im)poner orden (ordenar), repartir tareas, establecer horarios, acordar salarios, en fin, la disciplina y demás cosas que no gustan a los que quieren comer sin doblar el espinazo.

El programa es bien simple: defendemos lo nuestro y nos quedamos con lo demás, para lo cual tenemos que armarnos, crear algo tan poco autogestionario como un ejército por más "verde" que lo pinten. Las personas no pueden sustituir a una mala organización porque eso lleva al personalismo y al paternalismo. Majno fue uno de tantos atamanes ucranianos, es decir, un cacique militar, un jefe carismático al que los suyos llamaban "Batko" (El Padre).

Los cuentos anarquistas embellecen algo tan feo como un ejército, dicen que lo formaban "voluntarios" y que los oficiales eran electivos... Por el contrario, no dicen que los comandantes majnovistas ejercían el derecho de veto sobre las elecciones y decisiones asamblearias y que para imponer disciplina recurrían a castigos, e incluso a la pena de muerte. La horizontalidad, la (des)organización y la mala organización no atenúan las reglas coactivas propias de la jerarquía militar, sino que conducen a los peores extremos.

No era nada diferente de ningún otro ejército. Majno creó dos fuerzas secretas de policía que llevaron a cabo numerosos actos brutales, palizas y ejecuciones sin juicio previo. Mataron a muchos prisioneros de guerra. Su policía secreta se encargaba de deshacerse de sus oponentes dentro y fuera del movimiento. Sus actividades condujeron a que durante un congreso los anarquistas le pidieran explicaciones a Majno por sus actividades: "Hemos sido informados de que en el ejército existe un servicio de contraespionaje que se dedica a acciones arbitrarias y no controladas, algunas de las cuales son muy graves, como las de la Cheka bolchevique. Nos han informado de órdenes de búsqueda, detenciones, incluso de tortura y ejecuciones".

Como en cualquier ejército, las borracheras de los soldados estaban castigadas, una norma que los oficiales de Majno aplicaban rigurosamente, excepto al propio Majno, un gran aficionado a la bebida. A una guerra no se puede ir con un pistola en una mano y una botella en la otra porque bajo los efectos del alcohol se adoptan decisiones militares precipitadas que acaban en graves tragedias.

Las borracheras de Majno y sus comandantes degeneraban en orgías sexuales en las que las mujeres no siempre participaban voluntariamente. En el Ejército Verde ellas no eran consideradas "bratishki" (camaradas) porque los campesinos ucranianos no cuestionaban las ideas dominantes en aquella sociedad sobre las mujeres -y sobre otros asuntos- sino que las compartían plenamente. A pesar del culto a la personalidad que le profesan los anarquistas, cuando estaban exiliados en París su mujer trató de matarle en una ocasión con un cuchillo, dejándole una profunda cicatriz en el rostro.



Si el Ejército Rojo lo formaban 5 millones de obreros y campesinos, el de Majno alcanzó los 30.000 en su mejor momento. Los generales zaristas siempre supieron que los anarquistas eran un fenómeno irrelevante. Jamás hubieran podido mover ni un dedo en Ucrania si el Ejército Rojo no hubiera tenido a los blancos batallando en miles de kilómetros de frentes dispersos por toda la geografía de Rusia.

Una anécdota militar se corresponde con una anécdota política. En sus memorias Majno cuenta que en 15 kilómetros a la redonda de su base de operaciones en Huliai Polie solo había cuatro comunas libertarias, más alguna otra en las comarcas cercanas. En total, entre 100 y 300 personas. El historiador anarquista Arshinov reconoce que en las comunas sólo participaron unos pocos miles de campesinos aislados en medio de un océano de varios millones de ellos, un movimiento absolutamente insignificante y no muy diferente de otros a los que nadie recuerda.

En el reino de taifas que fue Rusia durante la guerra civil, Majno regía su propio Estado como otros 30 parecidos al suyo. Pero en sus cuentos los anarquistas le cambian el nombre a las cosas. El Estado majnovista se llamó Consejo Militar Revolucionario y promulgaba leyes como cualquier otro: para censurar la prensa, para distribuir las tierras o para combatir las epidemias. Como los anarquistas son apolíticos y apartidistas ilegalizaron los partidos políticos, a excepción del suyo (al que cambiaron el nombre), de tal manera que sólo ellos podían participar en sus elecciones. Si alguien se quejaba los majnovistas exhibían las bayonetas. El historiador anarquista Paul Avrich señala: "Actuando en conjunto con los Congresos regionales y los soviets locales, de hecho el Consejo militar revolucionario formó un gobierno en el territorio circundante Huliai Polie".

Durante unas pocas semanas fue el primer Estado anarquista de la historia, el Estado que renegaba de sí mismo.
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