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Un discurso desesperado y plagado de falsedades

UN DISCURSO DESESPERADO Y PLAGADO DE FALSEDADES




LÁGRIMAS Y DEFAULT








Otra vez la vieja historia del kirchnerismo: cuando cree estar a salvo de cualquier peligro producido por sus insensateces, advierte que algo de lo que debería haberse ocupado antes reaparece y motiva un discurso melancólico de la Presidente. ¿Se esconde en esto un enigma?

Pues no. Solo “in articulo mortis” el gobierno K decide “tirarnos por la cabeza” la oportunidad de ¿compartir? sus desaciertos, cuando ya queda bastante poco por hacer, habiendo alborotado imprudentemente a sus eventuales enemigos e injuriando al orden internacional como causante de todas nuestras desgracias.

Es lo que Nietzsche hubiera denominado “las nauseas de los postres”, de quien ha comido de todo hasta hartarse.

En los virajes de la historia que abordó el discurso de Cristina sobre el tema del “default” de la deuda soberana, sobrevuela enmarañado un crecimiento multiforme de pretextos causales invocados por quien no ha querido ver jamás la realidad…hasta que ésta le puso el pie en la jamba de la puerta para que no pudiese cerrarla a su antojo.

Ha alcanzado así el punto más peligroso e inquietante de todo su mandato, porque al haber intentado vivir por encima de la antigua moral, menospreciando las reglas de juego de la comunidad internacional ha quedado maniatada por la realidad.



Hace al menos dos años que se veía venir el final que ahora ha decidido abordar con lágrimas, nervios y melancolía. Mientras transcurría el tiempo y el problema se agrandaba, su gobierno miraba para otra parte ensoberbecido por unas elecciones donde obtuvo – increíblemente-, un 54% de los votos.

En el discurso presidencial de esta noche, el malentendido y el menosprecio han campeado en las palabras de quien ha contribuido como nadie a promover en nuestro país la decadencia y la corrupción más fenomenales de las que se tenga memoria.

Cristina acaba de apercibirse que se acerca el final y que éste no será ni remotamente parecido a lo que imaginó, y como perteneciente a la especie de los mediocres, comprende tardíamente que no podrá lograr la supervivencia de sus falsedades.









Ahora y recién ahora —después de haber “kicilofeado” a los acreedores—, y habiendo fracasado con sus desplantes y discursos incendiarios, ha decidido tirar la brasa ardiente sobre el Congreso Nacional para que resuelva el problema que la ha puesto contra la pared.

Seguramente con un doble objetivo: embanderar a la ciudadanía en general en nuevas discusiones sobre la pertinencia de pagar deudas y de qué modo hacerlo, y, al mismo tiempo, tapar la debacle financiera en la que se halla metido hasta las narices un gobierno de ignorantes, presidido por quien no tiene condición alguna para ejercer un cargo que ha desempeñado con arrogancia y total desprecio por el diálogo y la convivencia política.

La Presidente, como diría Nietzsche metafóricamente, “no comprende qué significa la comida, ¡y quiere ser cocinera!

Habría que decirle pues para que escarmiente de una buena vez: “amiga mía, no os permitáis nunca más locuras que os produzcan un gran placer” (Nietzsche), porque un vestido negro y mucho palabrerío suelen conducir invariablemente al camino del infierno.

Lo que se mantuvo en las tinieblas de un régimen ineficiente sale hoy a la luz. Y no es nada bueno lo que ha quedado a la vista. De la tiranía ejercida sobre la razón para “hacerle decir” lo imposible, hemos pasado al desamparo y la desolación.









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