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Un poema a Griesa de Rodolfo Braceli



Corazón hediondo, de buitre humano


Pregunta, para poner en remojo: ¿cómo es posible que un rostro, que la curvatura de una columna vertebral expresen, con tanta elocuencia, una condición moral?



Mientras remoja la pregunta, afrontando sucesivas fotos vayamos al retrato.

No hace falta descender ni al insulto ni a la descalificación: al señor juez Thomas Paole Griesa basta con describirlo. Su diseño físico más la calaña de su semblante traducen textualmente lo que anida en su condición humana. Su exterior espeja a su interior de un modo que espeluzna. Por afuera sintetiza los turbios recodos y emanaciones de su conciencia.

Este hombre, Griesa, lo primero que hizo fue nacer: eso le pasó a él y le pasó al mundo el 11 de octubre de 1930 en Kansas City. Ascendió a juez del Distrito Sur de Nueva York haciendo escala en Harvard y Stanford. Hace años rozó cierta famita porque se cruzó en un juicio con John Lennon y soltó una gran carcajada ante una ocurrencia del beatle. Estos días la famita rompió el cascarón del diminutivo porque eyaculó un fallo favorable a los otros obscenos buitres humanos que desolan el planeta.

Este hombre, Griesa, prefiere mirar por la rendija de sus ojos. Como quien fisgonea desde su ventana por detrás del cortinado ¿mira o espía?

La espalda, vencida, nos avisa que su columna vertebral estuvo por años trasladando unos ojos capciosos y con uñas.

Los labios de la boca de este hombre parecen cocidos desde adentro. Algo esconden esos labios, algo como la mueca de una sonrisa malparida. Pero atención, ojo piojo con las confusiones: al juez se le suele diagnosticar senilidad, y se lo califica de monstruo. Señalando esto o aquello se lo está absolviendo. Pero no: estamos ante un ser humano, eso sí, portador de hediondo corazón.

Una pequeña digresión. Este juez, buitre por aspecto, semblante y acciones, tiene demasiados adherentes adentro de nuestra patria idolatrada. Más allá de los errores que podamos atribuirle a este gobierno, observemos a toda hora y sin feriados la galopante buitredad de una oposición amalgamada por la celebración de las malas noticias y calamidades, y por la carencia de propuestas; oposición cuyo gran proyecto se reduce a que este gobierno –elegido por las urnas eh– estalle por los aires a cualquier precio. Para eso los buitres de aquí adentro cuentan con la saña de Griesa que respalda a esos usureros que genocidian endeudamiento mediante.



¿Puede concebirse semejante buitredad? Tomados sus cerebros y sus corazones por la hiel de sus odios, los celebradores de un muy deseado apocalipsis no advierten que a esta deuda la pagarán hijos y nietos y bisnietos entregando pedazos de mapa y quemando los sueños de varias generaciones.

Pero esto les importa menos que un carajo. La hiel hace rato que les anegó el cerebro y les acogotó todo posible sentimiento.

No hay caso, el diccionario se extenúa a la hora ofrecer sinónimos de buitre asociados a la conducta humana: aprovechado, egoísta, individualista, rapaz, depredador, usurero, vomitivo, hasta lameculos. Lo de lameculos –qué notable– parece inspirado en buitres vernáculos. Desde ya: los culos no tienen la culpa de ser visitados por estas lenguas usureras de lesa humanidad.

Más fotos para este retrato. En cada una este hombre, que lo primero que le hizo a la humanidad fue nacer, enfrenta con goce perverso la cámara. La uña puntiaguda de su mirada atraviesa la rendija de sus párpados. Sus labios continúan cosidos desde adentro para que no se le escape el alma: porque se supone que alma el juez debe de tener.

Otra foto, y más preguntas: por los años de su edad, que hace rato pasó los 80, uno deduce que él es padre, abuelo, bisabuelo. ¿Cómo será a la hora de las ternuras? Realmente, ¿alguna vez habrán besado esos labios? ¿Besado qué? ¿Y qué pasó con lo besado?

Una foto más. Ahí lo vemos: este hombre se deja ayudar para meter su organismo en un saco, o para cubrirse con la solemne toga. El se sabe juez, él se siente Dios, él tiene en su puño un fallo del que penden las noches y los días de millones de humanos. Nos mira con sorna el juez norteamericano se regodea en esa mueca cínica: él sabe que puede meter miedo y se relame, paladea la saliva de la felicidad vengativa. Tengamos cuidado, no se nos ocurra sostenerle la mirada, ni a la misma foto, porque hasta la foto nos puede inocular cierto pus irreparable. Y cuidado, además, porque esta noche podríamos soñar hasta la pesadilla con él...



Justamente, la pesadilla: anoche soñé con este hombre, que lo primero que le hizo a la humanidad fue nacer: él venía por una vereda de Nueva York, yo me le paré adelante. No le di una trompada, porque eso era condecorarlo. A punto de darle un chirlo, pensé: No, mejor lo enderezo con una flor de patada en el culo. Pero ni una cosa ni la otra: de pronto me encontré preguntándole por la madre que lo parió.

En eso él le hizo un seña a un taxi, el taxi se detuvo, yo le facilité la subida abriéndole la puerta; agradecido me extendió un billete dólar. Cuando me arrimé para tomarlo, recibí una ráfaga de su mal aliento; aliento sonoro, aliento atravesado de carnes sumamente muertas... Caí de espaldas volteado por el insoportable hedor y desde el piso vi que él miraba fijamente el billete que yo apretaba en la mano. Rápido me lo metí debajo de una media antes de que...

Posdata pueril: una línea de sol me despertó los párpados y salí de la pesadilla, mordí aire para desalojar el asco de la bocanada de aquel mal aliento del juez que lo primero que le hizo a la humanidad fue nacer. Ahí fue que me di cuenta de que yo estaba completamente desnudo. Pero vivo. “¡Que no es poco!, ¡que no es poco!”, me gritaban las vocecitas de los hijos de mis hijos. Que también estaban desnudos.


Rodolfo Braceli


Interesante poema que indistinto al pensamientos político de cada uno, refleja el merecido odio que se ha ganado, tanto por su mal desempeño como por su mala actitud a nivel de persona, alguien que demostró lo que ya todos sabemos hace mucho; lo corruptos que son los entes de poder. Quizá quisimos creer que EEUU por su gran historia y prestigio judicial marcaría una diferencia, ahora vemos con claridad que un todo hombre tiene su precio, aquí, en Norteamérica o en la China


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