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Un sobretodo marrón y un departamento frio

Por José Supera

“Esa santa institución, ideada para inculcar la virtud entre salvajes. Santa familia, iglesia de los buenos ciudadanos. Los niños son torturados hasta que mienten por primera vez; donde se doblegan con la represión; donde la libertad es asesinada por el egoísmo”, dice el personaje de Marlon Brando mientras viola y sodomiza y libera de todos sus males, manteca mediante, al personaje de la joven María Schneider, pero también me lo dice a mí, desde el pasado, también violándome, de manera psíquica, porque desde mi adolescencia que no puedo sacarme de la cabeza a su personaje, a ese desconocido que es encontrado por Jeanne, en un departamento abandonado, con un sobretodo, entre las sombras, ese Marlon de Ultimo tango en París, que le dice “no quiero saber tu nombre, vos no tenés nombre, yo tampoco; sin nombres. Vamos a olvidarnos del mundo, de lo que hacemos, vamos a olvidarnos de todo. Porque todo lo que hay allá afuera es una mierda”. Y ahora también estoy en un departamento abandonado, olvidándome de toda la mierda de allá afuera, escribiendo esto, o reescribiéndolo, porque esta escena ya la vi y la viví mil veces, y en el fondo, cuando estoy oscuro y no me aguanto, siempre me siento un poco ese Brando de Ultimo tango en París: me pongo el sobretodo, me levanto el cuello, y a rodar y a dar vueltas por la lleca, para otra vez terminar encerrado, como ahora, en este departamento abandonado que era de mis abuelos y huele a muerte y soledad. Estoy escribiendo con el sobretodo que era de mi tío. Me lo puse especialmente para escribir esta nota. Con él me siento más Brando. Pero no soy Brando, tampoco va a venir ninguna María Schneider a este departamento helado, ella se murió, adicta a la heroína y a los fantasmas; tampoco hay manteca en la heladera. Primeros fríos del año. Intento escribir sobre cómo una película se puede meter en tu carne. Cómo es que la encarcelás adentro tuyo. Te viola. Y no te la sacás más. Y repetís sus escenas para siempre. Pero no soy Marlon. No me dirige Bertolucci sino mis propios deseos. Que a veces se me van de las manos, de los dedos, como ahora.



¿Pero cómo empezó esta escena que se repite siempre que estoy como el orto en mi vida? Quizá con mi tío, con el mítico Néstor Musotto, con el que me crié durante todos los fines de semana de mi infancia y fines de adolescencia, yendo de La Plata a Palermo, desde los ocho años, solito en el bondi con la mochila en mi regazo. Cuando el tío Néstor íbamos al cine, al teatro, a ver box a la Federación Argentina, en la calle Castro Barros. El me pagó la primera puta: una brasuca de seis metros y pelo corto que me trató con el más tierno de los placeres. A veces me toco pensando en ella. Musotto me hizo conocer a sus amigos escritores y periodistas y magos. Todo lo que hizo él, de alguna forma, después lo hice yo. Fui mago y periodista, soy cinéfilo, adicto al encierro y a las sombras.

La cosa empezó en un cumpleaños de mi abuela, hace mucho, con un amigo de mi tío que vivía en Nueva York, un tipo que se había sentado al lado mío y tenía puesto un sombrero y hablaba poco pero escuchaba mucho. Ese tipo se llamaba Gato Barbieri. Mi yo de 12 o 13 años no sabía una mierda quién era ese Gato Barbieri que todos en el cumpleaños miraban y trataban como si fuera de porcelana. Unos años más tarde, caí. Ese tipo era un jazzista groso. Era quien había hecho, entre muchísimas otras cosas, la banda sonora de Ultimo tango en París.

Así fue como conocí la película. Desde la primera vez que la vi no puedo borrarme la escena con la que abre. El personaje de Paul debajo de un puente. Un fantasma con el sobretodo puesto. El tren pasando arriba de él, por encima de su existencia, él tapándose los oídos, mirando al cielo y gritando “Fucking God!”. Nunca más voy a poder sacarme de encima esa escena. Y hace poco, leyendo a mi amigo Daniel Kruppa, en su novela inédita, El sobretodo metafísico, me di cuenta que toda mi vida también voy a estar tapándome los oídos y gritando “Fucking God!”, aunque nadie me vea ni me escuche.



Pero la escena que signó la película, que en esa primera vez, me pareció más turbadora y masturbadora, fue la de la manteca: con la que me toqué a los quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, veinte, treinta, y con la que me voy a seguir tocando hasta la eternidad espiritual de mis cojones. No hay que agregar fuego al puterío que se generó por afuera de la película muchos años después, porque quizá, el personaje de María Schneider, lo aclara en la escena del subte, diciéndole a su noviecito boludazo cineasta, que filma una película de la relación entre ellos dos: “Te estás aprovechando de mí. Porque me obligás a hacer cosas que nunca hice. Se acabó la película. Estoy harta de que me violen”.

Mi tío con sus sobretodos y su magia oscura fue una especie de Brando para mí. Los últimos años de su vida, los vivió encerrado en esa suerte de departamento-prisión, ya separado de mi tía, hundiéndose en sus sombras, siendo visitado por una María Schneider siempre mutante. Una de las últimas veces que lo vi, fue después de una caótica cena en el mítico La Raya, junto a varios amigos de él, mi primo y yo. Entre esos amigos estaba Moris. El que siempre dijo que “de nada sirve escaparse de uno mismo”. Habíamos tomado vino y whisky y después café y después sambuca, y habíamos cantado “El oso”, y alguien se había caído de la mesa y había arrastrado el mantel y con el mantel varias copas que estallaron para que los comensales de al lado nuestro se levantaran y se fueran a otras mesas, hasta que nosotros también nos fuimos, pero a la calle, caminando todos por avenida Las Heras, una noche de invierno, todos estábamos del orto, yo estaba del orto, mi tío estaba del orto, tenía el sobretodo color marrón puesto, me acuerdo que me agarró de la campera, a la altura del pecho y me puso contra una cortina metálica y me dijo que no creyera en nada, pero que me apasionara por todo. Y después me dijo algo que se me quedó pegado en la piel hasta el día de hoy: “Si llegó vivo a los setenta, ¡me mato!”.

Mi tío Néstor murió desangrado a los setenta años en un hospital. Casi toda mi familia siempre dijo que fue una negligencia médica. Pero yo siempre pensé que se desconectó. Unos meses después legué su sobretodo y muchos de sus libros. Por eso cada vez que me pongo este sobretodo marrón me siento un poquito el Brando de Ultimo tango en París. Porque de alguna forma yo también estaré siempre gritando fucking god y untando de manteca la cola de la existencia misma.

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