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Una mudanza cualquiera

UNO DE LOS MOMENTOS MÁS DEVASTADORES DE UNA MUDANZA OCURRE CUANDO YA ESTÁ TODO MÁS O MENOS EMPAQUETADO O en camino de estarlo, y comenzamos a percibir objetos desperdigados, solitarios, inempaquetables.














Se trata de “restos”, resaca, rebabas del hogar cuyo destino final es incierto y su condición de provisorios empieza a parecer permanente. Ninguno pertenece a la misma clasificación, o sus clasificaciones se cruzan en un punto pero se repelen en otro, lo que nos impide clasificarlos en la categoría de objetos inclasificables. Son la pesadilla de un archivador o un neurótico obsesivo, pero sobre todo son la pesadilla del hombre que se muda.


















Algunos son objetos que debería devolver. Otros son objetos de valor sentimental ínfimo, que no tengo el valor de tirar a la basura (y siento que retrasar esta decisión me hace más bueno y sensible). Otros pertenecen a la categoría “cosas que necesito tener hasta último momento, pero no tan tan tan a último momento como el cepillo de dientes”. Otros pertenecen a una categoría, pero se han quedado fuera de su caja por accidente, o porque estaban perdidos debajo de un mueble, o bien porque la caja era demasiado chica, o porque de momento pertenecen a la categoría anterior (por ejemplo, “libritos del bebé”). Otros conforman una categoría ínfima (tipo 3 cosas) que no amerita el inicio de una caja.

















Otros simplemente permanecen allí, pétreos e innominados: en algún momento decidimos dejar de percibirlos, y a medida que avanzaba el empaquetamiento empezaron a hacerse evidentes. Pero ahora el ejercicio de su visibilidad se hace difícil de remontar; sin embargo, la realidad de que en algún momento tendremos que hacernos cargo de ellos nos respira en la nuca, como un corazón delator o un mono escondido tras la cortina del baño.

















¿Qué hago con estas radiografías de columna que me hice el año pasado? ¿La tiro o tal vez las necesite para mi hipotética visita al traumatólogo? ¿Y por qué puta mierdas hacen las radiografías son tan grandes? ¿No me las pueden poner en Facebook? ¿Y este lapicero con útiles de dibujo? Ya he guardado los útiles, ¿mudo el lapicero o le doy vía libre? ¿o está “out” el lapicero? ¿Y este cuadernito con cosas útiles anotadas? ¡Tengo media docena de cuadernitos con cosas útiles anotadas! ¡Dudo que haya tantas cosas útiles en el planeta!

















Este mini-ejército de objetos conforma una fuerza diabólica e inorgánica, un vórtice que rezuma el Caos inefable: aquello que es imposible de aprehender o percibir. Desde su centro se emite un vómito de Materia Oscura, que infesta y devora todo lo que toca. ¡Odio esta categoría descategorizada y todo lo que representa!

















Podría poner todo en una bolsa y arrojarlo a la basura, pero me enerva que terminen juntos objetos que sí merecían este destino junto con otros que simplemente estaban en el lugar y momento equivocado. Ya no podría volver a dormir. Me sentiría cómplice del Desorden del Cosmos, del Dios Malvado e Idiota en el que creían los gnósticos, de un súper nihilismo activo que no sólo descree todo sino que produce y trabaja en pos de la ausencia de significado: el Ejército de la Nada.


















Prefiero convertirme en centinela, en el Guardián del Sentido, manteniéndolos a raya para que la Confusión que emanan no carcoma el resto del Universo. Sólo me queda una opción: Meterlos en una caja todos juntos y escribirle con fibrón un cartel que diga “Caja del Caos” (junto a una serie de dibujos que representen la Torre Eiffel, un cerdo y la cara de Silvio Soldán, simbolizando la desorganización y acumulación al azar que los ha reunido). Y esperar a culminar mi mudanza, donde la abriré y volveré a repartirlos casualmente por toda la casa, en poses de estudiado descuido como el peinado de un ídolo “tween”, donde su condición de objetos solitarios los despoje completamente de su Poder.











Perdón si parece que me tomo mi mudanza demasiado en serio. Yo soy así, no me gustan las cosas a medias.
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