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Uno de los mangas más terrorificos de todos los tiempos

El terror es un género complicado. Todos los géneros son difíciles, en efecto, si se busca la maestría, pero este posee una peculiaridad que lo distingue de los demás. Y es: no a todo el mundo le asusta lo mismo. Todas las historias, de cualquier género, buscan emocionarnos e intrigarnos, pero las de terror quieren, además, que pasemos miedo. Y ese sutil escalofrío no entiende de sofisticaciones. Uno puede disfrutar como un enano de vampiros y hombres lobo, pero si no cree en ellos va a ser difícil que nos quiten el sueño. Pongan en la lista fantasmas, demonios, psicópatas, insectos gigantes o lo que les venga en gana. Los miedos son íntimos, en definitiva.

Entendido esto, no diré que Uzumaki dé miedo. Alguno habrá, seguro, que hasta lo tache de cuento infantil. Sugiero, en cambio, que da mal rollo, un concepto igualmente universal pero más mundano y compartible, que viene a definir lo que es desagradable y malsano y que, sin embargo, mola. O, en palabras de Warren Ellis, “un montón de páginas repletas de delirios lunáticos”. Y así es.
Uzumaki es la palabra japonesa para “espiral”. Ignoro por qué no se ha traducido. El asunto queda perfectamente claro desde el comienzo. Su creador, Junji Ito, conocido por la anterior Tommie, debió de pasar muchas horas despierto pensando dónde dibujarlas porque asistimos a un obsesivo catálogo de espirales malignas en combinaciones insospechadas y enfermizas. Estas figuras parecen poseer vida propia e hipnotizar poco a poco a los habitantes del pequeño pueblo costero de Kurouzo (cuyo significado literal es “remolino negro”. Quédense con el detalle, porque tiene su importancia). Allí vive Kirie Goshima, una típica chica de instituto, con su faldita plisada y todo, quien empieza a observar extraños comportamientos. El primero, del padre de su novio, Shuichi Saito. El joven parece saber que algo amenaza a la población, porque le pide a Kirie que se fugue con él, pero tampoco con demasiado ímpetu. Supongo que empezaría a sospechar viendo a su venerable progenitor quedarse embobado con cualquier elemento que adopte tal forma, desde la concha de un caracol a remolinos en el agua. Tales geometrías, que empiezan siendo adictivas, introducen poco a poco cambios más severos en sus víctimas.

Al principio, Uzumaki apuesta por un carácter más o menos episódico. Aunque los personajes repiten, y los sucesos tienen relevancia, cada relato es más o menos independiente: se centra en un nuevo caso de abducción de la espiral. Ya hemos dicho que arranca con el padre de Shuichi; sigue con su madre y luego se va expandiendo por la localidad hasta afectarla por completo. Ito muestra esa preciada habilidad para introducir los efectos más inverosímiles sin quebrar el tono del relato y sucumbir al recital de monstruos. Y eso que el tío arriesga. Una cicatriz que engulle a su propietaria o un duelo de tirabuzones enhiestos (¡y esto sólo en los dos primeros tomos!) podría rebasar la suspensión de incredulidad de cualquiera. Pero se maneja bien en esa fina línea del “no me puedo creer lo que estoy viendo”. Un punto a su favor es la originalidad de la propuesta. ¿Alguien pensó alguna vez en la posibilidad de una espiral asesina?



Otro de los puntos fuertes es el dibujo. Ito mezcla a Urasawa con Katsura y Maruo. Como si fuera fácil. Evita cualquier distorsión expresiva para no empañar la deformidad real a la que somete a sus criaturas. Potencia las escenas fuertes con un recurso de lo más sencillo y eficaz: cargando las tintas y rayando obsesivamente para conferir un aspecto ominoso. El truco no es evidente a primera vista, aunque sí que prepara inconscientemente al lector brindando la atmósfera adecuada. La sobriedad general de la composición, incluso buscando una cierta monotonía, favorece también determinados efectos puntuales, un poco grand guiñolescos pero turbadores.

Como en un remolino, el drama va confluyendo poco a poco hacia un desenlace lovecraftiano. Sin embargo, al igual que en la mayoría de historias de horror, el autor marra al intentar dar una explicación que no desmerezca de las barbaridades que nos ha ido mostrando. El miedo más universal es el temor a lo desconocido. Lo conocido, por abominable que sea, se vuelve más llevadero. Y, siendo sinceros, ya no queda subterfugio, McGuffin o pretexto que no hayamos visto o leído cien veces antes.

Planeta DeAgostini, en su sello Biblioteca Pachinko, publicó Uzumaki en seis volúmenes en 2004, prescindiendo de las páginas a color y con algún molesto pixelado ocasional. El manga salió a la venta en 1998 en su país de origen y su éxito propició incluso una adaptación en imagen real, que no llegó por estos lares, me parece.

No sé si les asustará Uzumaki, pero les aseguro que alguna de sus imágenes no las olvidarán en mucho tiempo.
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