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Viaje al pais mas feliz de la Tierra.

Advertencia: por si leen la nota fue redactada por alguien autista, no me hago cargo de sus efectos secundarios.


Estamos a punto de cruzar la bicisenda más perfecta de la historia. Parece una autopista en miniatura, pero de color ladrillo, dividida por una traza de puntos blancos. Como se trata de un puente, hay barandas a cada lado. Calculo que entran 4 ciclistas con sus vehículos por el ancho. Es una tarde liviana, de sol y 25 grados. El camino se ve ideal y provoca un entusiasmo nostálgico, como abandonado en la niñez. Comienzo a ganar altura y serpenteo por encima de un canal. Puedo vislumbrar que habrá que cruzar un río por el que pasan barcos de factoría. Pero antes debo seguir tomando curvas y contracurvas, bordear un edificio espejado y finalmente dejarme llevar por el suave declive que se avecina: voy en bicicleta pero siento que floto sin necesidad de esforzar mi cuerpo pesado. En el descenso hacia la otra costa, puedo ver las caras de los nórdicos que traccionan, en sentido contrario, sus propios bienestares interiores.
Hay cosas que suceden tan por encima de la conciencia que cuando uno advierte que le están pasando es demasiado tarde: no hay tiempo para racionalizarlas y sólo queda permitir que el imprevisto nos impacte; que la novedad talle sobre nosotros el significado de una experiencia. Perderse será siempre el mejor sistema de exploración del mundo. Si hubiera tenido un plan, esta bicisenda danesa jamás hubiera aparecido.
Sin embargo, ese episodio pasará tres días más tarde, cuando alcancemos el clímax emocional que atesoran todos los viajes, el momento irrepetible que nos hace volver a casa siendo diferentes al que partió. Ahora, en cambio, lo primero que pasa es todo lo contrario. Busco señales y no las encuentro. Un cartel dice "Bienvenidos al país más feliz de la tierra", pero se trata del eslogan de una marca de cerveza y lanzada así, sobre fondo flúo, la frase no produce nada. Hay rubias que podrían ser de cualquier parte y hombres altos vestidos como uno, con los mismos libros de sagas masivas bajo el brazo; con equipajes iguales a los de uno, con teléfonos fabricados en serie y en China, con el mismo cansancio y las mismas ganas de llegar a algún lugar. Nada. Los comercios venden los mismos perfumes que cualquier aeropuerto y todo es tan estándar que siento una cierta decepción. Seguirá pasando después, a bordo del tren que lleva a la Estación Central, y quizás más tarde, a pesar de los puestos de salchicha típica. Europa boreal no se revela de inmediato, quizás porque parece una maqueta tanta veces vista en revistas de tendencias que dicen cómo vivir: pulcra y atenuada, ecológica pero distante, carente de expresividad toda. No recibe de brazos abiertos, sino que fluye, indiferente, y ni siquiera los policías, aún en tiempos de sombra terrorista, parecen atentos a algo: conservan una calma tan polar que da bronca. Nada. La primera capa de Escandinavia. Uno baja a la calle y camina por ahí y el mundo es una sucesión de bicis a velocidad crucero, peatones como modelos de H&M, autos insonoros, árabes y su falafel, skaters que van a trabajar, un viejo que camina mirando el piso, gafas de marco redondo, remera Harley Davidson. Leímos que Copenhague era la capital del país perfecto e imaginábamos vanguardia desde cero. Pero aprenderemos que esa plenitud cívica, económica, estructural y social es una amalgama de escenarios y situaciones que tienen que ver justamente con esto: la nada, una continuidad, cierta previsibilidad que hace que el tiempo, simplemente, transcurra.


La belleza va detrás de la belleza. Mucho antes de volverse una higienista extrema –es decir, cuando todavía era bella y no hablaba sobre cómo limpiar su vagina– Gwyneth Paltrow dijo que Copenhague en agosto le parecía la ciudad más hermosa del mundo. Tuvimos la misma suerte. Llegamos el mismo mes y el frío parece replegado.
Pasa en estas latitudes: ocho meses al año, el frío se adueña de las cosas, impone un ritmo, una manera de vivir, quita a la gente de las calles, tapa los desagües, obliga a buscar refugio, modifica los tiempos de la industria, impide la llegada de turistas, determina que solo serán unas pocas horas al día de luz. De sus viajes por USA, Sarmiento regresó con la certeza de que el frío es un elemento de instrucción. "El frío educa", solía decir recordando los otoños de Boston, y pretendía remarcar que, a diferencia de ellos, nosotros no. Ruptura insalvable entre lo latino y lo eslavo o lo sajón: el frío que edifica austeridad, cultura y un sentido de cooperatividad que quizás nunca puedan ser imitados. Entonces, ese frío ahora no está.
El verano es todo lo contrario. La expansión extrema. La conquista de las calles. La revolución de la clase media. El sueño consumado de un espacio público no amenazante. Las estadísticas leídas funcionando sobre el terreno. Ahora que comprendo, me sorprenden hasta los niños que caminan con sus maestras, vestidos de flúo para que los automovilistas los puedan ver; esos jóvenes que conversan en el pasto; las madres que beben café latte, mientras juegan con sus hijos en cafeterías color pastel (los diarios le dedican notas extensas al fenómeno de las "Cafe latte mums" y su tiempo libre).
Es periodista en un diario financiero. Dice que trabaja 4 días, descansa 3 y luego ve qué hace con sus 9 semanas de vacaciones anuales. Por pura curiosidad, consiguió una beca estatal y viajó a Dakota del Norte para fotografiar la locura del fracking en Norteamérica. Lo dice tan como se dice "salí a ver si llueve". Lo dice mientras comparte con nosotros una de sus tardes eternas. Cocinamos un asado (basta de pretender que el asado es un símbolo patrio) en una parrilla pública del parque de un barrio árabe. Cerca de mercados donde todo es orgánico porque lo orgánico es lo común y de oficinistas que cuando terminan el día, vestidos de NBA, se trituran al básquet callejero. Podría seguir, pero nos invitan a caminar por Vesterbro, una especie de Palermo cuando valía la pena.
Y al final, dándole vueltas al caso, mientras miramos la noche de Copenhague desde una terraza, llegamos a la conclusión de que no es sólo la economía. Detrás de toda esta normalidad, hay un sistema equilibrado entre colectivismo y libertad individual. Consiste en que el Estado cobra impuestos altos y así garantiza acceso a salud y educación de alta calidad. También al crédito para vivienda para sectores de bajos ingresos. Se complementa con inversión en investigación, reparto equitativo del mercado laboral entre hombres y mujeres y ayuda social.


Cada trimestre las familias reciben bonos para colaborar con la crianza de los niños, beneficios entregados a todos por igual. A cambio, esos ciudadanos velan con su esfuerzo por ese Estado que apoya su estilo de vida y que cuando lo necesiten responderá por ellos. Una relación solidaria que viene de tiempos vikingos y donde la corrupción casi no existe.
En medio de ese engranaje adquiere forma el valor menos publicitado: el sentido de previsibilidad. Es probable que una vida nórdica simplemente suceda de acuerdo con las pretensiones de su protagonista,más allá de cualquier crisis de coyuntura como la amenaza latente del terrorismo (que golpeó recientemente a esta ciudad). No se trata de un camino a la riqueza material, sino de la posibilidad permanente de proponerse objetivos y lograrlos. El modelo fue bautizado como Estado de Bienestar Escandinavo y se trata, además, de poder vivir del arte, la docencia, la enfermería, las finanzas, el diseño, el deporte, la astronomía o de un empleo básico en una tienda de Fast Food. Aún en su fase de capitalismo y consumo, consiste también en la durabilidad de los hábitos, en que el futuro se ve (y será como se ve) y en que esta bicicleta haya sido abandonada hace varios meses en una vereda y por consejo de un anfitrión ahora la tomemos como si fuera nuestra para salir a dar vueltas por la ciudad hasta dar con un puente y con la bicisenda perfecta.
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