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Viva la diferencia, pequeña guía para el intolerante

Muchos sufrimos el horroroso defecto se ser intolerantes e inflexibles, pero como todo defecto, se puede solucionar, o al menos disminuir en gran medida. No está mal padecerlo, sino no tratar de pulirlo. No es tarea fácil, cuesta horrores, pero hay maneras de guardarlo, exteriorizarlo o canalizarlo y no padecerlo.



Las razones principales por las que debemos enfrentarnos con este defecto son dos, primero que alguien intolerante lastima a los demás y se lastima a sí mismo en forma permanente, porque se estresa en el proceso de demostrar su verdad, se pone nervioso y sufre un desgaste psicológico importante, más cuando tiene a muchos en contra. Segundo, toda capacidad de admiración, respeto o ganas de escuchar, se pierden cuando proviene de alguien intolerante o autoritario, todo consejo que tenga para dar no va a ser escuchado con paciencia y razón, porque esa misma persona no lo imparte. Entonces pasa a ser un tipo ridículo y absurdo.



Y uno de los grandes motivos por los cuales debemos cambiar este profundo defecto es el hecho de que no hay nada más constructivo y cultivador que las diferencias. ¿Qué sería de nuestros diálogos, de nuestras charlas de café, de nuestras juntadas, de nuestras vivencias si todos pensásemos lo mismo? Sería un embole, una continua afirmación y aceptación de ideas e ideales, una resignación a la vida y al placer de la conversación.



Entonces, el primer paso es entender que nuestro punto de vista no es “el punto de vista”, no somos dueños de ninguna verdad absoluta, porque por el simple hecho de ser hombres y usar la razón, todos podemos pensar diferente. Esto nos lleva a comprender que otro puede pensar distinto y tener seguridad en su opinión. No tenemos el derecho de cambiar al otro así porque sí.

El segundo paso es intentar cultivar nuestras opiniones y fundarlas con el mejor contenido y fuentes posibles. No hay nada mejor que una idea fundada, posible de demostrar, más allá de lo que nuestro corazón o razón propia dicten.



Luego hay que aprender a escuchar, pero escuchar de verdad. Escuchar no es estar esperando el momento que el otro se calle para vomitar nuestras ideas sin siquiera haberle prestado atención a lo que el otro decía. Pasa de ser una conversación entre intolerantes a una conversación de tontos. Hay que escuchar e intentar ser empáticos, poniéndonos en el lugar del otro. ¿Por qué piensa como piensa? ¿Qué motivos tendrá para pensar distinto a mí?

Una vez dados estos pasos, tenemos que impartir tolerancia, siempre dando el primer paso, el puntapié inicial y profesarla nosotros mismos. Una vez que demostremos apertura mental, podremos exigirla y pedir lo mismo, explicando claramente los motivos del primer paso, los cuales son indiscutibles para toda la humanidad.



Y por último, entender que nos se trata solo de saber escuchar, sino saber interpretar y tener la capacidad de cambiar, aceptar o reconocer las ideas de los demás. Esto se logra con una importante apertura mental, si nos empecinamos y nos cerramos probablemente seamos altamente intolerantes y agresivos, en cambio si nos abrimos y defendemos nuestras ideas con justicia y razón, no hay porque enojarse.




En cada una de estas etapas, en fundamental traducir la tolerancia en nuestro cuerpo, mirada y cara, porque debemos actuar con paciencia y serenidad, pero también debe ser visible, palpable.

Pero tampoco nos tenemos que resignar y quedar con el mediocre y apestoso “bueno, pienso distinto ¿y que?”, porque esto es de mediocre asqueroso y vulgar (¿vieron? ahí se me escapa un cachito del intolerante). Debemos intentar siempre llegar a un acuerdo entre partes, a una negociación provechosa para ambos, a buen puerto, porque sino todo queda en la nada, gastamos palabras educadas y nada más, cosa que tampoco sirve. La discusión, bien planteada, construye y enseña, si no tiene un fin, no sirve de nada, hemos perdido valioso tiempo.

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