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2 muertes extrañas en 1987 "Sin resolver"primas en la bañera

Dos primas desnudas en una bañera. Muertas. Los cadáveres presentan descomposiciòn propia de un mes. Pero sólo llevaban allí menos de 48 horas. Muchas investigaciones, ninguna conclusiòn. Sólo una posibilidad: ¿explicación paranormal?

Dedicado a Enrique Sdrech, sobre cuya investigación se reconstruyó este caso, buen periodista, mejor amigo, In Memoriam.


ATENCION:
Este post es para tamarse unos minutos y leer, contiene algunas fotos y bastante texto. Si no te gusta leer o si sos de comentar cualquier post sin leer mejor buscate algo mas interesante acorde con tu capacidad literaria.


El hecho:
El hecho, por sus especiales características, golpeó muy fuerte a los vecinos de aquella vivienda de la localidad de Florida, en el partido de Vicente López, al norte del Gran Buenos Aires. Dos primas, muertas en una bañera, con un grado insólito de descomposición luego de apenas dos dias de no haber sido vistas. Sí, sólo dos días. Se sabe que la mayor estaba preocupada por su prima, menor de edad, tenía fiebre. Se sabe que llamó a un médico, que el doctor fue hasta la vivienda, en calle Melo, que recetó un potente analgésico, y nada más. Dos días más tarde, tras una denuncia de los vecinos de la cuadra que sentían un olor nauseabundo, los cuerpos de las dos chicas aparecieron en la bañera de la casa que alquilaban. Nunca pudo saberse porqué los cadáveres presentaban un grado extremo de descomposición, inusual para tan poco tiempo transcurrido

foto de las victimas





Informe policial
“Los peritos han terminado su trabajo y tenemos la certeza de que no fue un accidente, que no aspiraron monóxido de carbono y que no actuó ningún veneno conocido”, declaró a dos meses de la aparición de los cuerpos el juez Raúl Casas. Frente a los periodistas, el subcomisario Raúl Torres –encargado de la búsqueda de pistas- aún no se animaba a descartar ninguna hipótesis. ¿Doble homicidio?. ¿Pacto suicida?. ¿Accidente?. Todo podía ser, pero no se podía probar ninguna de las corazonadas policiales. “Con la sangre de los corazones de las chicas podríamos haber llevado a cabo una pericia fundamental para saberlo”, afirmaba Torres. Pero no fue posible llevarla a cabo; alguien había entrado en la morgue y había robado los órganos. Desde entonces, el misterioso “caso de las primas muertas en la bañera” permanece irresuelto. Y su asesino –si es que realmente fueron asesinadas- sigue estando prófugo.
Tenebroso. Inexplicable.



La cronica detallada
(El que no aprendió a leer en la escuela, ni siquiera "Relato de un naufrago", que pase de largo esta parte)

No quizás por esas dos muertes descubiertas aquella mañana del 18 de abril de 1988, sino por los matices que aparecían rodeando esas muertes. Tanto es así que hasta hoy, a pesar de los años transcurridos, evocar aquél suceso no es otra cosa que una invitación al escalofrío, al miedo y al horror, con el agravante de saber que el autor –si es que hay uno en este mundo, en este plano de la realidad- de aquél macabro suceso también sigue libre.
En aquella casa vivía Nilda Santamarina. La había alquilado a principios de abril de 1987, es decir, un año antes. Vivía sola y llevaba una vida ejemplar. De veinticinco años y muy buena presencia, trabajaba como secretaria en un estudio jurídico, donde gozaba de las mejores referencias.
Dos días antes del siniestro suceso, había recibido la visita de su prima, Leonor Mancusso, de dieciséis años, algo que ocurría habitualmente, sobre todo los fines de semana. La adolescente, una verdadera artesana en la confección de souvenires, se quedaba a dormir en lo de su prima aprovechando sábados y domingos para, entre las dos, preparar una buena producción que Leonor, a primera hora del lunes, colocaba en locales comerciales del barrio del Once cuyos propietarios, como suele ser habitual, atribuían a exóticos y lejanos países la procedencia de tales artesanías.
Lo que no podían imaginar ambas mujeres es que para ellas ya no habría más lunes de entregas y, menos aún, la sórdida muerte que les estaba aguardando.
La mañana del lunes, una vecina, Antonia Nicora, propietaria además de la casa que alquilaban las primas, recibió el llamado preocupado de varios vecinos que le avisaban que la policía estaba frente a la vivienda en cuestión, dispuestos a, con la presencia de personal judicial, echar la puerta abajo. No era para menos: un olor nauseabundo provenía del interior y los vecinos, inquietos al ver que nadie en la casa respondía a sus reclamos, habían dado parte a la comisaría más cercana. Preocupada que algo les hubiera ocurrido a las chicas, doña Antonia partió rápidamente con un duplicado de la llave de acceso que entregó al comisario que, personalmente, estaba al frente de la indagación. [...]
Una primera mirada sirvió para comprobar que no existían señales visibles de desorden ni violencia; sin embargo, adentro, el mal olor que se percibía en toda la zona se hacía intolerable. Pero, ¿cuál era la causa?. Todas las miradas se dirigieron al baño, cuya puerta estaba totalmente abierta. Al acceder al mismo, el espectáculo jamás se borraría de sus recuerdos mientras viviesen.
Desprovistos de ropa, sentados en la bañera que aún conservaba agua, estaban los cuerpos de las que alguna vez habían sido dos agradables mujeres. Eran realmente dos monstruos. Una putrefacción espantosa se había cebado en las dos primas.
El más rudimentario manual de Medicina Legal le dedica páginas enteras a lo que se conoce como Química de la Putrefacción, que invariablemente se inicia en el recto anal por estar repleto de abundante flora microbiana. Los gases, que en todo cadáver se desarrollan también en el tejido subcutáneo, hinchan enormemente los labios, párpados, cuello; aumentan en ocasiones hasta tres veces el volumen del cuerpo y levantan la epidermis formando grandes ampollas que se desprenden y forman impresionantes colgajos.
Todos estos síntomas y muchos otros más estaban allí, en ese modesto baño de esa no menos modesta vivienda de Vicente López. El olor y el espectáculo obligaron al forzoso recambio de policías, bomberos y empleados judiciales, incluyendo al juez de turno de San Isidro, doctor Raúl Casas, presente en el lugar desde minutos de iniciado el allanamiento.
Los bomberos, que en ningún momento se despojaron de sus mascarillas, retiraron finalmente los cadáveres, no sin grandes precauciones y mediante la utilización de unas lonas especiales ya que aquellos cuerpos se deshacían al menor intento de levantarlos.
Fueron llevados a la morgue judicial para intentar vanamente, luego de una semana de permanecer en refrigeración extrema, procurar determinar la causal de las muertes. Antes que nada, cabe recordar que el juez se fijó como meta principal establecer algo que en Medicina Legal se conoce como “cronotanatología”, es decir, cuánto tiempo llevaban de muertas las víctimas.






Analisis y repercuciones
Este detalle pareció adquirir, al menos en el caso de “las primas muertas en la bañera” –como quedó registrado no sólo por el periodismo sino también en la jerga policíaca- una importancia trascendente, casi superior a la de poder establecer las causas del deceso.
¿Cómo entender esa prioridad?. Muy sencillo. O muy macabro. En un primer momento se coincidió, teniendo en cuenta no sólo la fauna y flora cadavérica, sino también las livideces, fluidificación y espasmo cadavérico, que la muerte de ambas jóvenes databa, por lo menos, de dos meses. ¿Pero cómo era ello posible si apenas dos días antes de la irrupción de la policía muchos vecinos testificaron no sólo haber visto con vida a las chicas sino haber dialogado con ellas?. Más aún; una de las vecinas relató que Nilda le había pedido usar su teléfono manifestando que su prima tenía unas líneas de fiebre y querer solicitar un turno médico en el hospital de Vicente López. Pero las interconsultas de prestigiosos académicos no dejaban duda alguna que el óbito se había producido en forma casi simultánea en las dos, por lo menos dos meses antes, teniendo en cuenta los fenómenos llamados “conservadores”, aireación y las inusualmente altas temperaturas de esos últimos días para esa época del año (31º de máxima el 17 de abril).
¿Cómo explicar semejante contradicción?. ¿Cómo explicar que el día 16 de abril ambas estaban bien de salud y el día 18, ante sus cadáveres increíblemente descompuestos, la ciencia médica afirmara que el tiempo de muerte databa, por lo menos, de dos meses?.
El juez Raúl Casas no perdió tiempo. Envió un exhorto al hospital para que informara si en la noche del 16 de abril había enviado, a requisitoria de una de las fallecidas, un médico en ambulancia al escenario de aquél macabro episodio. La respuesta fue afirmativa. Y el médico Agustín Brescia no tuvo inconveniente en declarar, bajo juramento y en sede oficial, que fue enviado a ese domicilio donde la más joven de las mujeres presentaba un cuadro febril sin importancia ante el cual recetó “Multín” –un antifebril-, un comprimido cada ocho horas y que, como para entonces eran las doce y media de la noche, les recomendó esperar hasta la mañana siguiente para ir a una farmacia. Esta declaración anodina, empero, agregaba una cuota más de misterio a la causa.
Cuando aquella mañana del 18 de abril la policía ingresó a la vivienda, encontraron sobre la heladera, en la cocina, un envase de Multín (marca comercial de un antifebril y antipirético). Era evidente que estaba recién comprado. De su contenido faltaban dos comprimidos, lo que indicaría, si se compró luego de las ocho de la mañana, que por lo menos hasta las 16 horas o algo más del domingo 17, todo era normal en la vivienda. ¿Entonces?.



RETIRE LAS FOTOS DE LOS CADÁVERES POR QUE SEGURAMENTE INFRINGEN LAS REGLAS DE T!
Para mar informacion les dejo un link de abajo.




Comenzaron a surgir entonces desesperados –y vanos- intentos explicativos. Un perito en cuestiones de electricidad llegó a opinar, basándose en un cable eléctrico con cierto deterioro que se encontraba en el baño, que se estaba en presencia de la formación de un “arco voltaico espontáneo” que había electrificado el agua de la bañera, donde quizás las dos jóvenes en una actitud cuando menos poco usual, habían elegido bañarse juntas. Ello habría electrificado el agua de la bañera produciendo ambas muertes por electrocución.
La teoría no resistió el menor análisis. A pesar de la avanzada descomposición de ambos cadáveres no se advertían marcas de quemaduras y tampoco hubiera “acelerado” el proceso putrefactorio. Lo que tampoco explicaba la otra teoría elegida desde el primer día, al advertirse una deficiente combustión del calefón de la casa, en el sentido que las muertes se habrían producido por inhalación de monóxido de carbono. De todos modos, y tanto para cumplir con todos los pasos legales, un exhaustivo estudio del lugar así como un minucioso estudio espectrográfico de la sangre, terminaron por desechar la teoría del monóxido de carbono.


Fue en esos momentos en que intervino en la investigación el comisario Raúl Alfil. Pertenecía a la Policía de la Provincia de Buenos Aires y en aquél momento ocupaba la titularidad del SEIT (Servicios Especiales de Investigaciones Técnicas). Experto en Criminalística, Criminología, Balística y lectura de manchas hemáticas, el comisario Alfil se había destacado en la investigación de casos resonantes. Su teoría: el agente había sido el veneno de la mortal serpiente sudafricana mamba negra.
No era éste un dato caprichoso, sino producto de las conclusiones provisorias de dos de los médicos legistas que habían intervenido desde el primer momento en la investigación de las dos muertes. Uno de ellos, el doctor Andrés Barrionuevo, perteneciente al cuerpo de Medicina Legal de la Policía Federal Argentina, en un amplio y detallado informe elevado al juez Casas, puntualizaba las numerosas consultas hechas a la policía de casi todo el mundo y el haber recabado información sobre tres episodios casi idénticos, uno en Montreal, otro en Ottawa y el tercero en Roma, donde los asesinos inyectaron a las víctimas veneno de víbora mamba. En estos casos se habría producido la descomposición cadavérica a una velocidad impresionante, ya que la sustancia ponzoñosa tiene enzimas que actúan fuera de la combinación clásica. Ciertamente, cualquiera que haya tenido la desagradable oportunidad de observar la evolución de la mordedura de una serpiente venenosa habrá constatado que se produce una necropsia de los tejidos que, generalizada, toma el aspecto de una descomposición cadavérica normal.
Una investigación paralela, además, habría demostrado que la mayor de las mujeres mantenía una relación sentimental con un joven técnico del Instituto Malbrán, que cuenta con un serpentario –allí se produce la totalidad de los antídotos para serpientes venenosas que se elabora en el país- y que éste instituto alguna vez había contado en su inventario con víboras mamba. Empero, este joven fue citado en varias ocasiones y no se encontraron evidencias que, siquiera, mantuvieran sobre el un dedo acusador. Ocurre sin embargo que la ansiedad por resolver un caso tan extraño y cierto veleidismo periodístico provocaron durante años que la sombra de la sospecha planeara sobre el mismo, e inclusive hubo una fuerte presión judicial sobre los mecanismos policiales para avanzar las indagaciones en este sentido, pero la no existencia de ninguna semi plena prueba y el irreductible principio de inocencia hasta que se demuestre lo contrario, han exonerado al hombre de toda responsabilidad hasta hoy. La bizarra y nefasta coincidencia que trabajara en un serpentario y que la muerte de las jóvenes pudiera ser atribuible a un veneno tan letal y particular despierta intriga y suspicacia, que duda cabe, pero no basta para condenar a una persona.



El tiempo, a su vez, se encargó de agregar nuevas dosis de truculentos misterios. En el mes de julio el juez Casas, a quien el caso le había quitado el sueño, resolvió volver al escenario del suceso que seguía interdicto aún y sin ser restituido a su legítima propietaria. En su despacho guardaba un juego de llaves de la vivienda y se dirigió al lugar. Al entrar con el personal que le acompañaba, un frío glacial recorrió a los presentes. Pese a todas las tareas de limpieza que personal especializado había llevado a cabo, percibieron el mismo desagradable olor que aquella mañana del allanamiento había herido sus olfatos.
Como en aquél día, los olores parecían provenir del baño y hacia él se encaminaron. Quedaron paralizados. La bañera estaba llena de agua, oscura de fauna cadavérica que se observaba claramente. El juez recordó que una de las tareas de los bomberos había sido drenar la bañera y limpiarla, luego de hechos los peritajes, prolijamente. ¿Entonces qué había ocurrido?. Asqueado e intrigado, el juez regresó al juzgado y ordenó una serie de diligencias tendientes a establecer por qué se había producido el inquietante fenómeno. La opinión de los especialistas no hizo más que incrementar las incógnitas. Dos de ellos sostenían que un “tapón” de grasa –producido por la fuga de lípidos de los cuerpos sin vida en el agua- había obturado la cañería en algún rincón de su recorrido, la fauna cadavérica habría quedado en las cañerías y el goteo incesante del grifo de la bañera hizo el resto. Esta teoría fue derribada por un técnico de las empresa de aguas (en aquél entonces, Obras Sanitarias de la Nación) quien señaló que el goteo era insignificante; en los tres meses transcurridos y aceptando la teoría del “tapón”, la altura del agua en la bañera no habría superado los tres o cuatro centímetros. A lo que nosotros agregamos que parece olvidarse el hecho que (a) la misma tarea de limpieza de los bomberos, drenando abundante agua durante todo el proceso, habrían hecho rebasar el ducto si realmente hubiera un “tapón”, y (b) en esas tareas de limpieza y desinfección se emplean fuertes ácidos y líquidos especiales cuya función, precisamente, es eliminar todo detritus que pudiera quedar acumulado.
Simultáneamente, renació entre los investigadores la oposición a aceptar la teoría del veneno de víbora, basándose en que era prácticamente imposible demostrarlo, ya que la variada gama de productos químicos impide la investigación de posibles ponzoñas, como en el caso que nos ocupa, no así de venenos metálicos y metaloides. La investigación volvió a estancarse, hasta que el comisario Alfil convenció al juez de la causa que asumiera una decisión vital: a los fines de una comprobación toxicológica más precisa, Casas autorizó a retirar de la morgue de la ciudad de La Plata, donde habían sido trasladas las vísceras, los corazones de las víctimas. Si bien no se había tenido la precaución de congelarlos, se encontraban en frascos con formol, siendo la idea llevar a cabo un último y definitivo análisis de sangre.
No resultaría exagerado afirmar que el país todo detuvo su pulso esperando esa prueba. Una prueba que, desgraciadamente, no se pudo realizar, simplemente porque los corazones de Nilda y de Leonor habían desaparecido. ¿Robo?. ¿Desidia?. Nunca se sabrá. Sólo, que un nuevo misterio se agregó a una lista ya de por sí impresionante…

Podemos experimentar una espontánea necesidad de explicar este caso de manera circunstancialmente esperable. Sí, el asesino “fue” el novio y se trataría solamente de ineptitud de los investigadores el no haber podido hallar pistas suficientes que encaminaran a imputarle el doblo homicidio. Pero también podemos razonar a la inversa y sostener que tal “evidencia circunstancial” es violatoria del principio éticamente fundamental de la jurisprudencia en el sentido que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario, inocente incluso de la mojigatería social, la suspicacia y la calumnia, o por lo menos, debería serlo. Las mambas ya no existían en el serpenterario y si bien había dosis cuidadosamente especificadas de veneno extraído de las mismas y congelado para su estudio, el mismo estaba intacto. Los policías buscaban afanosamente sumergir al joven sospechado en contradicciones y se presume que habría sido incluso víctima de interrogatorios donde se habrían violado códigos psicológicos para obligarle a confesar, cosa que no hizo. Además, ninguna de esta hipótesis explica la reaparición de la bañera con fauna cadavérica tanto tiempo después de haber sido limpiada. La desaparición de los corazones alimenta naturalmente la especulación que un joven técnico bioquímico bien puede tener algún conocido en el plantel médico profesional de la morgue de La Plata, o sobornado a alguien, para que desaparecieran los corazones, pero también es cierto que no es la primera vez que evidencia forense desaparece simplemente por descuido. O, poniéndolo de otra forma, es posible que los corazones sí hayan sido robados, pero no porque su análisis condujera a la ex pareja de la joven muerta sino quizás a descubrir otro culpable. Pero, ¿cuál?.



Todo lo anterior expuesto fue recopilado de medios periodisticos de la época y analizado en profundidad por el investigador Gustavo Fernandez y publicado en su blog https://alfilodelarealidad.wordpress.com el 13-10-2011

Link del articulo https://alfilodelarealidad.wordpress.com/2011/10/13/muerte-desde-el-mas-alla/


Espero les guste el resumen del caso y no olviden de pasar por mis otros post
http://www.taringa.net/GRANWAKKO/posts



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