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5 razones bíblicas por las que el infierno no existe
























La creencia en la existencia de un infierno es un tema de dominio popular y forma parte esencial de una cultura con raíces cristianas. Sin embargo, algunos han llegado a afirmar que la evidencia dentro del cristianismo sobre la existencia de tal lugar es prácticamente inexistente. Échale un vistazo a los siguientes argumentos y, si puedes, comparte tu conclusión en los comentarios.











La Biblia no se refiere directamente al infierno.

Según se indica en Romanos 6:7 “porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado”. Si los pecadores han sido perdonados una vez que llegan a su muerte, ¿qué se castigaría en un lugar como el infierno?



La Crucifixión y el Juicio Final por Jan van Eyck


En Romanos 6:23 la idea se mantiene con “Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Nótese que no hay referencia alguna a pecadores siendo condenados a una tortura eterna; sino que simplemente se les niega la recompensa por una vida de malas acciones.

En 2 Tesalonicenses 1:9 se menciona “los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder”. Es decir, el castigo para aquellos que fueron juzgados como impuros no es la tortura en lagos de fuego, sino la perdición.

Juan 3:36 nos muestra algo similar. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”.

Por su parte, en Judas 1:7 sí hay una mención al “fuego eterno”, pero en el contexto particular de Sodoma y Gomorra, que fueron destruidas, literalmente, por el fuego y la ira de Dios.

Sin embargo, en El libro de las Revelaciones y en dos de las parábolas de Cristo sí hay una semejanza, aunque bastante remota, del “infierno” que forma parte de nuestra cultura popular. Pero si un lugar de castigo eterno, como el famoso infierno, realmente fue concebido por la doctrina cristiana, ¿acaso no resulta extraño que las Sagradas Escrituras no le presten la atención que se merece?


Un castigo eterno no tiene sentido bíblico.

Desde la perspectiva del cristianismo, la idea de un infierno no solamente es cruel, sino totalmente fuera de lugar. ¿Acaso el Dios descrito en la Biblia como un ser justo y correcto aprobaría algo como el sufrimiento eterno?



Triumph of Christianity de Gustave Doré

En 1 Juan 4:8 hay una sentencia reveladora “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. ¿Acaso un Dios que es la definición de amor torturaría eternamente a uno de sus hijos como castigo, incluso si hizo algo malo?

En Deuteronomio 19-21 se señala: “No le tengas consideración a nadie. Cobra vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, y pie por pie”. Esta ley del Talión no parece estar en sintonía con la idea de una angustia prácticamente infinita como consecuencia por aplicarla.

Es más, el infierno parece incluso más inverosímil si consideramos lo dicho por Dios en Jeremías 7:31: “Y han edificado los lugares altos de Tofet, que está en el valle de Ben-hinom, para quemar a sus hijos y a sus hijas en el fuego, lo cual yo no mandé, ni me pasó por la mente”. Si la idea de seres humanos siendo incinerados es algo tan desagradable para Dios y nunca estuvo ni siquiera en sus pensamientos, ¿qué tendría entonces que decir del infierno?





Jesús no inventó las parábolas sobre el infierno


La idea de un infierno repleto de fuego es prácticamente ajena a la Biblia, con excepción de algunas menciones entre las que se incluye la parábola del rico y Lázaro, según puede confirmarse en Lucas 16:19-31.



Dante y Virgilio en el infierno – William Bouguereau


En esta parábola, un hombre rico ignora por completo la vida de un mendigo, de nombre Lázaro. Pero este par pasa por un intercambio en los papeles después de morir, mientras Lázaro es conducido por los ángeles a una existencia llena de felicidad en el seno de Abraham, el hombre rico es atormentado en el fuego. El rico le implora a Lázaro que se apiade de él y que le lleve un poco de agua, pero Abraham dice que el hombre rico vivió una buena vida y jamás cargó con las penas de Lázaro. De hecho, Abraham también rechaza resucitar a Lázaro para que advierta a la familia del hombre rico de que cambie su forma de vida, argumentando que es su decisión si siguen a los profetas o no, y que ser testigos de un milagro no los transformará de la noche a la mañana en buenas personas.

Probablemente este es el concepto más próximo que exista en la biblia sobre el infierno moderno. Sin embargo, es importante señalar que la Biblia no representa esta parábola como una advertencia directa sobre el castigo después de la muerte. Las parábolas de Cristo claramente son historias ficticias destinadas a comunicar un mensaje y un aprendizaje.

Al cuento del rico y Lázaro le precede la parábola del mayordomo infiel, donde un siervo defrauda a su maestro y se le recompensa por la acción. Si se desestima el significado más profundo de las parábolas, se termina concluyendo que Jesús pensaba que robar al jefe era algo bueno.

Pero, en realidad, dichas parábolas ni siquiera fueron obra de Jesús. Desde hace mucho, los estudiosos han identificado el esbozo general de la historia de Lázaro como un cuento popular egipcio popular entre instructores religiosos judíos, como los fariseos, al grado de que en los textos judíos se pueden encontrar al menos siete versiones de la historia.

En el relato de Lucas, Jesús cuenta la parábola del hombre rico cuando los fariseos se burlan de su parábola original del mayordomo infiel, usando una de las historias favoritas de estos hombres para poner en evidencia su hipocresía.





Algunos aspectos del infierno no parecen propios del mundo cristiano.


Varios aspectos sobre la visión del infierno parecen haber sido tomados de otras culturas. Por ejemplo, la antigua religión egipcia contaba con una cueva en la que existía un “lago de fuego” donde las almas de los impuros eran castigadas por sus transgresiones. Los primeros habitantes de Mesopotamia también creían que había un mundo subterráneo, pero no lo concebían precisamente como un lugar de castigo eterno.




El Paraíso Terrenal con la Caída de Adán y Eva – Rubens

Una comparación muy interesante puede hacerse entre la idea popular del infierno y algunos conceptos del Zoroastrismo, una religió sumamente antigua que surgió en la actual región de Irak. En las primeras escrituras zoroastristas, los espíritus de los pecadores son juzgados tras la muerte y condenados a una castigo eterno en el inframundo, lo que en El libro de Arda Viraf se describe como un pozo lleno de fuego, humo y demonios. Las almas son torturadas según la gravedad de sus pecados en vida, y la tortura es presidida por Angra Mainyu, el espíritu del mal de esta religión. Sin duda, esto se asemeja bastante al infierno de nuestra cultura pop.

Estos detalles no cuentan con bases bíblicas. El infierno zoroastrista se compone de demonios y está gobernado por una figura malvada, mientras que el Diablo cristiano y sus seguidores no tienen ninguna papel en la vida después de la muerte y claramente son el único grupo destinado a implementar el castigo en el “infierno”.

Incluso las tenues referencias al infierno en el Nuevo Testamento parecen mejores en comparación a las del Antiguo Testamento, que no mostraban ningún concepto relacionado con algún lugar de castigo eterno.

Escrituras como en Job 3:11-17 sugieren que la muerte no pasa de un simple cese: “¿Por qué no morí yo al nacer, o expiré al salir del vientre? (…) Porque ahora yo yacería tranquilo; dormiría, y entonces tendría descanso (…) O como aborto desechado, yo no existiría, como los niños que nunca vieron la luz (…) Allí los impíos cesan de airarse, y allí reposan los cansados…”

Eclesiastés 3:19 parece mucho más escéptico sobre la vida después de la muerte: “Porque la suerte de los hijos de los hombres y la suerte de los animales es la misma: como muere el uno así muere el otro. Todos tienen un mismo aliento de vida; el hombre no tiene ventaja sobre los animales, porque todo es vanidad”.

Incluso al comienzo de la Biblia, en Génesis, el castigo de Adán y Eva por no escuchar las instrucciones de Dios y comer del fruto prohibido no es una amenaza de fuego eterno en el infierno, sino la muerte: “Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”.


El infierno es una táctica de intimidación.

Como se ha visto hasta ahora, un estudio detallado de la Biblia sugiere que la idea de un infierno como castigo eterno no es verdad, y no tiene una base en la religión cristiana. Entonces, ¿por qué tanta gente, incluso dentro de la misma Iglesia Católica, insiste con esto hasta nuestros días?



Es imposible negar que la idea de un infierno ha sido empleada como táctica de intimidación para mantener a las personas a raya o para alcanzar un objetivo anhelado desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, si las personas no tuvieran en cuenta el infierno, ¿por qué habrían de ganarse un lugar en el cielo?

Figuras como la reina María I de Inglaterra recurrieron a esta doctrina como un pretexto para cometer atrocidades. Antes de sentenciar a un grupo de protestantes a morir en la hoguera, la mujer declaró que el castigo era el adecuado para sus cuerpos en la Tierra, dado que sus almas se quemarían para siempre en el infierno.

Incluso en tiempos modernos, la amenaza de “creer o condenarse al infierno” es común, y está llena de detalles mórbidos como los gritos de los condenados y el olor a carne chamuscada. Como tantas otras tácticas de chantaje, la idea de “arder en el fuego eterno” puede resultar una advertencia poderosa para los creyentes.

Para finalizar el argumento en contra del infierno, retomemos la parábola del rico y Lázaro, frecuentemente citada como una “prueba bíblica” de la existencia del infierno. Muchos pueden argumentar que, de hecho, contiene un mensaje opuesto. Al final de la parábola, Abraham no está de acuerdo con enviar a Lázaro a la Tierra para advertir a los pecadores del terrible destino que les espera después de la muerte si continúan con su forma de vida, y esto precisamente por qué él cree que la justicia solo puede venir de la creencia, en lugar del temor a una castigo sobrenatural.



















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