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A quien corresponda




A quien corresponda.

Ahí estaba de nuevo ese ruido. Eran las 3 de la mañana y parecía que en la habitación de junto una cadena se arrastraba de un lado a otro. Lila abrió los ojos de golpe y miró que la puerta siguiera atrancada. El ruido cesó. Las noches anteriores habían estado llenas de acontecimientos similares, pero aunque no fuera así, tampoco habría podido haber dormido mejor. La muerte de su marido no la habría dejado. Después de un rato con la mirada perdida en el techo se quedó dormida.
A la mañana siguiente, cualquiera habría pensado que se había pasado toda la noche llorando y en velo. Los ojos los tenía muy hinchados y las bolsas bajo ellos le sumaban a sus 28 primaveras, por lo menos 10 más. Ella no lo sabía, pero mientras dormía sollozaba y la almohada no se había llenado de saliva, sino de lágrimas. Se sentó en la cama con su holgada pijama que se componía de un viejo pants verde, que pertenecía a su abuelo, y una arrugada blusa gris con el logo de VANS en ella. Miraba el pequeño rayo de luz que se filtraba de entre las cortinas y que dejaba ver las diminutas partículas de polvo en una danza sin orden ni propósito. Bastaron 15 minutos en la misma posición para llegar a la resolución de que el mundo continuaba girando y que tenía que hacer algo. Después de eso le vino a la mente el viejo proverbio chino “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu casa” Se hizo una cola de caballo, cogió sus tenis DC y se propuso terminar con los deberes del hogar.
Comenzó por la pared ensangrentada que daba a las habitaciones y después de oscurecer con sudor la parte baja de su playera, no dejó rastro alguno de dicha mancha. Logró sacudir los tristes y mudos muebles, e incluso, cuando pasaba el trapo por las fotografías de su boda, no se había detenido a sostenerlas y mirarlas por horas. Había barrido y trapeado con éxito, y ahora se disponía a lavar los trastes, pero tomó el tarro de Fer y se dio cuenta de que la última noche que se vieron no pudo terminar su cerveza.
La noche que conoció a Fer, se encontraban en un bar de la calle de Regina, en el centro histórico. Fer había quedado de verse con un posible cliente para la inmobiliaria: no era
gran cosa, pero si las negociaciones salían bien, podría ahorrar hasta 40 mil pesos por año en canceles de aluminio. Se encontraba sentado mirando a la puerta esperando a que apareciera el susodicho y fue cuando la vio entrar a ella. Supo en el acto que ella era mucho más importante que los 40 mil y la siguió con la mirada hasta que se sentó en la barra. Miraba su celular contantemente y lo hizo pensar que espera a alguien. Pidió una cerveza y antes de que el bar-tender pudiera ponerla sobre la barra, él ya la había cogido y con toda la seguridad y naturalidad del mundo, se la hizo llegar. Sus dedos se tocaron en un momento mágico para ambos. A los pocos minutos Fer miró sobre el hombro de Lila y vio entrar al sujeto que le podría ahorrar 40 mil anuales a la empresa, pero decidió que era más importante comenzar un aspecto de su vida que llevaba tiempo en el olvido. Fer y Lila estaban destinados desde el día en que Dios los creó. La noche en la que vio por última vez a Fer, habían estado sobre el sofá. No encendieron el televisor ni la radio, sino que pusieron en el estéreo un disco de Damien Rice. Se dieron un beso largo y lento. Embriagador. Y cuando se separaron un poco para mirarse y decirse cuánto se amaban, una serie de golpes violentos se escucharon en le puerta. Se miraron a los ojos y luego Fer se levantó indicándole con una mano que esperara en el sofá.
Un golpe seco sobre una de las puertas de las habitaciones la trajo de regreso a la realidad. Miró las cerraduras de la puerta de la entrada, pero todas seguían en modo guardián. El pánico casi se apoderaba de ella, pero se controló. Tiró el contenido del tarro, lo puso en alto con mano amenazante y se encaminó sigilosamente hasta las habitaciones. La de su recamara estaba abierta. Por lo que dedujo que el golpe debía de haber venido de la puerta contigua. Estando ahí parada, con el tarro en una mano, Lila no pudo evitar continuar pensando en su difunto marido.
Aquella noche salieron al cine y se maravillaron al ver que a los dos les gustaban el mismo tipo de películas pachecas. Cuando se terminó la película, Fer aún no estaba dispuesto a que la noche terminara, así que le dijo que tenía ganas de bailar y ya en la pista de baile de un lugar de música salsa, murieron de risa cuando descubrieron que ambos tenían dos pies izquierdos. La noche terminó con los dos sentados en la azotea del imponente edificio donde se encontraba la
inmobiliaria de Fer. Lila no recordaba haber visto un amanecer en compañía de ninguna otra persona. La siguiente semana fueron al estadio a ver un partido de futbol, pero cada quién llevaba la camisa de su equipo. Habían apostado y al final ganó el equipo de ella. Él cumplió y tuvo que disfrazarse de árbol y ayudarla a pintar su casa con el traje puesto. El siguiente fin de semana lo terminaron desnudos. Ella dejó a sus roomies y él dejó el departamento que rentaba. Los dos buscaron un lugar para vivir juntos y encontraron esa hermosa casa con dos habitaciones, cosa que los hizo pensar que tal vez pronto se animarían a dar el siguiente paso. Mientras eso sucedía la habitación sobrante se convirtió en el cuarto de los triques. Con objetos del apartamento de soltero de Fer como guitarras eléctricas y acústicas, cuadros de Darth Vader o figuras de Mario Bros, y también un mar de ropa y zapatos
que Lila recibía con frecuencia de los tíos para los que era como una hija. Ahora todo eso se había convertido.
Ahora se encontraba parada frente a esa puerta. El mausoleo de Fer. Sostenía con mano temblorosa un tarro vacío y no encontraba el valor para atreverse a entrar. Una enorme tabla atravesaba el marco de la puerta y se posaba sobre la chapa dándole la apariencia de una vieja puerta medieval. Se puso de cuclillas y pegó la cabeza al piso para ver si podía ver algo. Divisó la luz que entraba por la ventana e iluminaba perfectamente la blanca habitación. Pasó la vista de un lado a otro y movió la cabeza de sitio un par de veces para ver desde diferentes ángulos. Antes de levantarse resignada, un pesado mueble de madera fue a dar de un extremo al otro, dentro de la habitación. Lila se aventó de espaldas y contuvo un grito. Comenzó a dar vueltas por toda la casa, con el tarro en mano que la hacía ver como una mujer ebria a la cual se le ha pinchado una llanta y que no sabe qué hacer o a quién llamar. Caminó hacia la ventana y se detuvo antes de abrir la cortina. Con el movimiento más sutil de su dedo índice recorrió lo suficiente la cortina como para mirar el exterior con un solo ojo. La regresó a su posición inicial y bajó la cabeza desanimada. Al cabo de unos minutos, ya estaba terminando de lavar los trastes. Cuatro horas más tarde ya no había qué limpiar.
Se tiró al sofá con la mirada perdida y tratando de no pensar en qué seguía.
Soñó con la última noche que pasó junto a Fer. Lila estaba en el sofá y él preguntaba en voz alta -¿Quién es? La inconfundible y nasal voz de Roger, el vecino, fue la que respondió. Fer se asomó por la mirilla de la puerta y vio que venía solo. Lo dejó pasar y tras él cerró la puerta a prisa.
-Vecino –Dijo Roger agitado y dirigiéndose a Fer -. Usted sabe que los disturbios de los últimos días han sido fuertes. Las colonias vecinas están en pánico. Nosotros tenemos suerte ser una unidad que cuenta con muro en rededor y sólo dos accesos. El del Este y del Oeste. Pero hace unas horas nos enteramos de que la unidad de junto ya fue tomada. El Jefe de unidad está convocando a todos los hombres para que acudan a proteger alguna de las entradas. Parece que somos los siguientes.
Fer y Lila se miraron a los ojos y supieron al instante lo que pensaba el otro.
-¿En cuánto tiempo crees que lleguen a las puertas? –Preguntó Fer.
-Tal vez una hora; a lo mucho.
-Entonces ya deberíamos de estar listos y coordinados -Dijo Fer mientras se humedecía los labios.
-Yo también puedo ayudar –Repuso Lila.
-Imposible, amor. Te necesito aquí. Yo puedo proteger una de las puertas de la unidad, pero alguien tiene que proteger la casa. Si todo falla, debemos de tener por lo menos este lugar para refugiarnos.
- Tiene razón su marido, vecina –Dijo Roger con su graciosa voz -. Será mejor que conserve la calma y espere a que los hombres nos hagamos cargo.
Fer la tomo por las manos y la miró a los ojos dibujando una sonrisa que pretendía reconfortarla, pero que sólo la inquietó más.
-Bueno Vecinos –Intervino Roger en un tono que los hizo imaginarlo estrujando un sombrero y moviendo el talón de su pierna derecha de un lado a otro -. Será mejor que los deje
para que lo platiquen, pero vecino, yo estaré en la puerta Este. Con permisito.
Roger salió a prisa y cerró la puerta tras de sí. Fer y Lila se quedaron en silencio.
El sonido de un cristal al reventarse la despertó. No había sido estruendoso como para pertenecer a una de las ventanas de la casa. Sabía que provenía de la habitación de los triques. Escuchó que los muebles se comenzaban a mover de un lado a otro y luego el ruido cesó para darle paso a las tétricas cadenas que arrastraban de un lado a otro. Casi al mismo tiempo, las cuerdas de una guitarra acústica comenzaron a ser rasgadas en una melodía sin sentido.
El pánico en su rostro lo decía todo. Estaba a punto de enloquecer. Se llevó las manos a los oídos, cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula.
-¡Basta! –Gritó furiosa Lila.
Los sonidos cesaron.
Lila no resistía más. Regresó a su habitación y sacó del closet una mochila de buena calidad que había pertenecido a Fer. Mientras la llenaba con las prendas más indispensables, agua embotellada y comida en lata, recordaba a Fer regresando aquella noche, con la cara y la camisa teñidas por la sangre. No se pudo explicar cómo era que el cabello, que siempre llevaba corto y varonil, se encontraba empastado y cubriéndole una oreja; hasta que miró con más atención y se dio cuenta de que el cuero cabelludo se le había desprendido del lado izquierdo y dejaba ver parte de su blanco cráneo. Lila sintió que se desmayaba y comenzó a pedirle perdón una y otra vez, sin saber por qué. Afuera mucha gente gritaba y dado que no venía nadie más con Fer, este se apresuró a decirle a Lila que cerrara la puerta. Lila obedeció y Fer se recargó en una de las paredes para avanzar hacia las habitaciones. Lila corrió para ayudarlo, pero le dijo que no lo tocara y Lila nuevamente obedeció. Entró en la habitación de los triques y se derrumbó junto a la entrada.
-Nena. Alcánzame las pastillas que están en el cajón azul.
Lila abrió el cajón azul y miró con angustia que se encontraba repleto de medicamento.
-¿Cuál de todas?
-Dame todo el cajón.
Lila sacó el cajón y se lo dio. Fer lo tomó con las manos batidas en sangre y dio rápidamente con las que buscaba. Se metió un par a la boca y Lila le dijo que llamaría al doctor García.
-No tiene caso –Se adelantó Fer -. Yo mismo lo he visto morir. El pobre no tuvo oportunidad. Esos malditos mataron a la mayoría. Parecen torpes, pero sólo parecen.
-Amor, No te puedo dejar así –Dijo Lila -. No me puedes dejar sola.
-Basta nena. Todo estará bien. Sólo no salgas. Son una maldita plaga que destruirá lo que les estorbe y luego seguirán con su camino. Cuando hayan pasado podrás ir en busca de ayuda, pero creo que eso tardará un poco.
Fer necesitó un poco de aire antes de continuar. Sabía que en cualquier momento la iba dejar sola.
-Nena. No olvides que te amo y que te estaré cuidando siempre.
Lila se soltó a llorar y lo tomó de la mano. Fer intentó soltarse, pero ya no tenía fuerza. Comenzó a sentirse muy relajado, no cansado, sino relajado. Lila lo besó y a Fer se le vino a la mente una canción de las que ponía su mamá cuando era niño y que según recordaba era de José Alfredo Jiménez.

* Yo me volví a meter, entre tus brazos,
tú me querías decir, no sé qué cosas,
pero calle tu boca, con mis besos
y así pasaron muchas, muchas horas...


Y así, Fer murió pensando en las dos mujeres que más había amado.
Lila había terminado de empacar y la mochila la esperaba sobre el sofá, pero aún no estaba lista para abandonar lo que podría haber sido el hogar de sus hijos. Estaba contemplando el tanque de gas y planeaba comenzar un
incendio cerca de él, pero tenía miedo de que el fuego se corriera a otras casas y que si aún quedaba alguien con vida, lo envira de regreso al cielo o al infierno, según como se hubiera portado en vida. Decidió que lo mejor sería reforzar la seguridad de la habitación de los triques.
Buscó un poco de papel y un bolígrafo. Meditó unos instantes y escribió unas cuantas líneas. Dejó la nota sobre la mesa y se marchó.
En ella se leía:


* A quien corresponda: 
En el refrigerador hay agua embotellada, comida que tal vez no dure mucho y un refrescante seis de cervezas. En la alacena hay sólo nueces, latas de atún y chiles en vinagre. Aún queda un poco de gas en los tanques, pero he cerrado la llave; tanto el boiler como la estufa funcionan bien. En la habitación que no está bloqueada hay ropa para hombre y mujer. Toda está limpia. En la habitación bloqueada sólo hay objetos sin valor, un cajón azul con medicamentos y el cadáver de mi marido, del cual me gustaría decir “que descanse en paz”, pero lo triste es que lo ha adquirido y ahora sólo se la pasa agusanándose y moviendo cosas de un lado a otro. 
Mucha suerte.
Liliana Morales.

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Por KrisDurden
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