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Creepypasta "Piso Tres"



Esa noche de noviembre había estado lloviendo, y esto aumentaba el frio que dé inicio ya era demasiado. Las calles de la ciudad estaban empapadas y una densa neblina recorría los alrededores del Gran Hotel Antiguo.

Esmeralda llevaba solo unas semanas trabajando ahí, así que se esmeraba todo lo posible por dar una buena impresión; caminaba por los pasillos con su carro de recamarista, revisando cada una de las habitaciones desocupadas, y asegurándose de que los huéspedes tuvieran todo lo necesario para su estancia en el hotel. En temporada de invierno el hotel recibía muy pocos clientes y ese noviembre no había sido la excepción. Esa noche había solo dos clientes registrados en el tercer piso, por lo que Esmeralda, quien tenía a su cargo el revisar los primeros seis pisos, tendría muy poco trabajo a realizar.

Ante el poco trabajo que tenía esa noche, Esmeralda decidió quedarse un rato en la cocina para tomar café y amenizar con sus compañeros:

– Yo nunca subiría solo al tercer piso de noche – Dijo Dante, uno de los mozos.

– ¿Por qué no? – Repuso Esmeralda.

– Hace varios años, unas personas alquilaron la habitación 333 en ese piso, toda la noche sucedieron cosas muy extrañas, las luces se cortaron a mitad de la madrugada, escuchamos lamentos y sollozos por los rincones y además un olor asqueroso como pelo quemándose, se percibía por todo el hotel. Lo peor fue a la mañana siguiente, cuando ellos se fueron, la recamarista entro a la habitación y encontró pedazos de carne humana regados por el piso, dientes y cabello con sangre, una carnicería; la pared estaba pintada con símbolos satánicos, cruces invertidas y miles de cosas aterradoras, desde entonces, nadie entra allí – Explicó el joven.

Esmeralda estaba atónita y horrorizada después del relato de Dante y ante esto, Bertha la otra recamarista, intervino:

– No le hagas caso a este loco, siempre le gusta asustar a los novatos, la habitación 333 está cerrada porque hubo una inundación ahí y las alfombras se arruinaron, solo por eso –

– No tengas miedo – Dijo el mozo, con una sonrisa mustia.

Aun turbada por la historia del cocinero, la joven mucama, tomo sus cosas y se dirigió al ascensor, quería terminar lo antes posible para poder bajar a la estancia y quedarse ahí el resto de la noche.

Cuando el elevador llego al tercer piso, las puertas se abrieron dejando al descubierto la tétrica oscuridad que bañaba el corredor, las lámparas dependían de sensores para encenderse y solo el movimiento de una persona alumbraría el pasillo.

Salió caminando lentamente y sintiendo como una escalofrió recorría su espalda, dio varios pasos hacia el oscuro corredor y las luces no se encendieron, al mismo tiempo las puertas del ascensor se cerraron dejando a Esmeralda sumida en medio de las lúgubres tinieblas. Esto la hizo caer en pánico y como loca comenzó a presionar el botón del elevador, de pronto, las luces se encendieron.

En un principio Esmeralda se sintió aliviada, y comenzó a reír estruendosamente, para tratar de mitigar el miedo que aun sentía, pero de inmediato recordó que dos huéspedes estaban alojados en ese piso y de golpe se calló.

“No molestar” leyó en la puerta de la habitación 317, solo quedaba una más y podría largarse de ahí. Reviso el registro de habitación y vio el numeral de la siguiente habitación, era la 339, sintió pánico al darse cuenta que tendría que cruzar justo en frente de la habitación 333, pero casi de inmediato un aire de valentía la invadió; no iba a dejar que los cuentos de un compañero la asustaran, solo estaba muy sugestionada, eso y nada más.

Comenzó a caminar por el pasillo desolado, y cuando estuvo enfrente de la habitación 333 un ruido extraño le hizo poner los pelos de punta, parecía como si alguien dentro del cuarto caminara usando tacones o algo así, Esmeralda se congeló, por si fuera poco y para aumentar su terror, la luminaria encima de ella comenzó a parpadear y de pronto la puerta frente a ella, se abrió.

Su corazón latía con rapidez, su sangre estaba congelada, no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, un hombre estaba ahí frente a ella, sentado sobre la cama de la habitación, mirándola fijamente a los ojos. Sus ojos eran profundamente oscuros, como dos hoyos negros, solo sus horribles ojos y nada más, podía distinguir en medio de la tenue luz, que una vela encima de la cómoda brindaba.

– No tengas miedo – Dijo el hombre, dejando ver una sonrisa con dientes manchados de sangre.

Casi a punto de perder el control Esmeralda preguntó:

– ¿Quién eres? –

– Es extraño que lo preguntes, cuando hace solo un momento hablabas de mí – Respondió el extraño.

Esmeralda sintió como los vellos de sus brazos se levantaron y como sus ojos se llenaron de lágrimas gruesas ante aquel horror.

– ¿Eres el hombre que murió en esta habitación? – Preguntó la joven.

– No, pero estuve aquí esa noche – Dijo el hombre esbozando su tétrica sonrisa.

De pronto y sin saber cómo, Esmeralda se vio a si misma parada en medio de la habitación, él estaba frente a ella a solo unos centímetros, mirándola fijamente, Esmeralda recorrió con sus ojos al hombre de pies a cabeza y pudo ver que su cuerpo estaba cubierto de pelo como el de un animal. En un ataque de terror, Esmeralda rompió en llanto y llorando con desesperación dijo:

– ¿Quién eres tú? –

El hombre acerco su cara lentamente al rostro de la joven y respondió:

– Yo, soy el diablo –
Foto: Piso Tres

Esa noche de noviembre había estado lloviendo, y esto aumentaba el frió que dé inicio ya era demasiado. Las calles de la ciudad estaban empapadas y una densa neblina recorría los alrededores del Gran Hotel Antiguo.

Esmeralda llevaba solo unas semanas trabajando ahí, así que se esmeraba todo lo posible por dar una buena impresión; caminaba por los pasillos con su carro de recamarista, revisando cada una de las habitaciones desocupadas, y asegurándose de que los huéspedes tuvieran todo lo necesario para su estancia en el hotel. En temporada de invierno el hotel recibía muy pocos clientes y ese noviembre no había sido la excepción. Esa noche había solo dos clientes registrados en el tercer piso, por lo que Esmeralda, quien tenía a su cargo el revisar los primeros seis pisos, tendría muy poco trabajo a realizar.

Ante el poco trabajo que tenía esa noche, Esmeralda decidió quedarse un rato en la cocina para tomar café y amenizar con sus compañeros:

– Yo nunca subiría solo al tercer piso de noche – Dijo Dante, uno de los mozos.

– ¿Por qué no? – Repuso Esmeralda.

– Hace varios años, unas personas alquilaron la habitación 333 en ese piso, toda la noche sucedieron cosas muy extrañas, las luces se cortaron a mitad de la madrugada, escuchamos lamentos y sollozos por los rincones y además un olor asqueroso como pelo quemándose, se percibía por todo el hotel. Lo peor fue a la mañana siguiente, cuando ellos se fueron, la recamarista entro a la habitación y encontró pedazos de carne humana regados por el piso, dientes y cabello con sangre, una carnicería; la pared estaba pintada con símbolos satánicos, cruces invertidas y miles de cosas aterradoras, desde entonces, nadie entra allí – Explicó el joven.

Esmeralda estaba atónita y horrorizada después del relato de Dante y ante esto, Bertha la otra recamarista, intervino:

– No le hagas caso a este loco, siempre le gusta asustar a los novatos, la habitación 333 está cerrada porque hubo una inundación ahí y las alfombras se arruinaron, solo por eso –

– No tengas miedo – Dijo el mozo, con una sonrisa mustia.

Aun turbada por la historia del cocinero, la joven mucama, tomo sus cosas y se dirigió al ascensor, quería terminar lo antes posible para poder bajar a la estancia y quedarse ahí el resto de la noche.

Cuando el elevador llego al tercer piso, las puertas se abrieron dejando al descubierto la tétrica oscuridad que bañaba el corredor, las lámparas dependían de sensores para encenderse y solo el movimiento de una persona alumbraría el pasillo.

Salió caminando lentamente y sintiendo como una escalofrió recorría su espalda, dio varios pasos hacia el oscuro corredor y las luces no se encendieron, al mismo tiempo las puertas del ascensor se cerraron dejando a Esmeralda sumida en medio de las lúgubres tinieblas. Esto la hizo caer en pánico y como loca comenzó a presionar el botón del elevador, de pronto, las luces se encendieron.

En un principio Esmeralda se sintió aliviada, y comenzó a reír estruendosamente, para tratar de mitigar el miedo que aun sentía, pero de inmediato recordó que dos huéspedes estaban alojados en ese piso y de golpe se calló.

“No molestar” leyó en la puerta de la habitación 317, solo quedaba una más y podría largarse de ahí. Reviso el registro de habitación y vio el numeral de la siguiente habitación, era la 339, sintió pánico al darse cuenta que tendría que cruzar justo en frente de la habitación 333, pero casi de inmediato un aire de valentía la invadió; no iba a dejar que los cuentos de un compañero la asustaran, solo estaba muy sugestionada, eso y nada más.

Comenzó a caminar por el pasillo desolado, y cuando estuvo enfrente de la habitación 333 un ruido extraño le hizo poner los pelos de punta, parecía como si alguien dentro del cuarto caminara usando tacones o algo así, Esmeralda se congeló, por si fuera poco y para aumentar su terror, la luminaria encima de ella comenzó a parpadear y de pronto la puerta frente a ella, se abrió.

Su corazón latía con rapidez, su sangre estaba congelada, no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, un hombre estaba ahí frente a ella, sentado sobre la cama de la habitación, mirándola fijamente a los ojos. Sus ojos eran profundamente oscuros, como dos hoyos negros, solo sus horribles ojos y nada más, podía distinguir en medio de la tenue luz, que una vela encima de la cómoda brindaba.

– No tengas miedo – Dijo el hombre, dejando ver una sonrisa con dientes manchados de sangre.

Casi a punto de perder el control Esmeralda preguntó:

– ¿Quién eres? –

– Es extraño que lo preguntes, cuando hace solo un momento hablabas de mí – Respondió el extraño.

Esmeralda sintió como los vellos de sus brazos se levantaron y como sus ojos se llenaron de lágrimas gruesas ante aquel horror.

– ¿Eres el hombre que murió en esta habitación? – Preguntó la joven.

– No, pero estuve aquí esa noche – Dijo el hombre esbozando su tétrica sonrisa.

De pronto y sin saber cómo, Esmeralda se vio a si misma parada en medio de la habitación, él estaba frente a ella a solo unos centímetros, mirándola fijamente, Esmeralda recorrió con sus ojos al hombre de pies a cabeza y pudo ver que su cuerpo estaba cubierto de pelo como el de un animal. En un ataque de terror, Esmeralda rompió en llanto y llorando con desesperación dijo:

– ¿Quién eres tú? –

El hombre acerco su cara lentamente al rostro de la joven y respondió:

– Yo, soy el diablo –
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