creepypastas para pasar el rato

bebe azul :Sonia no era lo que se dice la chica más popular del instituto, con unas gafas de culo de botella y ligeramente gordita no sólo no atraía las miradas de los chicos si no que además era repudiada por muchas de sus compañeras simplemente por su aspecto. Por este motivo se sorprendió cuando Ana, una de las chicas más populares e imitadas de su clase la invitó a una fiesta de pijamas en su casa.

Ilusionada y llena de alegría se dirigía al lugar de la reunión sin imaginarse que lo que pretendían era burlarse de ella y hacerla pasar el mayor ridículo de su vida por medio de un susto.

Pocos minutos después de su llegada, los padres de Ana se despidieron de las chicas, habían pedido unas pizzas que estaban deliciosas, pero Sonia no quería parecer una glotona y decidió comer tan sólo un pedazo. Mientras lo hacía las demás la miraban como esperando que alguna de sus compañeras hiciera algún comentario gracioso sobre su forma de comer y lo gorda que estaba, pero Ana las vigilaba con mirada inquisidora. No quería que su diversión acabara demasiado pronto, al menos tenían que reirse a su costa hasta la media noche.

Finalizada la cena y después de hablar en grupo de varios de los chicos de clase, Sonia se sentía feliz e integrada en el grupo, no quería hablar mucho porque además de que no tenía muchas experiencias que compartir, quería caerles lo mejor posible y sabía que escuchando y preguntando sería más posible ganarse su amistad.

Todo parecía ir de maravilla cuando Julia se levantó y dijo:

-Ya es casi media noche así que vale ya de chiquilladas, es hora de jugar a juegos de adultos – dijo mientras sacaba un tablero de ouija de su mochila.

Todas parecían entusiasmadas con la idea, todas menos Sonia, que era la única que no sabía que lo que pretendían era asustarla y dejarla en evidencia con la trampa que la habían tendido. Sabía que no estaba bien jugar con las fuerzas del más allá, pero si quería que las demás la vieran como un miembro mas de su pandilla debería vencer sus miedos.

Las cuatro chicas rodearon el tablero que habían puesto sobre una mesa circular y comenzaron con la sesión. Ana tenía la voz cantante y era la encargada de hacer las preguntas, mientras Julia y Diana seguían sus indicaciones con una sonrisa cómplice sabiendo que dentro de poco Sonia saldría corriendo de allí muerta de miedo.

- ¿Hay alguien ahí? – preguntó Ana en voz alta.

Inmediatamente el vaso de cristal que usaban como puntero en su sesión comenzó a moverse hacia el “Sí” movido de forma voluntaria por las tres chicas que pretendían engañar a Sonia.

- ¿Eres amigo o enemigo?

En ese momento el vaso parecía volverse loco y comenzó a moverse rápidamente por el tablero sin indicar nada en concreto, las chicas querían simular que la entidad no quería contestar a esa pregunta. Ana dijo que probablemente le había molestado la pregunta y que era mejor seguir sin ser tan directos porque podían molestar al espíritu. Por supuesto Sonia había comenzado a temblar, si de por si no le gustaba la idea de molestar a los muertos, mucho menos si estos se enfadaban.

- ¿Cómo te llamas?

El vaso nuevamente se movió hasta formar dos palabras “BABY BLUE”. Inmediatamente la mesa comenzó a moverse, como si estuviera saltando. Lo que no sabía Sonia era que las tres chicas, compinchadas, la movían con sus piernas por debajo. Del susto, Sonia levantó las manos del vaso y se cayó al suelo de espaldas. Las tres chicas restantes comenzaron a reirse y a burlarse de ella. Pero su tortura aún estaba por comenzar, querían que saliera corriendo de la casa para tener algo que contar el lunes en el instituto.

-Así que eres una niñita miedosa – dijo Ana mientras sonreía burlonamente a Sonia- Nos has estropeado la diversión y no creo que BABY BLUE quiera volver a comunicarse con nosotras. Así que si quieres ser nuestra amiga y que te invitemos de nuevo, tendrás que invocarle tú solita esta vez.

Sonia no sabía muy bien a que se refería con lo de “invocarla ella sola”, pero pronto Diana (que hasta el momento había sido la más callada) se lo comenzó a explicar:

- Cuenta la leyenda que hace muchos años una madre ahogó por descuido a su hijo en la bañera. Por atender una llamada de teléfono dejó al bebé sin supervisión y cuando regresó se lo encontró totalmente azul debajo del agua. La madre no soportó su pérdida y se cortó las venas con unos trozos del espejo que había destrozado en su desesperación. Desde entonces se dice que el alma sin descanso del niño puede ser invocada si se siguen unos determinados pasos. – Diana sacó una hoja de papel y comenzó a escribir- Aquí te los voy a apuntar porque los debes hacer tu sola, ninguna de nosotras te puede ayudar.

Sonia la miraba totalmente asustada, no quería hacerlo pero no tenía otra alternativa, sabía que si se iba, el lunes todo el instituto se enteraría y eso dañaría de por si su ya lamentable popularidad. Recogió la hoja y antes de comenzar a leerla, Ana prácticamente la empujó al interior del baño.

- La invocación debe realizarse en el interior del baño así que no te queremos ver más hasta que entres en contacto con BABY BLUE. Y no te vayas a echar atrás o no te llamaremos nunca más – amenazó Ana que sabía que Sonia no tenía alternativa.

Sonia entró casi a la fuerza y sus “amigas” cerraron la puerta de un portazo. No sabía que habían utilizado un poco de hilo, casi invisible, que usaba el padre de Ana para pescar, atando varios objetos como botes de champú y un viejo espejo que ya nadie usaba en casa. Pretendían tirar del hilo cuando las luces estuvieran apagadas para que Sonia se llevara el susto de su vida.

La asustada chica una vez sola y dentro del baño abrió de nuevo la hoja y leyó los pasos necesarios para realizar la invocación:

1.- Debes entrar de noche en un baño sin ventanas y en el que no entre nada de luz.

2.- Abrir el grifo del agua caliente hasta que el vapor empañe el espejo y entonces escribir sobre el vaho que se ha formado el texto Baby Blue.

3.-Apaga la luz y junta los brazos como si estuvieras sujetando un bebé, pasados unos minutos comenzarás a sentir el peso de un bebé.

4.-No lo sueltes muy rápido, pero tampoco estés con él demasiado tiempo en brazos o será demasiado tarde.

Ese “demasiado tarde” hizo estremecer a Sonia, miró a su alrededor y se dio cuenta de que el baño no tenía ninguna ventana o forma de entrar la luz, sus compañeras de clase se habían asegurado de ello. Armándose de valor abrió el grifo del agua caliente hasta que el vapor comenzó a empañar el espejo. Una vez que ya estaba suficientemente borroso, cerró el grifo y escribió Baby Blue en él. Un escalofrío la recorrió cuando recordó ese “demasiado tarde”, mientras apagaba la luz. Sus “amigas” parecía que habían apagado la luz fuera también, porque la oscuridad era absoluta y no entraba nada de claridad por debajo de la rendija de la puerta. Sonia juntó sus brazos como si acunara a un bebé y se mantuvo inmóvil y en silencio durante unos segundos.

Fuera, las tres chicas se aguantaban las ganas de reir mientras Ana se ponía una careta de monstruo que había usado el pasado halloween. Su plan estaba a punto de hacerse realidad, cuando tiraran del hilo e hicieran caer los objetos que habían atado dentro del baño, Sonia se asustaría tanto que saldría corriendo y al abrir la puerta se encontraría frente a frente con la careta de Ana convenientemente iluminada desde abajo con una pequeña linterna. Lo que no sabían es que algo sobrecogedor existía detrás de esa leyenda que habían copiado en internet.

Dentro, Sonia luchaba contra su miedo mientras permanecía de pie frente al espejo, llevaba casi dos minutos cuando sintió algo en sus brazos, al principio pensó que se le habían quedado dormidos debido al entumecimiento de no moverlos durante tanto tiempo. Pero poco a poco el peso se hizo más notorio, claramente podía sentir como el pequeño cuerpo de BABY BLUE se apoyaba sobre sus brazos, el peso cada vez era mayor y fue entonces cuando sintió que las pequeñas manitas del bebé comenzaron a tocarla, al principio la tocaban el brazo como una caricia, pero poco a poco trataban de trepar y tocar la cara, pecho y cuello de Sonia. Era como si el bebé reviviera el momento en el que moría ahogado y trataba de agarrarse a algo o alguien para salir del agua, arañaba los brazos, cuello y cara de Sonia mientras esta paralizada por el miedo no era capaz de gritar ni moverse ni un centímetro.

Casi coincidiendo con ese momento, las chicas desde fuera accionaron el hilo e hicieron caer varios objetos que había sobre el lavamanos. Lo que no podían esperar, es que dentro no se escuchara más que la respiración ahogada de Sonia, que había quedado petrificada e ignoró completamente la trampa que la habían tendido. Algo mucho más real y peligroso estaba tratando de arañarle la cara. Las chicas sorprendidas porque Sonia no saliera corriendo tal y como habían planeado dieron la luz de la habitación, lo que permitió que entrara una leve claridad por debajo de la rendija de la puerta.

Entonces Sonia pudo verlo, sobre sus brazos estaba el cuerpo de un bebé de color azulado que luchaba por alcanzar su rostro. Pero lo verdaderamente aterrador era que en el espejo aún empañado podía verse la silueta de una mujer con el rostro deformado que mirando a Sonia gritó:

-¡DEVUÉLVEME A MI BEBÉ!

El grito destrozó el espejo en mil pedazos y Sonia gritó a su vez con toda la fuerza que sus pulmones le permitieron antes de caer al suelo.

Las chicas desde el exterior y totalmente aterrorizadas, trataban de abrir la puerta, pero era como si una fuerza misteriosa se lo impidiera. Segundos después cuando ya casi habían desistido la puerta se abrió prácticamente sola.

En el suelo yacía el cuerpo de Sonia con una mueca de terror en su rostro. Uno de los brazos, el cuello y rostro de la chica se encontraban llenos de pequeños arañazos. Sus dos muñecas estaban cortadas, como si hubiera tratado de suicidarse y un trozo grande de espejo permanecía clavado en el cuello, del cuello aún salían borbotones de sangre mientras su cuerpo aún se sacudía en sus últimos movimientos mientras moría desangrada.
la historia de edward mordake :La historia de Edward Mordake (o Mordrake según otras fuentes) es una de las más tristes y enigmáticas de la medicina moderna. Edward nació en algún lugar de Inglaterra en el siglo XIX y se cuenta que su familia era una de las más ricas de la región. Su padre estaba especialmente ilusionado con su nacimiento ya que ansiaba tener un heredero varón que pudiera continuar con la tradición familiar, ya que anteriormente había tenido dos hijas. Pero la suerte no estuvo de parte de la familia Mordake ya que a pesar de que Edward era un niño, tal y como siempre habían soñado, había algo insólito y escalofriante en el recién nacido…

En su nuca podía apreciarse una segunda cara de menor tamaño y distintos rasgos a la original. Con el tiempo el rostro posterior empezó a revelar su diabólica naturaleza, ya que aunque era incapaz de hablar o comer, se podía observar como sonreía cada vez que Edward lloraba o sentía dolor. Además, seguía con los ojos a las personas que pasaban por detrás de Edward y movía los labios como si estuviera hablando, aunque no emitía ningún sonido… o al menos ninguno que pudiera escuchar otra persona que no fuera Edward.

Su insólita “maldición” llevó a Edward a recluirse en su habitación, no permitiendo que nadie pudiera verle, ni siquiera su familia. Sin embargo Edward se convirtió en una persona muy culta y refinada ya que era un ávido lector y un músico con un gran talento.

Pero lo más aterrador de su gemelo demoniaco era que según Edward, la chica (pues era un bello rostro femenino el que “decoraba” la parte posterior de su cabeza), le susurraba por la noche y no le permitía conciliar el sueño. Según Edwar su “gemela diabólica” nunca dormía y le susurraba en un lenguaje que parecía salido del mismo infierno. Edward aseguraba que estaba “cosido a un demonio” y solicitó a varios cirujanos que le separaran del terrible rostro femenino que le atormentaba, incluso aunque eso le costara su propia vida. Pero ningún médico consideró posible efectuar dicha “extracción” y Edward tuvo que resignarse a vivir con un demonio en su nuca.

Hasta que un día, su sufrimiento fue tan grande, que aprovechando el descuido de las personas que estaban a su cargo consiguió un veneno que le sirvió para acabar con su vida cuando tan sólo tenía veintitres años. Tras su muerte dejó una nota de suicidio en la que agradecía a sus padres y hermanas por el cariño que le habían dado y les pedía perdón por el daño y dolor que su muerte les pudiera causar. Así mismo les hizo una última petición:

Que le arrancasen a su cadáver la cara del demonio que le había atormentado en vida, para que no pudiera continuar con sus demoniacos susurros en la tumba, y que la destruyeran. También solicitó ser enterrado en tierra baldía, sin ninguna cruz o lápida que pudiera marcar el lugar en el que descansaría eternamente su cuerpo sin vida. Tal vez Edward tuviera miedo de que su “gemela diabólica” le pudiera encontrar de nuevo.
el dios muerto:El mundo ha estado buscando a Dios desde hace miles de años, pero nunca lo ha encontrado. Con los avances científicos y las investigaciones hechas por arqueólogos, historiadores, filólogos y otros tipos de especialistas, los fundamentos históricos de las grandes religiones fueron demolidos en gran medida, y con ello la fe en los textos revelados (cuya distorsión, carácter inventado o falsedad histórica fueron comprobadas en muchos casos) disminuyó de una manera nunca antes vista, dando lugar a una abrumadora reducción de los seguidores de las antiguas religiones. Paralelamente, fueron surgiendo nuevas orientaciones religiosas, basadas más en concepciones filosóficas de las realidades espirituales que en textos revelados, orientaciones religiosas que en muchos casos, quizá siguiendo lo que podría catalogarse como “moda espiritual” y “actitud intelectual sintomática de las nuevas sociedades”, terminaron adoptando como nueva fuente de revelación a cuantos resultados arrojaban las investigaciones y los experimentos científicos orientados al tema de Dios y otros asuntos espirituales que, según se admitía comúnmente en la mentalidad de la época, tenían sus reflejos o expresiones en la dimensión de materia-energía que la Ciencia podía explorar, y a la cual encontraba cada vez más compleja dado que, entre otras cosas, se habían descubierto nuevas partículas, y aquello naturalmente fortaleció la intuición de que probablemente el alma no era sino una entidad compuesta por partículas que aún no se descubrían, y que quizá eran originarias o simplemente interactuaban con otras dimensiones o con esos universos desconocidos a los que iban las partículas que, en las observaciones de la Física Cuántica, aparecían y desaparecían del espacio-tiempo…

Hasta aquí todo parecería un panorama esperanzador, pero el paso del tiempo mostró que, las indagaciones científicas en torno a lo espiritual, estaban siendo claramente infructíferas, por decir lo menos… Todavía no existían evidencias contundentes de un cuerpo energético que pudiera equipararse a la idea del alma, y los frustrados científicos de la reducida cristiandad (y del Islam, que ya no era extremista para esa época) no habían podido encontrar nada que sugiriese un Cielo o Infierno… En este contexto, en a finales del siglo 22 nació, cual digna hija de la Madre Decepción, la esplendorosa y siniestra Iglesia Necrótica: un culto pesimista, derrotista, que hacía suyo el “Dios ha muerto” de Nietzche, aunque dándole un sentido distinto y fatalista, de carácter teológico antes que filosófico, un sentido que permitía entender la frase de Nietzche como “Dios nunca estuvo vivo”. ¿Una iglesia atea? No exactamente, ya que una de las creencias fundamentales de la Iglesia Necrótica era que en general los individuos tenían, cual si fuese algo codificado en su condición humana, la necesidad de tener un Dios al cual adorar, necesidad que debía satisfacerse a toda costa, contra viento y marea, incluso si eso conllevaba hacer lo que este nuevo culto había hecho: adorar a un Dios que, de alguna (o algunas, para ser más preciso) manera, estaba muerto…

La Iglesia Necrótica creció a una velocidad alarmante en los 40 años que siguieron a su fundación, y no se diga después, ya que en el 2280 el 95% de las sociedades occidentales pertenecían a esta iglesia, y en Oriente, que ya admitía la libertad religiosa en la práctica y no solo en teoría, sus afiliados eran casi el 50%, frente a un Islam y un Hinduismo cada vez más famélicos, y un Budismo que, a la par que tenía menos seguidores, había sabido acomodarse adecuadamente a los cambios, ya que siempre fue la más filosófica de las religiones antiguas. Quizá, una de las cosas que más fuertes hacía a la Iglesia Necrótica, era la gran apertura de creencia que dejaba a sus miembros, cuya unión descansaba más sobre la desesperanza y la frustración espiritual que sobre creencias puntuales compartidas. De este modo, lo único indispensable para pertenecer a la Iglesia eran dos condiciones: 1) Dios tenía que “estar muerto” para ti, de una u otra manera, y 2) Tenías que necesitar a Dios en tu vida, que desear su presencia, que adorarlo; pero, como a su vez estaba “muerto”, ese Dios necesitado, deseado y adorado por ti, habría de ser irremisiblemente un Dios que “estaba muerto” en el sentido o los sentidos que le dabas a la expresión. Así, las interpretaciones eran diversas, pero podemos citar estos ejemplos de los significados que se daba a la “muerte de Dios”: 1) Dios nunca existió, y en consecuencia se adora a un ente simbólico e imaginario, que de alguna manera representa esa necesidad de un padre de la que habló Sigmund Freud, 2) Dios es solo una ilusión perceptiva que el cerebro desarrolló para protegernos (psicológicamente) y que se expresa en el sentimiento y la intuición de que hay un ser absoluto y perfecto (perfecto en concordancia a nuestras necesidades emocionales) afuera y adentro de nosotros, 3) Dios es solo una forma sutil de energía universal que hemos divinizado porque se vincula a cosas que nos parecen superiores y porque todavía desconocemos cuál es su naturaleza exacta, 4) Dios es el aspecto más profundo de la psique humana, y tiene una naturaleza que todavía se desconoce en gran parte y, a la vez, es de tal condición que permite fenómenos parasicológicos y nos une a todos nosotros energéticamente, por lo cual induce la ilusión perceptiva de que constituye otro dentro de nosotros, siendo que, a su vez, extrapolamos a ese otro en la realidad exterior, diciendo que “Dios está en todas partes”, 5) Dios existe, pero no podemos saber cómo es, está más allá de lo que para nosotros es el bien y el mal, y es ajeno a nosotros, está ausente, sea porque no quiere interactuar o porque su naturaleza no se lo permite o hace que aquello le sea indiferente, ya que este Dios no necesariamente creó el universo, no necesariamente tiene sentimientos, y no es omnipotente, no es omnisciente en el sentido convencional, y no necesariamente está en todas partes, siendo que puede ser llamado “Dios” solo porque es trascendente y absoluto de algún modo, y porque también, de una manera que casi seguramente lo excluye de la categoría de persona y por tanto de la posibilidad de ser un “Dios-persona” (con voluntad, deseos, acciones, planes para nosotros o el universo, etcétera), participa de la condición de mente o, por lo menos, de la condición de “conciencia”. Ahora bien, como han de imaginar, dentro de la Iglesia Necrótica hay muchos que creen que “Dios está muerto” en la última manera (la número 5), y dentro de ese grupo está gran parte de los investigadores científicos que todavía buscan evidencias de Dios.

En cuanto a mi experiencia personal, yo he estado en cultos de la Iglesia Necrótica (sin pertenecer realmente) y son indudablemente macabros, “blasfemos” según el decir de esos cristianos que tanto abundaban a inicios del siglo XXI. Verán, en todos los templos ordinarios tienen una representación (una escultura) del cadáver de Dios, que es de metal, mide en promedio entre 2 y 3 metros de altura, y es hecha en concordancia con las creencias mayoritarias que tienen los feligreses iniciales (del templo en cuestión) sobre qué atributos visuales simbolizan mejor al “Dios muerto”. Entretanto, en las catedrales se sigue el mismo procedimiento, pero la escultura —las esculturas son vacías por dentro, para ahorrar dinero y representar el vacío inherente a los desarrollos de la idea de Dios en la historia de las religiones convencionales— mide entre 6 y 7 metros de altura, y además está cubierta por una capa de 2 centímetros de espesor, hecha con una sustancia hecha a base de huesos humanos molidos (de miembros que aceptaron en vida donar sus cadáveres a la Iglesia Necrótica) y un material descubierto en el 2105. Bien, esas estatuas de las catedrales son casi siempre horrendas, y en cada misa les rocían baldes de sangre fresca, que siempre tiene que ser de oveja blanca, y que la Iglesia Necrótica consigue en abundancia porque tiene acuerdos comerciales con los criadores de ovejas, que les guardan la sangre de los animales blancos (hay inspectores que cuidan que sean blancas las ovejas-fuente) cuando hacen matanzas para vender la carne de aquellas criaturas. Tal vez esto huela a ritual satánico, pero no es nada en comparación con el magnífico espectáculo que brinda la Catedral de Carne, un magnífico templo que sirve como sede del Conclave Necrótico y del Maestro Supremo (jefe mundial del culto). Y es que la Catedral de Carne es un templo esplendoroso, completamente cubierto, en su exterior, por músculos humanos y ojos finamente incrustados entre los músculos, todo perfectamente acomodado y conservado dentro de una translúcida sustancia (mejor que el formol) hospedada al interior de una capa de vidrio blindado de 5 centímetros, que recubre por completo aquella enorme pirámide metálica, en cuyo interior hay tubos transparentes que recubren el techo y las paredes, imitando la forma de las venas y bombeando sangre humana (donada por miembros de la Iglesia Necrótica) cada hora del día y de la noche, dentro de aquel macabro templo cuya representación del “Dios Muerto” es una bestia de hueso (esa sustancia con hueso molido) que está muriendo, que mide unos 25 metros de alto, tiene varios brazos con manos grotescas, y muchas bocas y ojos que representan su omnisciencia…

24 de agosto del año 2322

Yo nací cuando ya la Luna y Marte habían sido colonizados, me formé como científico en diversas ramas, y para el 24 de agosto del 2322 todavía vivía en la Tierra, donde había desarrollado la mayor parte de mi labor investigativa, que giraba principalmente en torno a la pregunta de “¿dónde está Dios?”. Así, el 24 de agosto del 2322, yo llamé a mi amigo, el Dr Styrr (un científico usar), quien era, junto conmigo, una de las pocas personas que se negaban a creer en la muerte de Dios.

— Buenos días, ojalá hayas descansado, hermano ―le dije yo, saludándolo.

— Disculpa que vaya al grano… ¿has estado observando esa línea?, ¿has visto lo irregular que resultan sus patrones para la galaxia en que se encuentra?

— No… La verdad es que no he visto nada raro… ¿Qué pasa con esa línea?

— No estamos solos… No te diré más por ahora: nos vemos en la oficina en una hora, hablamos.

— Vale, ¡ojalá sea algo grande!

La llamada me hizo sentir una felicidad que no había experimentado en mucho tiempo. Era reconfortante saber que todavía otros científicos creían que Dios vivía y debíamos seguir buscándolo. Y es que no lo he dicho, pero eso de “nos vemos en la oficina” se refería a la reunión por webcam que yo, Styrr y muchos otros científicos habríamos de tener. Era fascinante: todos creíamos que Dios vivía, solo que, al final de la reunión, nos enfrentamos al problema de que el pensamiento del grupo se dividía en dos líneas. La primera línea planteaba que Dios existía dentro de nosotros (como un ser real, no como una ilusión perceptiva o un simple aspecto interno), y que era allí donde había que buscarlo; entretanto, la otra línea planteaba que Dios existía afuera, pero solo en el Cielo se hacía lo suficientemente patente para ser conocido, aunque el Cielo, según los defensores de esta línea, estaba o se manifestaba dentro de nuestro universo. En consecuencia, unos creían que era necesario experimentar con humanos, mientras que otros pensaban que se requería trabajar más en nuestra observación del cosmos. Por mi parte, era previsible que me decantase a favor del segundo grupo. Lo que me desconcertó y desmotivó fue que Styrr se unió al primer grupo; pero, sin embargo, conservé la esperanza de que los equipos mantuviesen buenas relaciones. Todo esto sucedió hace unos 6 años previos al año en que estoy escribiendo estas líneas.

12 de julio del 2328

Las investigaciones no han salido demasiado bien y nuestros fondos han sido insuficientes, por lo que no sorprende que más de la mitad del grupo (contando ambos bandos) haya desertado y se haya unido a la Iglesia Necrótica. Necesitamos esperanza, la hemos necesitado siempre, pero tal parece que a Dios no le importa que vivamos buscándolo y que perezcamos sin haber satisfecho por lo menos algo nuestra noble búsqueda de evidencias a favor de su existencia. Yo aguanté, pero otros no: ellos simplemente perdieron la esperanza. Ahora he estado revisando mi correo, y resulta que curiosamente me encontré un mail de mi amigo Styrr, con un informe adjuntado, informe que al parecer se refiere a los resultados de los experimentos hechos por su grupo.
el infierno en la tierra:Yo creía que otra vez todo venía de mis pesadillas; y que, si bien me estaba despertando, aquellos terribles alaridos eran alucinaciones auditivas, pues aún padecía de cierta somnolencia propia de ese pesado estado de tránsito entre el sueño y la vigilia. No obstante, pasó un rato y los gritos persistían con una fuerza preocupante, como si no estuviesen en mi mente y proviniesen del exterior de las paredes de este doceavo piso en que tengo mi pieza.

Eran gritos de muchas personas y en distintos tonos: mujeres, hombres, adolescentes y ancianos. Alaridos que no solo reflejaban pánico extremo o desesperación, sino que en algunos casos expresaban palabras o frases, aunque yo no podía entender (ni me interesaba mucho) bien qué demonios decían, quizá por mi somnolencia.

Y pues, vivo en el centro de la ciudad, en el doceavo piso de un edificio alto, viejo y aburrido, donde a menudo, a pesar de estar bastante arriba de todo el ruido, me despiertan ciertos imbéciles que se ponen a pitar o a insultar sabiendo que el tráfico está congestionado y no ganarán nada portándose como animales. Eso es lo común, porque algunas veces ocurren accidentes de tráfico y los morbosos se aglomeran a ver si encuentran un poco de gore en vivo, o bien una ambulancia emite su desesperante sonido al no poder abrirse paso en la marea de coches, o incluso, aunque estas ocasiones son contadas, se incendia alguna casa o edificio en los alrededores… Vaya, y pensar en lo que me dijo la dueña del edificio cuando firmé el contrato de alquiler hace siete meses: “Es el centro, todo está muy cerca y en este piso hay una vista maravillosa de la ciudad, además de que aquí no llega el bullicio”… Sí, claro, “no llega el bullicio”… ¿Y los gritos que estoy escuchando, vieja estafadora, me vas a decir que me fumé un porro y por eso los oigo?

Algo así habría querido decirle a la dueña del piso si la tuviera aquí, porque todo el infernal coro (uso la palabra irónicamente) me seguía perturbando, aunque me llamaba la atención algo en la manera de gritar de esa gente: una cosa extraña, que no conseguía entender bien qué era ni por qué no entendía bien qué era… Me parecía que tenían más profundidad que los gritos comunes, que la textura del sonido era un poco diferente, que las emociones que reflejaban tenían algo que se salía de lo normal. ¿Era eso, o acaso me estaba sugestionando y simplemente se trataba de una huelga u otro tipo de manifestación? Si era una huelga: ¿qué les estaban haciendo para que griten así?; si no era una huelga ni una manifestación: ¿era un accidente de tráfico múltiple o algún horrible atentado terrorista cuyos heridos no dejaban de gritar?

Si era algo importante como parecía, seguramente lo vería pronto en los noticieros de mediodía; pero eso sí: no me iba a levantar de la cama, no con la pesadez y la somnolencia que tenía, aunque hacía un irritante calor que parecía de mediodía, cosa inusual en febrero…

Quise intentar dormir un poco más pero fue en vano: la estrepitosa polifonía continuaba jodiéndome los tímpanos y la tranquilidad. Estando así, lo mejor que pude hacer fue afinar mi oído a ver si conseguía distinguir palabras que me revelaran la razón de tanto escándalo y caos. Al hacerlo, no distinguí nada pero sí que me terminé de amargar al percibir que un olor perturbador entraba por mi ventana. Quizá el olor ya estaba antes y la somnolencia, que ahora era mucho menor, no me había dejado percatarme de su presencia, o de su maldita presencia, para ser exacto, pues era el desagradable aroma de algo quemándose, que no era madera ni papel ni plástico ni nada que conociera. Ese olor no solo entraba por mis fosas nasales (que se habrían suicidado si tuvieran voluntad), sino que se filtraba por todos los poros de mi cuerpo, impregnándome con su asquerosidad…

“¡Me cago en su puta madre!”, grité yo, ya fuera de mí, golpeando con todas mis fuerzas la pared que estaba junto a un lado de mi cama, tan duro que después tuve que insultarme porque casi me dejo sangrando los nudillos de mi mano derecha… ¿Cómo podía ser? Primero el ruido y ahora ese olor desquiciante, que se acabaría pegando en toda mi pieza si no me levantaba a cerrar la ventana, y sin embargo no, yo seguía allí acostado cual un Snorlax (el pokemon que es un gato obeso) pasado de copas…

“Esto no puede ser peor”, pensé yo ingenuamente, pues justo en ese instante escuché disparos… ¡disparos de armas de fuego! Oh Dios, oh Dios, ¿acaso estaban filmando una película de acción o terror en los alrededores? No aguantaba más, no quería levantarme, e intentaba calmarme aferrándome a la absurda idea de la película, cuando de pronto el corazón se me subió a la garganta y los escalofríos me sacudieron por completo, haciendo añicos la ya reducida somnolencia que me quedaba…

No, no, no y no: no, señores, ustedes jamás escucharán algo así, al menos no mientras vivan, y espero que tampoco después… Eran gritos inhumanos, gritos que por su intensidad y claridad era evidente que no venían de la calle, sino de fuentes localizadas a unos pocos metros de mi ventana, que por fortuna no me mostró nada porque tal vez, así como estaba en esos momentos, tranquilamente podía haber muerto de un paro cardíaco. Yo solo les diré algo: busquen horas, días enteros si lo desean, busquen las voces guturales más infernales que puedan encontrar en el black metal o algún otro género salvaje como el aggrotech, y ni con eso conseguirán algo que sea la mitad (no se diga más) de aterrador de eso que escuché.

Con el brazo temblando me persigné, yo que jamás voy a misa y tengo posters de grupos musicales con estética algo satánica. Tenía gotas de frío sudor en la frente, mis palpitaciones eran tan rápidas como las de un atleta en pleno maratón, y mi respiración era más agitada que nunca. Yo quería calmarme pero en ese estado mi mente no producía pensamiento alguno, hasta que escuché el choque de dos vehículos y seguidamente una explosión, tan fuerte como si hubiese reventado uno de esos camiones que transportan gas. No sé cómo es que el vidrio de mi ventana no se rompió y mis tímpanos sobrevivieron, pero al menos la explosión me calmó un poco con respecto a los gritos que había escuchado cerca de mi ventana. En todo caso, en ese instante, como guiado por mis reflejos, salté de mi cama y corrí a la ventana a ver qué pasaba.

No di crédito a lo que estaba viendo, simplemente observé todo estupefacto, atónito, con la boca abierta, y después cerré los ojos, me los froté, y los volví a abrir en la esperanza de que fuera la pesadilla más vívida de toda mi vida. Nada desapareció: la escena infernal persistía, desafiando mi sentido de la realidad, amenazándome con sumirme en la locura. Las personas corrían de un lado a otro gritando, intentando escapar de algo que no alcanzaba a ver o descifrar; había coches empotrados contra las paredes, abandonados por sus ocupantes o chocados con otros coches, y muchos de ellos ardían en llamas; un camión cisterna ardía en la mitad de la amplia calle principal; abajo y arriba, yacían incendiadas las plantas de los balcones de mi edificio; las explosiones continuaban proliferando por doquier, y reventaban coches, tanques de gas dentro de casas, o incluso gasolineras; y en todas las calles, dispersas aleatoriamente, había pequeñas hogueras cuyo combustible era de una naturaleza que no pude revelar hasta que noté que algunas de esas hogueras se movían, o se arrastraban, pues en realidad eran personas calcinadas, tan quemadas que tenían el aspecto lastimero de quienes mueren en el fuego y terminan como pequeñas y huesudas momias negruzcas. ¡Cómo habrían deseado la eterna disolución esos infelices condenados, esos seres miserables cuyo ardiente ropaje no acababa de exterminarlos!

Me alegra saber que ninguno de ustedes podrá imaginarse lo que cuento de una forma igual o más horrorosa de lo que fue aquello que vi y jamás podré olvidar. Era algo sobrecogedor, que me hizo derramar lágrimas de compasión y a la vez me hizo temblar de miedo. Como les decía, esas personas que se arrastraban nunca se extinguían, pero a veces el calor hacía que se les cayera un brazo, un pie o una mano, que se les fueran cayendo (convertidos en cenizas) trocitos de carne, o que se partieran en dos, profiriendo alaridos de pánico mientras sus vísceras cocidas se derramaban por el suelo; aunque después, como pude notar, siempre venían, arrastrándose por el suelo, unas criaturas (si así puedo llamarlas) que eran como serpientes hechas de oscuridad, aunque con las cabezas —según percibí de lejos— con forma humana, y entonces esos seres envolvían a los condenados y los recomponían para que volviesen a arder, ahora ya con la piel, los cabellos y todo regenerado… Entonces, una vez que volvían a quemarse desde el principio, iban desprendiendo pedazos (en llamas) de ropa y piel quemada, que dejaban tras de sí cuando se desplazaban arrastrándose.

También, y aunque extrañamente no lo había notado antes, en muchas de las ventanas de otros edificios y casas, alcanzaba a verse fuego adentro, el humo salía negro y abundante, y solían aparecer personas que, corriendo algunas veces en llamas, se acercaban a los bordes de las ventanas y saltaban.

Por mi parte, yo continuaba de pie en mi ventana, contemplando todo, aún tembloroso y con los ojos húmedos. Desde luego, para aquellos momentos ya tenía claro que, el olor que percibí antes de ver todo, era el olor de la carne humana quemándose, el olor del Infierno. Ya las sensaciones eran demasiado claras para tratar de convencerme de que todo era una pesadilla, y en los otros pisos de mi edificio las personas también se lanzaban, escapando del fuego que aún no me visitaba.

Algo que me dejó aún más en shock fue ver a mi vecina Marta, lanzándose en llamas junto a su bebé de cuatro meses. ¿Qué explicación había para eso? Si estaba viendo el Infierno: ¿qué hacía un bebé en el infierno? Yo había escuchado rumores de que Marta practicaba brujería, le echaba agua hirviendo a los gatos y maltrataba a su otro hijo; pero, si estaba viendo su futuro en el infierno: ¿era el bebé una ilusión creada para aumentar su tormento? Solo eso podría tener algo de sentido, porque incluso todo lo que veía no podía ser pensado como un infierno admitido por Dios…

Todo era tan absurdo, tan inconcebible, y sin embargo era… Incluso, como si no bastase, empezaron a aparecer vehículos militares, y los soldados salían, le disparaban a al aire o a las personas, se mataban entre ellos, se suicidaban, echaban granadas y corrían a romperse la cara contra algún poste, o protagonizaban otras locuras por el estilo. Además, estaban lloviendo bolas de fuego, grandes bolas de fuego. Cuando alcé la vista, vi que en el cielo nublado volaban unos dragones de unos quince metros, con la piel tan negra que las escamas de un dragón a veces mostraban tonos naranjas, pues reflejaban el fuego que escupían sobre la gente los otros dragones… Ya era demasiado, la escena parecía un retorcido film de fantasía, que poco más y rozaba lo surrealista por su proximidad al mundo de las pesadillas.

No piensen que los dragones no daban miedo: sus enormes ojos de iris rojos eran tan humanos en aspecto, y tan demoníacos en esencia, pues la mirada de estos seres alados reflejaba ira, odio, maldad, y una inteligencia superior a la humana, que hacía pensar en la “inteligencia angélica” que los teólogos asignaban a los ángeles, y que no resultaba difícil atribuir a esas abominaciones si se las consideraba como ángeles caídos…

Por otra parte, era muy perceptible el sadismo de los dragones, porque tenían como destrozar todo rápidamente a colazos o con las garras, pero preferían rugir, escupir fuego, y herir a la gente antes que exterminarla temporalmente (recuérdese que las serpientes de sombra los revivían). Estaban por todas partes, a miles de metros, y hasta en el horizonte, donde ya solo alcanzaba a verlos como puntos negros que se movían. Hasta donde daba mi visión, los dragones hacían el mismo tipo de cosas en todas partes, en todas las zonas del infierno, o de lo que parecía el infierno, porque quizá estaba teniendo visiones del Apocalipsis, puesto que en el cielo aparecieron algunos aviones de guerra, que en vano lanzaron los misiles contra los dragones, pues éstos ni siquiera sufrieron herida alguna, y así unos cuantos pilotos, desesperados, se suicidaban (eso creían) estrellando sus cazas contra las diabólicas bestias.

Si era el Infierno: ¿por qué se les daba a los humanos la oportunidad de creer que podían pelear contra los dragones? Si era el Apocalipsis: ¿por qué revivían las personas a fin de volver a sufrir? Quizá el Apocalipsis, al menos para la mayoría de personas, implicaba vivir no solo el fin del mundo sino algo que, dependiendo del caso de cada persona, era o bien una experiencia anticipada del Infierno (en donde nadie muere ni se destruye irreversiblemente porque tiene que seguir sufriendo) en que habitarían por siempre; o bien, y como proceso de expiación, una experiencia del Infierno aquí en la Tierra, pero de duración limitada pues después gozarían de la presencia divina tras su pase por el Purgatorio. Sea lo que fuere, resultaba acertado llamarle “El Infierno en la Tierra” a eso que veía, y que en realidad me parecía que debía ser el Apocalipsis en la forma descrita, esto es, como el fin del mundo ejecutado a través de una especie de venida del Infierno (que no es tanto un lugar sino una situación) a la Tierra.

Naturalmente he pensado todas estas cosas a la hora de contar lo vivido, porque en esos momentos ni siquiera un matemático tendría tanta cabeza fría como para ponerse a analizar. Por suerte todo acabó en poco tiempo. Fue así:

Yo seguía mirando todo cuando, después de que los dragones gritaron con voz humana, uno de ellos, que estaba bastante lejos, se viró en dirección hacia mí y empezó a volar lentamente, acercándose. Quería correr pero ni siquiera podía voltear la cabeza, era como si una fuerza misteriosa me obligase a estar quieto, esperando lo peor. Lágrimas de intenso terror brotaban de mis ojos a medida que el dragón se aproximaba, aunque estando a unos tres metros se detuvo, me miró fijamente y entonces, súbitamente y velozmente recordé las mayores maldades que había cometido en vida, a la par que sentía gusanos invisibles moviéndose adentro de todo mi cuerpo; después mi mente volvió a lo que estaba viviendo, y el dragón abrió su enorme boca mostrando sus colmillos enormes y delgados, dispuestos en hileras al igual que un tiburón. Lo último que recuerdo es el intenso resplandor naranja de ese torrente de fuego, y el calor insoportable y distinto a todo cuanto había conocido: un calor que te quemaba cada célula antes de destruirte, un calor que no era solo físico sino también espiritual, pues yo, yo que toda la vida me pregunté en dónde diablos estaba “esa estúpida fabula del alma”, yo sentí entonces por primera vez a mi alma, ardiendo en las llamas implacables del infierno. Tras eso, vino un instante de duración indiscernible y dolor infinito, después sentí que caía y caía sin parar en un vacío sin fondo, y finalmente, como si acabase de caer sobre mi cama aunque en realidad esto nunca ocurriese físicamente, me encontré a mí mismo en mi cama, boca arriba, con los ojos bien abiertos y el corazón latiéndome a toda velocidad.

Grité, grité una y otra vez allí en mi cama, con gotas heladas en la frente, con el cuerpo temblándome de nerviosismo. Después me calmé, miré alrededor, me froté los ojos, vi que todo estaba como antes del horror, volví a proferir alaridos de desesperación para desahogarme, y finalmente me quedé allí, sentado en mi cama, con las piernas extendidas y la espalda ligeramente encorvada, mirándome las palmas de las manos como un enfermo mental, intentando convencerme de que solo fue la peor pesadilla de mi vida, o al menos eso creí hasta que giré mi cabeza a la derecha y vi que allí, sobre mi velador, yacía un pequeño (poco más grande que una canica) trocito de carne chamuscada. Al verlo grité de nuevo como desaforado, y después lo tomé, lo olí y comprobé que tenía el mismo olor que la carne humana chamuscada. Pese al inmenso nerviosismo, pensé en guardarlo a modo de evidencia (nunca sería una prueba) de que todo lo que vi fue real, pero el pedacito de carne quemada se secó rápidamente, hasta reducirse a un montón de cenizas que se me escurrieron entre los dedos, cayeron sobre mí y se desvanecieron para siempre, igual que mi cordura…

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