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El Barco y los Muertos



Aquel verano de 1985 mi padre nos llevó en un viaje de 15 días a la Isla San Andrés. Este pequeño trozo de tierra dista de Nicaragua menos de 200 Kilómetros. Pertenece a Colombia. Desde cualquier lugar se ve el fondo del mar. Al océano que la rodea se lo conoce como el mar de los siete colores. Y es así, cuando uno navega el agua va cambiando del blanco al azul profundo pasando por diversos tonos turquesas.
En aquella época nos alojamos en la casa de un amigo de mi padre, en una pequeña aldea al oeste. Poco para hacer para un adolescente. Mar, snorkel y mucho coral. A escasos cien metros de la costa una inmersión nos muestra todo el coral hasta donde se pierde la vista. Disfrute aquello cada día. Hasta que encontré el barco, un viejo carguero de hierro, descansando para siempre, sobre la arena. Las olas no llegaban a él, por lo cual su estado era aceptable. Cincuenta metros de eslora y una escala de grueso cabo me invitaron a su interior. Desde ese día hasta mi partida no dejé de recorrer sus pasillos, y de conocer su historia, narrada por su Capitán un tal Ericsson. Descubrí su Diario de Bitácora casi por casualidad entre un montón de viejas cartas. Así supe del drama de los hombres del MarckSea y su extraña historia. Transcribo los últimos cinco días antes del naufragio textualmente: 1 de septiembre: 40 millas al noroeste de San Andrés, la niebla sigue igual a los últimos cinco días. Navegación a mínima velocidad, radar descompuesto. A las tres de la tarde la radio extrañamente deja de funcionar. Estamos sin comunicación. A las cinco el compás gira de los 182 grados a los 206, va y vuelve. No hay forma de corregirlo. El Primer Oficial Stevenson tiene su pínula, produce la misma y caótica lectura. No son los instrumentos, es el lugar. He dado órdenes de parar las máquinas y esperar. Vigías a popa y proa, señales sonoras cada diez minutos. La noche ha llegado con una lobreguez que nos pone a todos muy susceptibles. Hemos cenado en silencio. Guardias cada cuatro horas.

2 de septiembre Ha amanecido, pero nada se ve, es como estar en un limbo. Ahora no podemos determinar nuestra posición. La radio sigue descompuesta. El mismo error en los compases. Profundidad no podemos medirla. He calculado una deriva mínima de cinco millas. Los hombres están nerviosos. Stevenson pretende bajar la lancha pequeña y guiar el barco. No ceo que sea seguro. Esperaremos. 18 horas, la niebla sigue. Igual condición. 22 horas. Misma situación. La noche trae otra vez los viejos fantasmas. Algunos hombres creen haber escuchado sonidos muy cerca de la popa.

Reforzamos las guardias.

3 de Septiembre Amaneció con una llovizna tenue y persistente empeorando todo. El contramaestre resbaló y se quebró la pierna. No podemos seguir así. Moveremos el barco con el mayor de los cuidados. 10 horas estamos en marcha a cinco nudos. Todos estamos tensos. Ha llegado la noche, la niebla igual, no podemos precisar posición.
La costa no aparece.

4 de septiembre Anoche a las cuatro de la mañana colisionamos sin producirse danos. Extrañamente un barco de nuestra misma eslora se apoyó sobre la banda de babor. Paramos máquinas. Lo amarramos y cinco hombres subieron a él. Un silencio fuera de lo común envolvía a aquella nave. Ni una luz. Stevenson que lo abordó con sus hombres pudo avisar que estaba totalmente vacío. 10 minutos más tarde Stevenson habló por última vez con un walki talki.-Es terrible capitán, hay féretros, más de veinte en la bodega-. Ruido y luego silencio, un aterrador y apabullante silencio El mar hasta ése momento en calma rugió con una fuerza incontenible. Las amarras se cortaron. Gritamos una y otra vez a los hombres en el barco muerto, pero solo el viento lúgubremente nos contestó Un viento de 60 nudos surgió de la nada. Las máquinas han dejado de funcionar. Perdimos a Stevenson y cuatro hombres. Inexplicablemente nuestra nave huye a un vació desprovisto de formas.
Solo la tenue oscuridad de la niebla nos rodea.

5 de Septiembre La letra del Capitán está confusa, apenas alcanzo a leer: El fin se acerca.
Devolví la bitácora al mismo sitio donde lo encontrara. En ese momento un resplandor mi hizo mirar por el ojo de buey. El sol entre dos palmeras en forma de V se deshacía hacia la noche. Hipnotizado por el fascinante juego de colores vi como una masa amarrilla se convertía en un pálido azulino antes de llegar al horizonte. Me levanté, estaba en penumbras. Corrí algo asustado por el corredor para salir a cubierta, entonces claramente escuché un murmullo creciente, a la vez que el barco suavemente vibraba como si las maquinas hubiesen cobrado vida -yo sabía-que eso era imposible. Me apoyé en una de las escaleras que iban al corazón del destartalado buque, y percibí la luz. Alguien o algo estaban allá abajo. Corrí y tropecé en una de las escotillas, De pronto el murmullo se apagó y el barco dejó de temblar. Me habían escuchado. Finalmente me descolgué por la escala de soga. Cien metros más allá contemple la triste figura del barco, detenido para siempre en la arena. Pensé en los hombres y en el otro barco, el de los muertos. Al siguiente día le pregunté al marino más viejo de la localidad sobre el extraño navío. Dijo saber poco, algo sobre una tormenta. No encontraron náufragos, desde ese día nadie ha subido a él. Le expliqué que yo había trepado a él por la escala. Me contesto que dejara de inventar, que no
había ninguna escala. Dos días después nos fuimos de la isla. La barca nos alejaba lentamente, al doblar por la bahía mire por última vez aquel extraño y macabro barco. El viejo tenía razón, la escala no estaba.
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