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El misterio de Okiku, la muñeca maldita japonesa

Okiku era solo una muñeca en 1918, cuando llegó a las manos de Kikuko, una pequeña niña que acabó siendo su dueña para siempre. Nadie sabe por qué ni desde cuándo pero lo cierto es que a la figurita de porcelana no le deja de crecer el pelo desde que su amiga se fue, fruto de una enfermedad. ¿Posesión, casualidad, o la historia de una niña que se aferró a su bien más preciado?

Okiku medía alrededor de cuarenta centímetros, vestía un kimono tradicional japonés y su pelo, color azabache, destacaba un pálido rostro de porcelana. Los ojos, sin vida, estaban compuestos por dos perlas negras como el carbón. "Seremos amigas eternas y jugaremos hasta el final", le decía Kikuko, su dueña, una niña que acababa de cumplir los dos años de edad.

Cabe señalar que quien le regaló la muñeca fue el propio hermano de la pequeña, Eikichi. Nada más verla en aquella exposición marítima de Sapporo, el joven supo cuál era el destino de la figura. "Es perfecta. No me queda duda de que será lo que necesita Kikuko", dijo cuando la cogió entre sus manos. Cuando recibió el obsequio, Kikuko no pudo imaginar lo que iba a significar para ella. ¿Una amiga? Mucho más que eso. La niña se encariñó pronto del juguete y no se apartaba de él jamás. Kikuko y Okiku eran la sombra y la persona. Inseparables en aquel 1918.

Un regalo inolvidable

Al año siguiente, Kikuko, que no había perdido el interés por su muñeca, empezó a encontrarse mal. "Tal vez sea un catarro sin importancia", pensaba su madre. Así pasaron los días, entre remedios naturales y paños de agua fría, pues la fiebre empezaba a invadir el organismo de la criatura. A buen seguro que era cuestión de sudar en la cama para expulsar el virus o lo que fuese que estaba haciendo mal.

Cuando dormía, Kikuko ponía a Okiku a su lado, sobre la almohada, como durmiendo juntas. Compartían sueños y cuentos, pero las horas de la enfermita empezaban a acortarse. Menguaba su respiración con cada suspiro roto que brotaba de la garganta. En efecto, Kikuko, con tan solo tres añitos, estaba muriéndose. El único esfuerzo lo invertía en abrazar como podía a su amiga de porcelana. "Tengo miedo de perderte. Quiero estar contigo aunque me muera", susurraba la nena a través un hilo de voz cuando todos dormían y solo la noche y el crujir de los árboles se encargaban de perturbar el silencio de la villa.




La muerte blanca

La familia al completo se reunía alrededor del futón, contemplando, no sin preocupación, cómo se iba acabando la vida de la joven. Era inminente el desenlace, pero por más que imaginaban, ninguno de los allí presentes podía prepararse para lo que estaba por venir. "Te vamos a extrañar, cariño", se oía en la habitación. No había respuesta, por supuesto, de esos labios resecos, con diminutos pellejitos. La piel de Kikuko adquiría un tono blanquecino, casi idéntico al de la muñeca. Cuando dejó de respirar, rezaron por su alma.

No fue una situación fácil, como es de entender. Dieron sepultura a Kikuko y quemaron sus pertenencias para purificar el pasado y no volver a pasar por lo mismo. En realidad no todo fue a parar al fuego. Eikichi, el hermano, saltándose la tradición, prefirió quedarse con la muñeca como único recuerdo de su ya desaparecida hermanita. "Es lo que me ayuda a mantenerla viva", trataba de justificarse ante los que le obligaban a deshacerse de ella.

Pelo creciente

Okiku, con su kimono y su pelo, permaneció durante largo tiempo en una estantería. Miraba al frente, inerte, quieta, fría y sin recibir el cariño de nadie. El único contacto que recibía era el de la mano de la mamá, que buscaba limpiar el polvo acumulado, pero poco más.

Un buen día, ya con el duelo superado, la mujer se encontró con una novedad, pero prefirió buscarle una razón: "Serán cosas mías", pensó. Lo que llamó la atención de la progenitora era el cabello de la muñeca, más largo que de costumbre. "No… No le puede estar creciendo la melena. ¡Si es una muñeca!". Creía estar cayendo en la locura, pero no le hicieron falta demasiadas pruebas para comprobar, al final, que la longitud del pelo de Okiku no era la misma y que cada poco, de manera ligera, llegaba más debajo de su diminuto vestido típico nipón. En un acto de amor –si era eso lo que movía a la ama de casa a buscar unas tijeras-, recortaba el pelo, creyendo que el espíritu de su hija Kikuko habitaba en Okiku.

En busca de una respuesta

Así pasaron los años, creciendo unos y envejeciendo otros, menos Okiku, que no ponía fin a su crecimiento capilar. En 1938, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, la familia, cansada, se mudó a la isla rusa de Sajalín, no muy lejos de Hokkaidô, Japón. Al hacer las maletas pensaron en que iba siendo hora de dejar atrás los recuerdos, así que idearon modos dispares para abandonar la muñeca, supuestamente poseída por la hija. Después de todo, creían en un más allá y no tuvieron los arrestos suficientes para dejarla allí tirada, a merced de la suerte.

El mejor modo de rendirle culto sin ofender al espíritu de Kikuko era entregando el pelele al sacerdote del templo Mannenji, en la ciudad de Iwamizawa, en Japón, donde sigue exponiéndose a día de hoy, dentro de una caja, en un altar. Los encargados del centro religioso se ocupan de cortarle el pelo a la muñeca con sumo cuidado, fotografiando cada cambio para dejar patente que dentro de esa figura de porcelana late el fantasma de alguien que no quiso separarse de su bien más preciado en la niñez.




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