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El pintor de Cachus (creepypasta)

EL PINTOR DE CACHUS










En el pequeño pueblo en el que crecí, Cachus, al norte de Lima, en Perú nunca había ocurrido nada trascendente, no hasta ese momento. Yo contaba con 15 años por ese entonces y me aficionaba el arte, especialmente la pintura. Pero no tenía dinero como para estudiar en un instituto así que tenía que aguantarme con las clases de educación plástica del colegio que eran una total basura para mí. Y con la poca instrucción que recibía supe de un profesor retirado el cual había sido un dibujante magistral en su tiempo pero que por presuntos problemas mentales tuvo que dejar la enseñanza y recluirse en una cabaña ubicada en las afueras. Una vieja fotocopia de sus obras llegó a mis manos, y me dejó helado. Tanto por la perfección de la pintura como por la sensación que producía. Era como ver su alma reflejada en esa maravillosa pintura.

Lo decidí, iría a bucarlo y a pedirle que me enseñase lo que sabía, tenía que hacerlo, luego de ver semejante obra maestra no podía no conocerlo. Como por ese entonces mis padres me controlaban con las salidas y esas cosas, y no tenía amigos no me permitirían salir por la tarde para visitar a un viejo loco. Así que me escapé por la noche, con algo de culpa por desobedecer, pero gobernado por el entusiasmo de ver al artista.
Justo esa noche hubo apagón, pero no importaba. Entre sombras corrí durante mucho tiempo y llegué a donde me habían dicho que vivía. La casucha estaba corroída por la humedad. Las ventanas todas tapadas, y la puerta ya podrida ni siquiera tenía cerradura. No me molesté en llamar, temía que se asustara y no me atendiera, entonces entré directamente. Pero apenas di pocos pasos allí dentro oí un grito de horror. Era como el de una niña que pedía ayuda. No supe qué hacer, ¿correr? ¿llamar a la policía? ¿ver qué pasaba? Ni tuve tiempo de razonarlo demasiado porque el grito volvió a sonar, era un verdadero sollozo. Caminé por un estrecho y oscuro pasillo hacia la habitación que tenía la puerta cerrada desde donde provenían los gritos. Empujé la puerta y vi al maestro, al grande, el pintor sentado y trabajando en una pintura. En ella había una niña de piel blanca que lloraba. Lloraba de verdad.
Se dio vuelta diciéndome que me esperaba, y me incluyó en el cuadro que había visto en primer momento. Lo ayudé a terminarlo.






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