El Silbón



El Silbón


Los Llanos, territorio que comprende una gran franja que abarca una parte de la cuenca del Orinoco y se desarrolla de noreste a suroeste cruzando la frontera que existe entre Colombia y Venezuela. El paisaje es pálido debido a la sabana que yace en el lugar. Las hierbas crecen tan alto como un ser humano promedio y mas aún. El clima es subtropical, la humedad es intensa al igual que las precipitaciones que suceden frecuentemente a mitad de año. No se observan muchos animales, tan solo serpientes e insectos es todo lo que se puede notar y es común que sucede debido a la mayoría de su vegetación es de hojas caducas. Esta se compone precisamente por hierbas y arbustos mayormente. No existen grandes diferencias en el terreno, mas bien su textura es uniforme y no existen muchas elevaciones por lo que es una gran llanura que es ampliamente explotada por corporaciones petroleras y para suelo de ganadería. Pero existen zonas que ni siquiera son visitadas. Nada, ni siquiera una leve evidencia de humanidad se ha internado por esos lugares casi vírgenes. Sin embargo, una estancia abandonada ocupa una porción de esas zonas que la soledad tomó. Allí, a lo lejos, están las montañas del silencio. Un silencio tan intenso que se asentó en los Llanos. Los árboles se quedan quietos, el viento cesa y los ríos se estancan porque de ellos brota la más profunda soledad. El sol baña de su luz todas las tardes mientras que la Luna se asemeja en ocasiones por las noches atisbadas y frías en los que la lejanía se fusiona con lo cercano haciéndose uno solo. Es por estos momentos que los lugareños no se atreven a cruzar estos páramos ni de día o de noche. La razón de ello es el respeto que le tienen a una leyenda de hace tiempo ya, pero nada detiene a la curiosidad de pocos se ellos a los que hasta con correas los han amarrado para que no toquen siquiera el lugar maldito.



Solamente se conoce vagamente la figura de una persona que se atrevió pasar mas allá de uno de los cruceros que conducían al terreno desconocido de los Llanos. Iba con una cámara que yacía sola por el alba del 4 de Julio. Al ser inspeccionado el lugar por 3 jóvenes hallaron tan solo una costilla y una parte de fémur cortada de una manera sofisticada junto a una cruz corroída.

La cámara esperaba ser revisaba allí, latente, en espera de develar el misterio que tanto azotaba a los Llanos. La policía de allí ya conocía la leyenda que ganó reputación entre los habitantes del páramo y a escala global. No era un juego. Es por eso que se secuestró aquella grabadora que inmortalizó el hecho.

Resulta, que en medio de la penumbra, un joven llamado Armando Valencia se aventuró por los prados silvestres en los que aquella cosa esperaba impaciente su nueva víctima. El hombre, fue grabando con gran tranquilidad según mostraron los rollos. Su aspecto era pálido y sus ojos eran color café, en una escala entre marrón suave y miel oscura. Era alto, parecía medir casi 2 metros y era delgado. Miraba cada minuto por diferentes lados mientras hacía pausas. El silencio colmaba la situación como una interrupción molesta y aterradora. Ni grillos o cigarras siquiera comenzaban a entonar sus llamados, por lo que al hombre lo exasperó.



En tres cantos de gallo que aparecieron por lo lejos, una lluvia, una pequeña brizna, se posó de manera suave sobre los grandes pastos del ambiente. El hombre, Armando, demostraba una actitud pacífica sobre todo y parecía saber a lo que estaba a punto de presenciar. La Luna, estaba oculta como un cazador lo hace sobre su presa, y el terreno colindante se iba elevando de a ratos. El hombre seguía grabando incluso con entusiasmo, cada poco tiempo enfocaba a las estrellas y a su rostro, que era bastante peculiar.
Como lo que señalaba en su brazo, eran las 2 de la madrugada y el hombre decidía avanzar. El contaba la leyenda de manera clara y corta sobre un ser que fue maldecido por un crimen que cometió contra su padre. Sin dudas, esta historia no le prohibió seguir dando un paso adelante por lo que no se quedó quieto o volvió a su lugar de origen, parecía estar decidido en lo que hacía y la inseguridad no lo perturbaba. El estaba seguro de que aquella historia, lejana de la actualidad, no era en ningún momento verdad mientras que alzaba una cruz, de plata, en dirección al norte. La cruz brillaba con la luz que la Luna ya desoculta iluminaba mientras sus rezos se vieron incomodados por el crudo silencio de la noche. A cada paso que daba sentía una pequeña brisa que corría en sus orejas y le helaba la sangre. Así se sentía Armando mientras pasaba por los prados secos. Por una creciente ondulación, el hombre se atrevió a bajar por una especie de río que se formaba entre aquellos montes contiguos. Las estrellas firmes en su posición parecían relámpagos en el velo de la noche con sus pulsaciones incesantes que eran emanandos con gran sutileza. El cielo yacía pintado de diferentes tonos azules que contrastaban con el color del páramo.

El hombre, en su paso por el monte rompió una rama, señal que liberó un sonido, un silbido tan fuerte que aturdió sus sentidos. El hombre se descompuso y de inmediato retomo un ritmo más rápido.



Eran las 3 y media cuando el hombre decidió correr debido al gran susto que aumentaba con creces. Sabía muy bien a que se parecía y su irritante chillido lo convenció de ser lo que estaba buscando tratando en un esfuerzo grande para demostrar que aquella cosa no existía y su historia no sea más que un simple relato. Pero no sucedió y ahora él yacía cruzando los montes impenetrables al borde del estrecho río que mojaba sus botas. Era aquí donde el silbido comenzaba a hacerse cada vez menos intenso, y según la magnitud de este que se iba achicando y ese silbido, antes fuerte, se fue haciendo más suave hasta casi ser imperceptible para escucharlo. En ese entonces, el hombre seco su sudor de la frente con un paño que tenía guardado en un bolsillo y haciendo ademán de estar aliviado miró su reloj que justo marcaban las cuatro y treinta y tres de la mañana. Así que un suspiro y oyendo los vestigios que aquél sonido desmesurado y que ahora se convertían en suaves tonos armónicos encendió un cigarro y agarró fuerte la cruz de metal que tenía colgada en su collar recabo ante pies de su dios:



-Dios protégeme de las heridas que me causen estos demonios.-
-Tú sabes bien, que necesito un consuelo. Me aventuré a los Llanos para demostrar la inexistencia del silbón y ahora me encuentro rogándote para que me protejas con tu amor.-
-Porque yo te soy un fiel seguidor y soy capaz de predicar tus sabias palabras.- Dicho esto, una pequeña pausa inició.
-Tengo miedo señor, necesito que me respaldes en esto. Que tu furia se desate contra estos demonios que vienen a injuriar tu nombre y a burlarse de tu bondad.- Se oye un sonido leve que luego cesa con una pausa.
-Por eso te pid… que…- El canto de un ave lo retiene.

Al terminar su pedido, Armando hizo otra breve pausa y sujeto su cruz con fuerzas mientras un sonido tenue, sigiloso silbido, comienza a volver a escucharse. En ese momento, Armando con fuerzas hace sus oraciones mientras el silbido avanza tranquilamente.

-Ayúdame!! Por favor!! Ayúdame a superar esto.- Esboza con desesperación mientras sus piernas tambalean hasta no responder del susto.
-No puedo caminar, te pido que me ayudes!!.- Rompiendo en llantos tan profundos que la naturaleza guardará en secretos.
-No lo tolero!! Porqué estoy aquí!!?? Ayudaaa!- La desesperación por no poder mover las piernas se hace considerable.

El hombre trataba de escaparse de aquella situación desdichada que lo atacaba sin piedad. No podía moverse, hecho que no le parecía normal. Poco a poco iba acercándose al suelo y un sacudón extraño hizo que la cámara se caiga a 3 metros de su posición por lo cuál no llegó a tomarla. El silbido se hacía más y más leve y armónico mientras el hombre, sollozaba.

-No te acerques! No me hagas daño por favor.- Dicho esto, Armando notó como una sutil línea roja comenzaba por su dedo pulgar y se dirigía suavemente, recorriendo sus antebrazos y sus pectorales. El joven estaba impaciente porque no sabía lo que le estaba aconteciendo. El solo sentía como si el filo de una hoja estuviera rozando su piel pero no cortando. Finalmente, aquella línea roja se detuvo en sus ingles. De a poco, su piel se iba despegando de su cuerpo. Sus pectorales, su pecho, su rostro y su ingle sobre todo, se iban cubriendo de continua sangre y su piel, como si fuera un saco iba saliéndose a modo lento convirtiendo aquella apariencia rosada de su piel en una cubierta al rojo vivo. Toda su capa dérmica se fue abriendo de par en par como si fuera manteca, hasta la parte que contenía sus ojos, en ese momento fue arrancada con extrema violencia. Sus gritos, eran tan fuertes, que muchos habitantes del lugar lograron escuchar los potentes ruidos que emitía el desafortunado. Sus manos, despedazadas, hechas un despojo de carne y hueso, trataron de aferrarse a la cruz que el desdichado poseía en el cuello, llenando su boca de las más profundas y conmovedoras oraciones a Dios pidiendo incansablemente, ayuda.

Esto es todo lo que la cámara pudo capturar, y es necesario aclarar que en ningún momento se vio una figura más que la del propio Armando que al finalizar el corte de su piel, su cámara automáticamente fue apagada. Nada más de esto se pudo saber, a excepción de la forma de algo, lo que parece ser una mano humana tapando el lente de la grabadora. Sus restos, ahora descansan en un cementerio del lugar con el epitafio:

"Aquí yace Armando Valencia. Muerto por causas desconocidas en el interior de los Llanos"