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En la pared (cuento propio: primera parte)

Este cuento puede ser considerado demasiado violento o explícito para algunos, por lo que dejo a su consideración, leerlo o no. Sin embargo, al no contener ninguna imagen que haga referencia directa a los hechos narrados, no viola el protocolo de Taringa!




EN LA PARED

-Primera parte-

I. El asesino de la Cruz.


-I-

Sin duda alguna ése fue el caso más difícil que me tocó afrontar en mi vida como policía. Todo empezó hace sólo un par de semanas en un hotel muy lujoso de la ciudad. Como siempre este tipo de cosas les pasan a las personas que menos se lo esperan, es decir, a cualquiera. O al menos no creo que una camarera que ingresa a una habitación aparentemente desocupada para realizar sus labores cotidianas, pudiera esperar encontrar además de un cuarto en desorden, una cama completamente manchada de sangre y por encima de ésta el cuerpo de un hombre, no mayor de cincuenta años, desnudo y sin genitales, clavado en forma de cruz, sujeto al techo con una especie de alambre que le ha ido cortando muy lentamente la carne, pero no lo deja caer, y con los intestinos colgándole.

No... Imposible… Realmente quién podría imaginarse encontrar semejante escenario con sólo abrir una puerta. Por supuesto que la camarera nunca estuvo bajo sospecha. ¿Cómo podría esa joven de menos de veinte años, con cincuenta kilos (o menos) de peso, hacer algo así sin dejar una sola huella que la incriminara? Lo único que la vinculaba con el caso era que el crimen sucedió en el mismo hotel en el que ella trabajaba, además de que el vómito que encontramos en el suelo de la habitación sí era suyo.

El que la camarera volviera el estómago justo en la escena del crimen fue una ventaja, porque si hubiera utilizado el retrete nos hubiera costado mucho más trabajo notar que en el agua del mismo, flotaban la lengua, el pene y los testículos de la víctima. Por supuesto que era notorio la ausencia del los genitales en el cuerpo encontrado, pero percatarnos de que también había sido extraída la lengua nos hubiera tomado un poco más de tiempo, porque sus labios estaban cocidos con el mismo tipo de alambre que lo mantenía atado al techo.

Estudios más profundos nos revelaron que los órganos no fueron cortados por ningún utensilio quirúrgico o algún tipo de navaja. Más bien, y tomando en cuenta el tipo de desgarre encontrado, fueron arrancados… tal vez manualmente. Era difícil de precisarlo, puesto que no se localizó ninguna marca en ellos, además de que estaban un poco hinchados y dañados, pero por el agua clorada del excusado.

También se pudo determinar que la lengua y los genitales no fueron los únicos órganos que fueron sustraídos del cuerpo, pues el asesino o asesinos se habían llevado también los ojos. Y una cosa más, la sangre encontrada sobre la cama y en las ligeras huellas de cicatrización, tanto en las cuencas oculares, como en la boca, las ingles y área abdominal, nos revelaron que la víctima no murió al instante, sino varios minutos después (o quizás horas) de que se le sujetara al techo y fuera mutilado.

Lo principal era averiguar quién era la víctima, porque a partir de eso podríamos plantearnos las distintas hipótesis sobre el móvil del crimen. Hasta entonces no ganábamos nada especulando qué sentido o tipo de mensaje se podría estar mandando al martirizar y matar a una persona de esa manera. Porque era obvio que tenía que haber algo más. ¿Quién se tomaría tantas molestias en preparar un escenario como éste sólo porque si? Era demasiado para ser sólo una distracción.

La duda rondaba en nuestras cabezas, pero una vez que conocimos la identidad de la víctima, la incertidumbre no disminuyó, porque se trataba de un sacerdote. ¿Quién pudo atreverse a hacer semejante cosa y actuar con tanta saña contra él? ¿Quién podría ser capaz de hacer algo así sin dejar una sola huella? Aunque por otro lado ¿Qué hacía un hombre que juró humildad y pobreza en un hotel como ése?

-II-

El alambre con el que estaba sujeto el cuerpo al techo era otro callejón sin salida. No era acero común, parecía quirúrgico, pero resultó ser una especie de tejido de algodón, hierro y un material que no logramos determinar del todo. Además, no parecía provenir de fábrica, debido a su acabado rústico y diferencias estructurales entre una muestra y otra del mismo tramo. Haciendo a un lado el origen y composición, lo que más nos inquietaba era la manera en que se encontraba sujeto al techo. Parecía como si el tejido procediera de la propia estructura del edificio.

El alambre era filoso como un bisturí. El sólo hecho de que uno de mis compañeros tocara el cuerpo de la víctima para evitar que cayera en pedazos, era suficiente para que él mismo terminara con cortaduras, aún utilizando guantes protectores. ¿Cómo es que alguien o un grupo de personas pudieron colgar a un ser humano de esa manera y con ese material, sin terminar con sus propias manos destrozadas? Tal vez el cuerpo no fue sujeto al techo manualmente, quizás se utilizó algún tipo de máquina o algo. Pero el caso es que no dejaron ninguna evidencia que nos pudiera indicar cómo ocurrieron las cosas.

Desesperados, la teniente adjunta al caso sugirió empezar con lo básico. Se retiró la cama y cuatro policías extendieron una cobija a unos veinte centímetros por debajo del cuerpo. Entonces ella tomó unas tijeras, de entre los utensilios del forense, y se las dio a un oficial, pidiéndole que intentara cortar uno de los hilos de alambre muy cuidadosamente. Él acató las indicaciones y cortó tímidamente un extremo. El alambre dio de sí como un simple cordel, pero reaccionó como látigo y alcanzó a rebanar la cobija como si fuera un trozo de papel, por lo que se desechó la misma, se sustituyó por tres más, acomodadas una sobre otra, y se extendió a un metro por debajo de la víctima.

El oficial siguió cortando y el alambre fue cediendo como si fuera de nylon, poco a poco hasta que sólo quedaban unas cuantas ataduras en los hombros, rodillas y cabeza. Fue entonces que el cuerpo no pudo soportar más la presión y se desplomó sobre las cobijas, ya sin brazos y cabeza, sólo colgado de las rodillas, que para entonces ya estaban rotas. Los forenses no quedaron muy complacidos con el resultado, pero por lo menos se logró liberar al cuerpo de las ataduras. ¿Quién hubiera pensado que ese material tan filoso como una navaja, cediera de esa manera frente a unas simples tijeras? Por suerte ninguno de nosotros salió severamente lastimado.













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