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Frasco de almas

Jazmín y Freddy eran unos niños muy alborotados, corrían por la casa de sus abuelos intentando recrear un acto de “policías y ladrones”. Aunque no lo pareciera, la encantadora Jazmín, una niña agraciada y de largo pelo castaño, era la que siempre convencía a Freddy de hacer travesuras, que normalmente acababan en una regañada hacia Freddy de parte de sus padres.
Un día de visita a la casa de sus abuelos, los padres de Jazmín y Freddy los dejaron jugando en el patio con la advertencia de “portarse bien”, lo que traducían como “no rompan nada”. Los niños desplegaban todas sus energías a lo largo de la inmensa casa de sus abuelos, metiéndose a todas las habitaciones y lugares donde sólo un niño de pequeño tamaño podría entrar. Fue así como ambos terminaron metiéndose al sótano de sus abuelos, que antes encontraban tenebroso.
En ese polvoriento lugar hallaron reliquias propiamente dichas. Encontraron muchas valijas de oro, ídolos brillantes, incluso muchas monedas de diferentes países y de diferentes épocas. Mientras rebuscaban más el lugar, Jazmín encontró un curioso frasco transparente cerca de lo que parecía ser una cabeza de mono. El frasco transparente tenía letras en japonés escritas con tinta roja. Freddy, precavido como siempre, le dijo a Jazmín que lo devolviera antes de que lo rompiera y como siempre pasaba, le echaran la culpa a él.
Por su parte, Jazmín no lo encontraba muy interesante que digamos, el frasco parecía estar vacío por dentro, a pesar del ligero peso que tenía. Entonces sin percatarse, el frasco se le resbaló de sus pequeñas manos, rompiéndose en el suelo por completo. Freddy llegó a ver cómo un polvo blanco se esparcía por el suelo y empezaba a deslizarse por el sótano.
Ambos niños decidieron perseguir aquel polvo para no levantar sospechas de la travesura que habían realizado. Al verse acorralado, el polvo se deslizó fugazmente hacia la boca de Jazmín, quien se atoró con el mismo y se lanzó al suelo tosiendo aquel extraño polvo. Freddy llamó rápidamente a sus padres para que auxiliaran a su pequeña hermana; así pues todos, incluyendo sus abuelos, la llevaron al hospital más cercano al ver que tenía problemas para recobrar el conocimiento.
Los doctores asumieron que el polvo que ingirió Jazmín debió de haber sido tóxico o dañino. Aunque el frasco estaba en la casa de sus abuelos, ellos juraron no saber de éste; es más, la mayoría de las cosas de aquel sótano eran reliquias que había heredado el abuelo de la familia de un viejo amigo suyo, que era japonés de descendencia. Freddy tuvo que soportar semanas de no ver a su hermana, jugar solo en casa y siempre estar con la curiosidad e intriga presente en su pequeña cabeza.
Empezó a ver constantemente a sus padres llorar, incluso escuchaba peleas en la noche referidas a su hermana. Después de muchos intentos por visitarla, y ante muchas lágrimas que Freddy derramó en su ruego por ver a su hermana, sus padres accedieron a llevarlo, pero sólo por unos minutos. Según sus padres, Jazmín había cambiado “un poco”. Freddy sabía que algo le había pasado. Al llegar al hospital, vio a su hermana echada en la cama en un estado muy deteriorado.
Estaba pálida y muy delgada, casi irreconocible, pero lo que más lo sorprendió fue ver que su vientre estaba completamente hinchado. Sus padres lo sacaron de ahí, pero Freddy quería hablar con su hermana. El padre le dijo que ella no era la misma y que no era conveniente, pero Freddy empezó a discutir sus razones y expresar que era su hermana y que tenía el derecho de hablar con ella. Entonces su padre lo acompañó. Freddy miró con algo de temor a su hermana ahora inexplicablemente embarazada, y la saludó. Al principio creyó que ésta no lo había escuchado, pero luego se volteó y le dijo unas palabras que ni él ni su padre entendieron.
El camino a casa se extendió por la pelea que tenían los padres de Freddy. El idioma que Jazmín habían hablado era claramente japonés, algo inusual en una niña que ni si quiera manejaba por completo su propia lengua española. Freddy escuchaba diariamente a sus padres hablar de hacer que un cura viera a Jazmín, pero era siempre el padre quien se negaba. Normalmente esas peleas terminaban con su madre llorando y su padre saliendo a dormir a otro lugar.
Las visitas de Freddy eran casi diarias, sus padres ya le habían permitido ir a ver a su hermana con total libertad. El vientre de Jazmín estaba cada vez más hinchado, cosa que asustaba mucho a su pequeño hermano, el que a pesar de no entender las palabras de su hermana, le contaba cuentos y hasta las travesuras que hacía en el colegio esperando a que por lo menos ella sí lo entendiera a él. Jazmín seguía hablando en otro idioma, y constantemente tenía ataques de pánico.
Muchas veces se levantaba gritando frases en japonés y miraba al cielo con terror, terminando por acurrucarse en el rincón de la habitación cubierta por la bandeja de comida que se le llevaba. Ya se había vuelto una rutina. Los doctores creyeron que la mejor medida sería llevarla a un centro en donde la pudieran tratar mejor, propuesta que sólo hizo enojar a los padres.
Jazmín terminó por volver a su casa por decisión de sus padres, a pesar de las recomendaciones médicas. La pequeña se veía más delgada y mostraba siempre esa paranoia. Salía a altas horas de la noche sólo para contemplar el cielo y pasar aproximadamente una hora sollozando en el suelo. Muchas veces intentaba comunicarse con su hermano, jalándolo y diciéndole en palabras incomprensibles para él algo con una expresión de terror. Se lo decía y señalaba al cielo, lo agitaba con fuerza; pero era inútil, su pequeño hermano no podía entender lo que le quería decir.
Fue una mañana de octubre que Freddy se levantó por los gritos de sus padres. Al parecer Jazmín iba a dar a luz. Fueron los cuatro rápidamente al hospital para atenderla, Jazmín se retorcía de dolor mientras se tocaba el bulto que tenía en el vientre. Freddy y sus padres esperaron afuera de la sala del hospital mientras los doctores se hacían cargo del estado de la niña.
Finalmente, el doctor encargado del parto salió con una expresión seria, y llamó a los padres de Freddy. La madre se llevó una mano a la boca al escuchar lo que el doctor le decía; el padre sólo cerraba los ojos con lo que parecía ser una expresión de dolor. Freddy no entendía lo que pasaba, por lo que sumergido en su curiosidad, entró al lugar en donde estaba su hermana, aprovechando su escurridiza habilidad.
Su hermana reposaba, dormía plácidamente, seguro a causa del doloroso parto, y aun así no había bebé alguno. Freddy sólo llegó a ver un historial encima de la mesa que al parecer acababa de ser llenado por el doctor. Con mucha cautela se lo llevó y salió de la sala. De camino a casa, sus padres no comentaron ni una sola palabra; sea lo que hubiese sucedido, no fue nada grato para ellos. Al llegar a casa, Freddy corrió a su habitación para leer lo que el expediente clínico decía sobre su hermana. Entonces comprendió lo que sucedía por medio de las lecturas que tenía en sus manos.
El bebé de su hermana había nacido muerto. De hecho, según el historial clínico había muerto desde que estaba en el vientre de su hermana, pero no le pudieron practicar un aborto por su deteriorada salud, mucho menos una cesárea. El parto agravó su mala condición y se quedaría, según el reporte, internada hasta conseguir buenos resultados.
Casi al final de los apuntes encontró un curioso texto escrito por el doctor que explicaba la condición del bebé muerto. Éste, por alguna extraña razón, presentaba quemaduras y amputaciones en su pequeño cuerpo. Todo cabía indicar que esas heridas habían sido provocadas por fuego, más específicamente, un bombardeo.
Según el doctor, este tipo de resultados no se veían desde la Segunda Guerra Mundial.

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