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Infectados Entrada 16

ENTRADA 16: El Éxodo.


“Nacerá un genio, un adelantado a su tiempo, uno de esos elegidos cuyo brillo eclipsará al de sus congéneres como la luz diurna a la llama de un candil de aceite. Este hombre crecerá, se empapará con el conocimiento y lo usará para avanzar en su utopía. Pero su vanidad será aún mayor que su intelecto y terminará buscando la forma de resolver lo irresoluble, dominar lo indomable y poner punto y final a lo que siempre ha sido así. Su propio mundo se desmoronará a causa de sus actos y elecciones.”
Italia 1977.


La avenida era el escenario de la tragedia y las personas los actores, ignorantes de lo que se avecinaba. Cientos de automóviles se arremolinaban intentando llegar a la autopista AP-7 o a la carretera nacional 332, las salidas lógicas de la ciudad. Los antidisturbios y los militares habían montado un fuerte dispositivo de contención y retenían a cientos de personas impidiéndoles el paso. La tensión crecía por momentos y cada vez era mayor el número de gente que se agolpaba frente al control exigiendo salir. Había familias enteras con maletas, bolsos y mascotas, hombres, mujeres, niños, ancianos...

Las autoridades por fin habían autorizado la evacuación, pero el proceso era lento en demasía. Cada persona pasaba de una en una por unas tiendas de campaña donde les hacían un reconocimiento médico exhaustivo, si presentaban síntomas extraños se los llevaban en camiones rápidamente, la gran mayoría de los que parecían sanos eran escoltados hasta unos autobuses que no los iba a llevar precisamente a sus casas.

El drama humano de familias separándose o de personas aisladas y llevadas a la fuerza a los camiones parecía salido de una película de guerra. El detonante del caos fue la aparición de un grupo de infectados que llegaron en tropel desde una calle cercana que supuestamente debería haber estado protegida por un grupo de hombres armados.

Confusos, asustados y sorprendidos los soldados del cordón de seguridad y los de la zona medica abrieron fuego contra los primeros seres que se les abalanzaban, pero una vez desatado el pánico era imposible distinguir sanos de infectados y rápidamente, de forma exponencial, comenzaron a aparecer más y más individuos que atacaban y mordían a quien tuvieran por delante. El asfalto se tiñó de sangre.

Mientras tanto, en la parte opuesta de la ciudad, un furgón rodaba veloz hacia el sur seguido de un turismo granate.

-¡Joder esas cosas están por todas partes!- Exclama Coletilla mirando por la ventana.

-Esto es horrible, hay que salir de aquí cuanto antes. -Le contesto sin quitar la vista de la calzada.

Seguimos circulando paralelos a la playa, desde que hemos cruzado la avenida central hemos podido avanzar sin parar, sorteando algunos coches de vez en cuando. La fisonomía de la calle va cambiando poco a poco y los edificios no son tal altos y espectaculares, se nota que tienen más años, estamos en la parte vieja de la ciudad y todo el mundo que encontramos conduce en dirección opuesta, espero que no vayamos por mal camino.

Otra vez, una de esas cosas corre detrás de nosotros. Putos bichos no se cansan. Miro desconfiado por el espejo, se que no puede alcanzarnos pero no puedo evitarlo, tengo que asegurarme. Por fin, al final de la calle se ve la depuradora. Aquí las casas son solo de una o dos plantas y no parecen muy arregladas, carecen del glamour del centro y la parte turística. Pasamos por delante de una verdulería con la persiana bajada, al fondo se ven dos coches de la guardia civil atravesados y varios turismos parados.

El walkie suena y Ángela nos dice que no hay otro camino, tenemos que pasar por ahí. Trago saliva, es imposible que nos dejen pasar, y además llevamos un vehículo militar robado, puede que nos detengan o algo… bueno al menos nos sacarán de este sitio.

Ya preparaba mil excusas, razones y motivos para replicar cuando nos dieran el alto, estaba tan enfrascado en esos pensamientos que no me di cuenta hasta que estábamos casi encima. El control estaba desierto. No había nadie en los coches, el suelo estaba cubierto de casquillos de bala, aquella gente había tenido jaleo.

Capo confirmó con el walkie que seguiríamos el camino. Los campos de hortalizas y los naranjos decoraban el paisaje a ambos lados del camino que se extendía ante nuestros ojos, más adelante, donde la orografía era más dura, se adivinaba como se extendía un pinar por la falda de las montañas. Esa es la magia de esta zona de la costa mediterránea, mar y montaña vecinos de toda la vida. Metí segunda y pasé despacio entre los coches, alguien había apartado los bloques de hormigón que cerraban el paso, pero la señal de STOP seguía en su sitio original. No éramos los únicos que salían por allí, pero lo que más importaba era que sí que salíamos.
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