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Lluvia de castigo(Editado)

Recuerdo perfectamente el día en el que todo comenzó, como si fuese ayer: volvía del trabajo a casa, a la hora de comer, conduciendo con la cabeza cargada de pensamientos. Ideas acerca de mi tambaleante relación con Esther. En las últimas semanas la tensión entre nosotros había ido creciendo hasta llevarnos casi a un punto de ruptura. ¿Y por qué? Por mi negativa a ser padre. Desde siempre, desde el primer momento de la relación, le dejé claro que jamás traería un hijo, mi ser más querido, a este mundo de mierda. Y ella estuvo de acuerdo, pensaba igual que yo; pero han pasado muchos años desde entonces y todos hemos cambiado, madurado en un sentido u otro. Ahora, activado repentinamente como un resorte, su instinto maternal lo impregna todo. Ser madre es su mayor deseo y yo no soy quién para arrebatarle ese derecho; de igual forma que ella no puede negarme el mío a no serlo. Así estaban las cosas.
Estacioné el coche junto al parque donde solía hacerlo todos los días y salí para dirigirme a casa. Envuelto en mi asumido fatalismo, caminaba con desgana por la acera cuando escuché un fuerte golpe a mis espaldas. Sobresaltado, me giré de inmediato, y no tardé en descubrir que había sido el capó de mi coche el que lo había recibido. Presentaba una abolladura notable en su centro, se había saltado la pintura. La sorpresa fue cediendo el paso a la rabia; miré frenético por todos lados buscando culpables. En unos segundos me percaté de lo que había golpeado mi coche: era un fémur humano, tirado junto a la puerta del conductor.
Pestañeé varias veces sin poder creerlo. ¿De verdad era un fémur?
Me agaché para poder verlo más de cerca y, cuanto más aproximaba la cara, más evidente resultaba que, en efecto, así era. Amarillento, de aspecto rancio y como corroído… sólo podía ser lo que parecía. De nuevo miré frenético alrededor, esta vez temiendo por mi propia vida —¿quién podría haberme lanzado un hueso humano?—. Pero no vi ni escuché a nadie. Tampoco había ningún edificio, ningún sitio de donde lanzar el hueso y esconderse con facilidad; el espacio era demasiado abierto en torno a mí… y eso me asustó aún más.
Marqué atropelladamente el número de la policía y les conté como pude lo que acababa de ocurrirme. Temí que no me creyesen, que se riesen o mosqueasen conmigo. Pero no; tras tomarme los datos el agente al otro lado me dijo que estarían ahí en minutos. Así fue. Del coche patrulla se bajaron cuatro agentes, dos de ellos vestían trajes blancos de esterilización y pronto comenzaron a sacar fotografías, tomar muestras de la pintura, de alrededor del hueso… mientras los otros dos me tomaban una declaración rápida. Todo me resultó extremadamente fugaz, casi irreal, supongo que a causa de mi enorme confusión. Cuando terminaron conmigo volvieron a su coche, deprisa, tanto… que apenas sí tuve tiempo de preguntarles qué podía significar todo esto. El conductor me dirigió una mirada comprensiva antes de despedirse con una frase que explicaba en parte su urgencia pero que me dejó aún peor de lo que ya me encontraba: «Están cayendo por todas partes».
Iba subiendo por las escaleras, pensando en lo que iba a decirle a Esther para explicar mi tardanza. Mis palabras sonarían como una excusa pueril, estúpida, ridícula. ¿Sabes qué, Esther? Me acaba de caer un fémur humano en el coche y me lo ha abollado. He tenido que llamar a la policía y… ya me imaginaba la cara que me iba a poner. Pensaría que me estaba burlando de ella y de todo su árbol genealógico, intentando ocultar quién sabe qué cosa imbécil, impropia de un hombre adulto y maduro.
Entré en el piso tragando saliva, dirigiéndome hacia el salón por el pasillo como si éste se hubiese transformado en mi corredor de la muerte particular.
—Buenas —dije. Ella estaba viendo la televisión.
—Hola —susurró, sin mirarme.
—No te vas a creer lo que me… —comencé, pero ella me mandó callar con un rápido gesto del índice sobre los labios. Estaba absorta con lo que decían en las noticias. Así que guardé silencio y, curioso por saber qué le causaba tanto interés, yo también presté atención a la pantalla.
Lo que estaban diciendo era que por todos los países del mundo, por zonas rurales y urbanas, dispersos pero no escasos, estaban lloviendo huesos humanos. Cráneos, húmeros, costillas, fémures, tibias… Lloviendo huesos humanos. Eso fue justo lo que dijeron.
Las imágenes mostraban a personas junto a los huesos caídos explicando lo que habían vivido, videos de baja calidad tomados con móviles siguiendo el descenso desde los cielos de un hueso girando sobre sí mismo. Los destrozos causados por algunos en distintos elementos de la ciudad. Escenas de ataques de pánico. Niños llorando al ver a sus madres llorar.
Sin darme cuenta, yo también estaba temblando.
 
2
 
Me envolvió la sensación, la absoluta certeza, de estar viviendo un hecho extraordinario; algo que ocurría por primera vez en la historia del mundo. Como el rumor de la Tierra que precede y anuncia la llegada de un terremoto devastador, una profunda zozobra comenzó a crecer en mi interior, intuyendo que esto era solamente el macabro preludio del terror inimaginable que se cernía sobre nosotros. A mi lado, Esther susurraba frases de incredulidad ante lo que escuchaba y veía en la pantalla.
—Esto tiene toda la pinta de ser un acto terrorista, algo de guerra psicológica como en la antigüedad, cuando se catapultaban cabezas y cadáveres por encima de las murallas de los asediados. —Empecé también a pensar en voz alta, creo que para evitar que la tensión me reventase por dentro. Dar una explicación lógica a algo que no aparentaba visos de tenerla en modo alguno.
—Pues yo creo que esto tiene que ser obra de Dios… o del Diablo —dijo ella, casi en un lamento.
Esther siempre ha sido una fiel creyente, circunstancia que motivó durante años interesantes conversaciones y alguna que otra discusión al ir pendulando yo entre un humilde agnosticismo y el ateísmo más radical, según la época y mi necesidad de apoyo espiritual para poder sobrellevar la vida. Desde hace tiempo creo que Dios ya no cuenta conmigo para su lista de elegidos.
—No. Existen muchas otras razones más sencillas y verosímiles que habría que descartar antes de que pudiésemos hablar de la mano de Dios —dije, y ella me miró alzando una ceja—. Podría ser una manipulación más, orquestada por los gobiernos y sus medios de comunicación —en este momento recordé la abolladura de mi coche, pero proseguí—, o algún extraño fenómeno dentro de las leyes de la naturaleza. Incluso veo más factible que esto sea la primera fase de una invasión por civilizaciones alienígenas que estén usando nuestras estúpidas y arcaicas creencias contra nuestra estabilidad mental.
—Lo de estúpidas creencias no lo dirás por las mías, ¿verdad?
—No lo digo por ti. Lo digo en general. —Se estaba enfadando.
—Ya, pero yo entro en ese general —bufó—. De momento, tus causas tienen tanta validez como las mías —Sacudió la cabeza en incrédula negación—. ¿Realmente crees que esto está organizado por el hombre?
—Peores cosas se han visto.
—¿Como cuáles?
—Como las Guerras Mundiales, como los auto-atentados para justificar lo injustificable… entre otros muchos horrores caníbales. Siempre nos hemos organizado estupendamente para acabar los unos con los otros.
—Esto… es diferente —Apoyó su pequeña cara sobre una mano, mirando de soslayo al televisor—. Dios está intentando decirnos algo.
Los creyentes no suelen usar la lógica ni el empirismo; niegan de forma natural las evidencias en contra de sus creencias y te culpan cada vez que entras con una luz en la oscuridad, su amada oscuridad. Un creyente es, en esencia, un adorador del misterio, de lo oculto, y lo necesitan como el adicto necesita la sustancia que lo mantiene flotando. Es tan sencillo como eso.
—Pues yo creo —dije suavemente— que referirse a lo sobrenatural es poner de manifiesto que se niega, que no se puede asimilar nuestra naturaleza humana, su faceta perversa, orientada a la maldad. Si Dios quiere decirnos algo… ¿por qué no lo dice claramente y punto?, ¿por qué hay que estar siempre intentando clarificar si el mensaje es X o es Z y, encima, indagar si es Él o no quien lo expresa?
Esther me clavó la mirada, obviamente molesta.
—Muy bien. Imaginemos que vosotros, los escépticos, los incrédulos, estáis en lo cierto. Imaginemos que Dios no existe, que todo es una mierda mecanicista y que el hombre es un gusano hijo de puta capaz de todo con tal de engordar, sobre todo si es a costa de los demás. Supongamos que tenéis razón en todo, pero… ¿por qué os alegráis de que las cosas sean así?, ¿por qué os consideráis más inteligentes, evolucionados, que los creyentes?, ¿de dónde os viene ese aire de superioridad, ese regodeo en la crudeza, esos deseos de destruir las equivocadas creencias de los demás?
—Yo no me considero más inteligente que tú, ni estoy especialmente contento porque las cosas sean así. Pero en la vida pocas cosas hay que causen más daño que una creencia equivocada. Además, sois vosotros los que os sentís moralmente superiores a nosotros, por no hablar de ese paranoico complejo de persecución que ostentáis a la mínima ocasión. Y luego somos nosotros los malos, los diabólicos; pero las religiones han causado más guerras de las que se pueden contar, y la Inquisición se hinchó a quemar a gente viva. Me pregunto qué pensará Dios de todo eso —concluí.
Ella se levantó del sillón con un bufido de cansancio.
—Mira, por lo que a mí respecta, puedes seguir creyendo lo que quieras. Está claro que no nos vamos a persuadir mutuamente ni vamos a sacar nada de esto. Sólo déjame decirte que os veo francamente limitados para aprehender el universo en su grandeza, ciegos a las razones más allá de la Razón, encerrados y orgullosos de estarlo en vuestras trampas lógicas que poco tienen que ver con lo que ocurre ahí fuera.
—Muy bien, Esther, pues peor para mí entonces. Me alegro de que os sintáis queridos por Dios y siendo Uno con el universo. Ojalá yo pudiese también.
Durante unos minutos quedamos en silencio, mirando lo que nos ofrecía el televisor.
—¿Qué crees que debemos hacer? —dijo al fin, ladeando la cabeza para referirse al suceso probablemente más extraño acontecido en la Tierra.
Llevaba un rato pensándolo, así que las palabras fluyeron solas:
—Después de comer, voy a hacer lo que se suele hacer siempre en caso de incertidumbre extrema.
—¿A qué te refieres? —Sus ojos negros me miraron con interés.
—Voy a comprar y traer tanta comida y agua como sea capaz de cargar.
 
3
 
En los días siguientes el mundo estaba en plena ebullición de noticias. Yo iba a mi trabajo y volvía, por todas partes no se hablaba de otra cosa. Los gobiernos al unísono se apresuraron a emitir comunicados tranquilizadores, intentado evitar que el pánico se extendiese en una deriva hacia el terror. Decían básicamente que se trataba de un extrañísimo fenómeno meteorológico en estudio, similar a esas lluvias de piedras o pequeños animales que han quedado recogidas en la historia. Pero por la red numerosos grupos de investigadores independientes ya lo estaban desmintiendo. Y en diferentes partes del mundo, llegaban a dos conclusiones idénticas: los huesos caían desde una altura de cuatro kilómetros, sin importar el punto geográfico donde se recogiese el dato. Estos no caían sólo desde las nubes —como parecían afirmar los gobiernos—, sino que aparecían de la nada, a pleno cielo descubierto, como vomitados por bocas invisibles, pero siempre desde esa línea de los cuatro kilómetros. La segunda conclusión es que las pruebas revelaban que la antigüedad de los huesos en ningún caso era inferior al millón de años.
Por todo el globo se estaban produciendo grandes movimientos sociales, de carácter religioso en especial. Las epifanías y mensajes apocalípticos se sucedían. Las comunas beatíficas vieron crecer el número de sus integrantes de forma espectacular: lo dejaban todo y se iban a los campos a orar, a cantar la Buena Nueva, la segunda llegada del Mesías. Otros grupúsculos sectarios se conformaron de la noche a la mañana, como setas venenosas tras una lluvia tóxica; y ya comenzaban a crear disturbios e incluso casos de suicidio ritual colectivo. Además, la frecuencia de caída de los huesos, lejos de disminuir, estaba aumentando. Era evidente hasta a simple vista; Esther y yo pudimos ver desde la ventana de nuestro salón —que daba al parque y, por lo tanto, permitía una amplia vista sin edificios— caer no menos de tres o cuatro. Nos envolvía una terrible, macabra fascinación: ¿era esto el preludio de nuestra muerte?, ¿el fin de la humanidad?
—Tengo… tengo miedo, Juan —tartamudeó, mientras miraba al exterior—. Toda esta situación me tiene… descolocada. No sé qué pensar, no sé si el mundo se ha trastornado por completo. No sé qué será de nosotros…
—Yo también estoy asustado, cariño —Le cogí la mano—. Todos estamos igual; nadie sabe por qué está ocurriendo esto ni entendemos qué puede significar. Debemos tener paciencia y esperar a que se resuelva, sea lo que sea.
Esther negaba con la cabeza, como resistiéndose a mis bienintencionados pero evidentes intentos de transmitirle tranquilidad. Yo la conocía bien, no era una de esas personas que se dejan persuadir con facilidad, que incluso parecen estar deseándolo. Y nunca le gustó que la tratasen como a una niña pequeña.
—Creo que Dios nos está castigando.
Cuando las cosas pierden sentido, o son duras de asimilar, Dios aparece por la puerta.
—¡Venga ya, Esther! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que tú y yo nos merecemos que nos bombardee con huesos humanos? ¿Qué hemos hecho tan terrible, que no puedo recordar? Aparte de trabajar como cabrones, pagar impuestos y no saltarnos las leyes… ¿tan malos somos? Y los niños, los enfermos, la gente normal que sólo cometen el pecado de querer vivir en paz un día más… ¿también se lo merecen? —Me crucé de brazos, esperando alguna respuesta racional.
—No nos castiga como individuos, sino como especie… Tal vez sólo quiera abrirnos los ojos, que despertemos de una vez.
—Ah, vale… entonces es que es indiscriminado; lo sabe todo de todos pero no diferencia a nadie. Vaya, Esther, pues siento decir que tu Dios no se aleja demasiado de cualquier terrorista, según parece.
Me lanzó una mirada de hierro antes de responderme.
—Juan, haz el favor de no blasfemar con tanta facilidad. Tú sabes perfectamente lo que quiero decir; no tergiverses para atacar gratuitamente.
—No ataco por atacar, Esther, sólo intento desmontar una idea sin base de ninguna clase, bastante ridícula.
—Será ridícula para ti —replicó, como un disparo.
—Además, he notado un cierto respeto en tu voz cuando decías «blasfemar»… No temas su ira; pongamos que tienes razón y que Él existe, ¡ya nos está castigando! ¿Qué más has de temer?
Esther me miró como un niño travieso pillado in fraganti.
—Reconócelo, Juan: tú no creerías en Dios ni aunque lo vieses aparecer entre las nubes. Te gusta demasiado sentirte intelectualmente superior, blandiendo tu lógica como una espada de palabras. Él está por encima de eso. Él lo creó todo, incluyendo tu obcecado cerebro. Y sus designios son inescrutables, por definición.
—De acuerdo, cariño. Yo soy un chulo y un pedante, lo acepto. La mayor dificultad para conversar con alguien de creencias muy arraigadas, como tú, es la poca receptividad a escuchar otras teorías alternativas. Por eso, me gustaría que al menos tomases en consideración esas otras ideas. Seguro que te enriquecen, incluso aunque no fuesen ciertas.
—Yo no soy ninguna fanática, sólo te digo lo que sinceramente creo —Se recogió parte de su melena negra tras la oreja—. Muy bien, imaginémoslo al contrario: tú tienes razón y la mano de Dios no está tras lo que está ocurriendo… dime, ¿qué explicación le encuentras a que lluevan huesos del cielo?
Me gustó que quisiera escucharme.
—Pues verás —comencé—, pienso que debemos partir de dos hipótesis para explicar las causas: la primera, Interna: esto está siendo obra del hombre, de los gobiernos. Una manipulación más para dirigirnos como el inmenso rebaño que somos hacia donde les convenga, como con los ataques de falsa bandera y el fenómeno O.V.N.I. en el pasado. Seguro que pronto nos meten a todos en campos de concentración blindados, dirán que para nuestra «protección», por «seguridad»… eliminando tantos derechos adquiridos… En el fondo, lo que quieren es sacrificar gran parte de sus cabezas de ganado, pues el rebaño se ha vuelto demasiado grande, e incontrolable.
—Eso suena muy conspiranoico, ¿no? —Se sonrió, un tanto burlona—. Muy Nuevo Orden Mundial, Illuminatis… pensaba que tú no creías en esas cosas. —Me guiñó un ojo, devolviéndome la pelota de la «puerilidad de las creencias».
—Y realmente no creo en ello a pies juntillas, pero es una probabilidad que está ahí; ¿por qué habríamos de descartarla? Muchas pruebas son incontestables, y eso no tiene nada que ver con lo que uno cree.
—Habría que ver también quién presenta esas pruebas, cómo y si no es otra manipulación más, a su vez —añadió Esther.
—No te diré que no —le reconocí—; pero que los gobiernos nos engañan y manipulan desde que existen es una obviedad fuera de toda discusión. La segunda hipótesis es Externa, menos probable para mí que la primera, pero tampoco descartable. La lluvia de huesos puede estar causada por entidades no humanas, de fuera de la Tierra o incluso de otras dimensiones…
—¡Ésa sí que es buena! —Esther se carcajeó con ganas, como no lo había hecho desde que empezó la pesadilla—. ¿De otras dimensiones dices? Un poco alucinante, ¿no te parece?
—Sí, claro, pero es otra opción no desdeñable. Los huesos «aparecen» de la nada, a cuatro kilómetros de altura, ¿recuerdas? ¿Eso te parece normal, natural, explicable?
—Suponiendo que lo que dicen sea cierto, no lo olvides.
—De acuerdo, suponiendo que sea así. Fíjate, Esther, ¿te das cuenta de tu resistencia a aceptar esa mera posibilidad? ¿Ves cómo te parece una infantilada propia de las pelis para críos? Tal vez es justo lo que pretenden que creamos, y llevan trabajando en ello muchos años, con buenos resultados, evidentemente. Tu reacción es un claro ejemplo, y seguro que es mayoritaria en la sociedad.
Esther bufó, mordiéndose el labio inferior y negando con los ojos mirando hacia los cielos, como pidiendo fuerzas a su Dios para soportar tantas tonterías.
—Bien, sigamos con tu hipótesis —Parecía divertida—. ¿Y por qué esos seres del espacio exterior no llegan y directamente nos destruyen, nos esclavizan, nos devoran o lo que diablos se suponga que quieren hacer con nosotros? ¿Para qué tantos rodeos? Parece que no es sólo mi Dios el que actúa con claves —Me miró con sorna, ladeando la cabeza, sabedora de su gancho a la barbilla dialéctico.
—Ni tan siquiera te estoy diciendo que yo piense que ésa sea la causa —me defendí—, sólo te pido que valores la hipótesis, la idea… Cuantas más aportemos, más cerca estaremos de…
Esther gritó de repente.
—¡Mira, mira! ¡Ven rápido! —Con los ojos como platos, estaba señalando a través de la ventana.
—¿Qué pasa? —Me alarmé, mientras corrí hacia ella.
Se escuchó un fuerte impacto seco de algo rompiéndose en la calle. El sonido llegó perfectamente hasta nuestro segundo piso.
—¡Lo he visto! ¡Lo he visto caer! —Estaba acelerada—. ¡Era como un costillar, Juan! ¡Mira! ¿No lo ves allí, junto a la señal de prohibido?, ¿aquello blanco?
En efecto, había unos fragmentos blanquecinos junto a la señal, como un arpa de hueso rota. Los huesos de un costillar, desperdigados.
—¡Qué horror, Juan! —gimió, girándose para abrazarse a mí.
La estreché contra mi cuerpo, apoyando la mejilla sobre su cabeza.
Mientras observaba cómo algunos curiosos se acercaban hasta aquellas costillas rotas, sentí que la inmensa boca del Infierno se abría ante nosotros.
 
4
 
Durante la semana, los hechos se precipitaron día a día, con creciente velocidad, como una bola de nieve echada a rodar ladera abajo. El mundo se convulsionaba con noticias extraordinarias que se habían vuelto cotidianas. Ahora lo normal era asomarse a la ventana y ver caer, cada pocos minutos, algunos huesos aquí y allá; su frecuencia seguía aumentando progresivamente, sin diferencias significativas en ningún lugar del mundo. Aunque sí se había detectado un incremento considerable en las grandes zonas urbanas respecto a las más despobladas.
Los gobiernos se unieron a la corriente de los investigadores de la red, a su línea de información —como si nunca antes la hubiesen desprestigiado con mil artimañas—. Afirmaron que los huesos eran humanos, y que el más reciente de los estudiados databa de unos cien mil años atrás. Se habían creado unidades especiales del ejército dedicadas a la recogida de estos restos. En los primeros momentos pudimos verlos clasificándolos en bolsas, escribiendo datos en ellas; pero ante la magnitud de la tarea y la creciente intensidad de la lluvia, pronto se limitaron a limpiar las calles con la mayor celeridad posible, como si de un cuerpo de barrenderos forenses se tratase. Ya se contaban por centenares los muertos debido a impactos de hueso a lo largo y ancho del planeta. Desde los medios se recomendaban medidas de protección para salir a la calle, y pronto los cascos y paraguas reforzados fueron una prenda de vestir más. El mundo vibraba, aguantaba la respiración, sobrecogido en un estupefacto estado de shock.
Esther lo llevaba cada vez peor, no podía asimilar la deriva que los acontecimientos estaban tomando. Se estaba desquiciando, y sería injusto culpabilizarla por ello. Desde mi opresión, yo intentaba mantener un mínimo de equilibrio y cordura, una pequeña luz de esperanza en que la lluvia cesase de una vez y que el mundo volviese a ser el horror que ya conocíamos, no esta aberrante, nueva pesadilla. Aunque lo cierto es que mis ideas no podían ser más negras y depresivas.
Tras la cena, que apenas tocó, Esther volvió a su verborrea neurótica. Se estaba desesperando en la búsqueda de un sentido, en descifrar el mensaje que Dios nos enviaba desde el cielo. Yo empezaba a pensar que, tal vez, no hubiese ningún sentido tras el fenómeno.
—¿Te das cuenta? —comenzó Esther, mientras recolocaba la mesa—. Nos está arrojando huesos desde el pasado más remoto para acercarse poco a poco a nuestro tiempo. ¿Qué quiere decir eso? ¿Nos está reprochando el que hayamos olvidado a nuestros muertos, a todos los que sufrieron para que hoy estemos aquí? ¿O será un castigo por enterrar tantos crímenes en el olvido, y seguir cometiéndolos de la misma manera, como si no aprendiésemos nada de ellos?
—¿Qué importa, Esther? —le contesté—. ¿Qué importa que sea por una u otra razón por la que nos castiga así? Ya ha matado a cientos, y no parece que le sean suficientes.
—Pero, tal vez si descubrimos justo lo que quiere de nosotros y comenzamos a actuar así, detenga esta lluvia de muerte. Cuando le demostremos que hemos aprendido la lección al fin.
—¿Cómo actuará Él si no descubrimos la respuesta a su retorcida adivinanza? ¿Pretende convertir el mundo en un cementerio silencioso, cubierto de huesos? Vaya un Dios vengativo que tienes, no sé ni cómo puedes creer en Él.
Esther obvió mi envenenado reproche.
—No, yo no lo veo así, Juan. Él es nuestro Padre, y actúa como tal, siendo incluso duro cuando es preciso serlo. Nos dio la libertad y mira lo que hemos hecho con ella… Tal vez haya llegado el momento de recibir nuestro correctivo, sin el cual es seguro que acabaríamos cayendo en el abismo de nuestra autodestrucción.
—No existe locura que no encuentre su justificación —casi suspiré.
—¿Me estás llamando loca? —preguntó, con los brazos en jarras.
Me pasé la mano por la cara, como si me la quisiera borrar, antes de contestar.
—No, cariño. Sólo digo que hasta la más disparatada creencia tiende a revestirse de una justificación pseudo-lógica que la permita presentarse en público con aspecto racional, aunque en esencia sea un completo sin sentido.
—Puedes pensar lo que quieras… —Desvió la mirada hacia la lluvia intermitente del exterior.
—O sea… que tú verías normal, por ejemplo, que yo castigase a mi hijo golpeándole hasta matarlo, aunque supiese desde sus primeras lágrimas que él no entendía por qué lo castigaba, ¿no? ¿Así piensas?
—Una vez más, tergiversas, atacas, sin querer comprender —suspiró, alisándose la blusa—… Está bien, Juan. Ha sido un día duro, me voy a la cama. Buenas noches —dijo, sin mirarme, cruzando la puerta.
—Buenas noches, pronto iré yo también —solté, casi como una frase hecha.
Sé lo que a ella le hubiese gustado, lo que esperaba de mí, como casi todas las mujeres: que me anticipase a sus deseos y actuase conforme a ellos, sin una sola palabra, sin preguntas, como prueba definitiva del conocimiento de su alma y mi amor por ella. ¿Cómo no conocer este viejo juego teatral y sus reglas? Ella esperaba mi comprensión, un mayor acercamiento a su credo, que rezásemos juntos por el fin de la pesadilla. Dios sería una mujer si existiese, estoy seguro. Lo siento, Esther, nunca tuve vocación de actor, de interpretar un papel en las antípodas de mis ideas y sentimientos. Siento haberte defraudado. A mí también me hubiese gustado que comprendieses la absoluta desolación de quien no tiene dónde agarrarse.
Me quedé a oscuras en el salón observando por la ventana el caer de los huesos, recortándose contra las estrellas.
 
5
 
La lluvia no cedía. Más al contrario, parecía que cada día llovía con más fuerza que el anterior. Los huesos se iban amontonando a los lados de las calles, sin que el tiempo diese abasto para su retirada. Algunos grupos de voluntarios —los «limpiamuertes», se les dio en llamar— intentaban facilitar la labor del ejército acumulando las osamentas en determinados puntos, como impíos altares levantados en honor a algún dios del averno. El trauma se extendía como una fiebre, imposible de parar. Estábamos perdiendo lentamente la cabeza, los referentes, los nervios… sometidos a esta incertidumbre sobrenatural de visos apocalípticos. El colapso, buscado o no por quien estuviese detrás de todo esto, se veía venir. Para colmo, estaban diciendo que los últimos huesos recogidos y estudiados databan de hace unos dos mil años. Y muchos presentaban huellas de violencia, signos de tortura… esos detalles morbosos vomitaban las pantallas, como si no tuviésemos suficiente mierda encima con todo lo que nos caía sobre las cabezas.
—¿Lo ves? —dijo Esther, con sus ojeras cada vez más oscuras, profundas—. Dios nos castiga con los restos de nuestros crímenes, para que no olvidemos tanto mal causado… ¿Te das cuenta, Juan?, ¿de todos los millones de inocentes muertos por nuestra propia mano, por nuestra locura?
La escuchaba, una vez más su beatífica perorata, a la que se agarraba su mente como si allí fuera a encontrar la salvación; y escuchaba el golpear de los huesos en la calle, ahora constante, sobre los coches, los tejados, sobre cada objeto a la intemperie, como mazas orgánicas de lo que una vez fueron personas… Deseé estar muerto, como ellos. Lo confieso.
—Esther… eso no puede ser —dije, realmente cansado—. Aunque nos arroje a todas las víctimas inocentes de la historia encima, simplemente, no puede ser…
—Tal vez, no sean sólo los asesinados de forma premeditada y violenta, sino todas las personas que han muerto en el mundo desde que el hombre existe. Tal vez esté vaciando los cementerios, las fosas comunes, sacando fuera todo lo que está bajo tierra… mostrando lo que somos en realidad una vez despojados del regalo de la vida, sin parar hasta que nosotros cambiemos. Hasta que creamos en Él.
—Ni siquiera así, Esther… ¿cuántos miles de millones han muerto desde el origen? Yo no lo sé pero, sean los que sean, es imposible que sean tantos como para cubrir no sólo las ciudades del mundo, sino la inmensidad de la Tierra, como parece estar ocurriendo.
Dio unos pasos por el salón, nerviosa, como buscando los asideros para que su teoría no se hundiese por completo, junto a ella.
—A lo mejor los está multiplicando, como los panes y los peces, con tal de que comprendamos, al fin…
Guardé silencio, agotado de pensar en vano. Me pulsaban las sienes. Notaba cómo el estrés recorría también mi cuerpo. La sensación de impotencia, de no poder hacer nada significativo por cambiar nuestra suerte era total. ¿Qué pueden hacer dos personas para detener el Apocalipsis?
Esther miraba a través de los cristales, llorosa.
—Puede que nos esté castigando a ti y a mí, por no haber tenido un hijo. Creced y multiplicaos… —dijo, casi para sí misma.
El reproche, siempre ahí clavado, como un oxidado cuchillo ritual de los Incas.
—No me vengas otra vez con eso, Esther —rogué, hastiado—. Pensar que lo que sucede en el planeta depende de lo que tú y yo hagamos… es de un egocentrismo solipsista extremo…
Ella callaba.
—¿Te imaginas lo que hubiese sido tener un hijo? —proseguí—. ¿Te gustaría que nuestro hijo estuviese por aquí ahora, siendo víctima junto a nosotros de esta locura? A veces pienso que, no trayéndole a este mundo de mierda, lo he querido y respetado mucho más que tú.
Esther se giró hacia mí, con ojos sorprendidos, furibundos…
—¿Qué coño estás diciendo? —explotó—. ¿Cómo me puedes decir eso? Yo le hubiese dado una vida llena de afecto, digna de ser vivida… Y si esto es el final, al menos hubiese tenido la ocasión de estar vivo, de poder respirar y conocer qué significa esta experiencia. Ahora, ahora ya… —se le crisparon los labios— nunca podré… ver su cara…
Se acercó a mí, con lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Eres un cobarde… ¡Un egoísta de mierda!
Y en lugar de golpearme a mí, dio un manotazo al plato de cristal sobre la mesa, que voló hasta hacerse añicos contra el suelo, justo antes de salir corriendo hacia nuestro cuarto. Escuché el portazo al final del pasillo, a galaxias de distancia.
Vaya asco…
Me levanté al rato con pesadumbre, a por la escoba y el recogedor para barrer los pedazos de cristal por todo el salón. Lamenté todas y cada una de mis palabras, la forma de expresarlas. Lamenté mi estúpida soberbia, mi falta de sensibilidad hacia su estado emocional. Lamenté estar junto a ella, no haberla dejado libre, que encontrase a cualquier otro que le transmitiese la felicidad que yo jamás sería capaz de brindarle. Mientras arrastraba con la escoba los brillantes fragmentos hacia el recogedor, sentí unas inmensas ganas de llorar, como ya ni recordaba. Ella tenía razón. Soy un cobarde, por no querer un hijo y cuidarlo junto a ella, por no alejarme, por no atreverme a vivir sin verla cada día. Y soy un egoísta de mierda, porque he unido su destino al mío.
Porque es la única Persona en el mundo a la que he amado con toda mi alma.
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