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Los niños del terremoto (leyenda de terror)

Los niños del terremoto (también conocida como "Los niños del 85) es una leyenda urbana que surgió a consecuencia del terrible terremoto que se dio en Ciudad de México en septiembre de 1985. Entre los muchísimos edificios destruídos se conoce una escuela, en la que todos los niños perecieron. Según esta historia de terror, los espíritus de aquellos alumnos todavía merodean por la zona, aparaciéndo ante la vista de los residentes. Espero que este video de terror sea de agrado para aquellas personas que tienen memoria de tan trágico acontecimiento.


link: https://www.youtube.com/watch?v=yOs63v56H-Y


Los niños del terremoto

Hacia poco me había trasladado a Ciudad de México por motivos de trabajo. La verdad es que no tuve problema alguno, al principio. El piso era tranquilo, recién construído y bien comunicado con las zonas del centro. En definitiva, era el alojamiento que a la mayoría de la gente le gustaría tener en una gran ciudad. Sí. Eso pensé durante las primeras dos semanas. Al cabo de unos quince días tuve un periodo de vacaciones, lo que me permitió levantarme más tarde por la mañana.

Sin embargo, a eso de las 7:20 de la mañana fui despertado por unos ruidos. Sonaban como ligeros pasitos que se movían de un lado al otro del piso. Pensé en el gato, que estaría correteando por el pasillo. Pero enseguida recordé que mi mascota se había quedado en casa de mis padres. Me levanté para revisar todos los cuartos, y sin embargo no acababa de localizar esos ruidos; a ratos parecían venir del apartamento de arriba, después se escuchaban en el mismo piso, cuando sabía perfectamente que no había nadie ahí conmigo. Al cabo de un momento los ruidos cesaron, y poco después dejé de pensar en eso.

Fui a asearme, y mientras lo hacía me dio por tomar un trago de agua de la llave. Noté enseguida que tenía un gusto distinto a lo usual. De buenas a primeras no fui capaz de identificar ese dejo extraño, pero al cabo de un instante, venciendo mi incredulidad, sí caí en la cuenta. ¡¡¡El agua sabía a sangre!!! Eso ya me sorprendió, pues sabía que el agua de Ciudad de México no tenía ese sabor tan peculiar. Sin embargo, no quise dar demasiada importancia a ese detalle.

Más tarde, estaba desayunando con una taza de café. La dejé en la mesita delante del sofá, y me levanté para prender la televisión. No pasarían más de un par de segundos: levantarse, prender la tele, volver al sofá. Y en esos pocos segundos la taza se había vaciado sola, sin moverse de su sitio. ¿Qué está pasando aquí? Hasta lo pregunté en voz alta. La respuesta no se hizo esperar, y vino en forma de risitas y cuchicheos infantiles. Y una vez más, no lograba ubicar el origen del sonido. Parecía que unos niños se estuvieran riendo a escondidas por la broma que me acababan de gastar. Volteé la cabeza hacia donde me parecia escuchar esas risitas, y con el rabillo del ojo entreví la silueta de una persona pequeña que se asomaba por la ventana, pero desde fuera. ¿Pero cómo es posible que alguien se cuele por la ventana si estamos en un piso 19? Obviamente, cuando miré bien donde la ventana no había nadie.

A esas alturas ya no me sentía tranquilo. Pero tampoco podía llamar a la policía por supuestamente haber visto cosas que no estaban ahí. Durante un rato estuve recorriendo el pasillo del edificio, mientras intentaba ordenar las ideas. Al final opté por consultar al administrador de la comunidad. Para que no me tomara directamente por loco, enfoqué el asunto de manera indirecta. Le pregunté si los vecinos del edificio tenían hijos pequeños que solían hacer ruido desde temprano. Para mi sorpresa, ese señor intuyó al instante lo que pretendía comentarle. Cortó por lo sano y respondió justamente a la pregunta que yo me resistía a formular.
– Claro, usted es nuevo aquí, y tal vez no lo sepa. En este predio, donde vivimos ahora, hubo una escuela que fue totalmente destruída aquel 19 de septiembre de 1985. Fue el terremoto más destructivo de Ciudad de México. Murieron más de 10.000 personas. Incluso se encontraron rastros de sangre en el agua potable- Me quedé sin palabras. Luego el hombre continuó hablando: - En cuanto a los pobres niños de la escuela, sus espíritus se quedaron en este lugar. Aun a día de hoy nos acompañan sus risas y bromas infantiles. Los que vivimos aquí hemos aprendido a convivir con su presencia: los escuchamos correr de un lado a otro; a veces aparecen sus figuras traslúcidas. Para ellos, aquel día de clase nunca terminó. Pero no tiene usted nada que temer, más allá de alguna que otra bromita inocente. Ya se acostumbrará.
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