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Música de sobremesa




Juancer el Bastardo era el chico encargado de deshacerse de los cuerpos de alguna mafia en la que ni siquiera él tenía ni idea quién era el jefe, pero la paga era tan buena, y ellos eran tan discretos, que no le interesaba saber quiénes eran o qué habían hecho esos infelices antes de llegar a él convertidos en carnes frías.
Comenzó con este negocio, y ahora mal hábito, cuando era joven y necesitaba un poco de dinero para salir de las deudas que se había echado encima por maquilar en grande su primer disco de RAP; un éxito en el norte y centro del país, pero Juancer no había sabido administrar las ganancias y estaba en quiebra.
Por esa época, Black Leeroy se había acercado a él durante una borrachera en camerinos y de alguna forma, Juancer terminó acompañándolo al sitio más oscuro y aterrador que hasta entonces había visitado, para arrojar a uno de los cuerpos en una de las múltiples fosas comunes que habituaba Leeroy.
Ese fin de semana de alcohol, mujeres, drogas y RAP lo pagó Leeroy con el dinero de ese trabajito.
Cuando el fin de semana terminó, Juancer no estaba tan convencido, pero vio la posibilidad de hacer un poco de dinero fácil, por un periodo corto de tiempo. Trabajaría para Leeroy y no tendría que involucrarse con nadie más, era muy seguro. Leeroy aceptó. Juancer pensó que sólo sería mientras pagaba las deudas que venía arrastrando e incrementando durante 5 meses.
Terminó de pagar sus deudas mucho antes de lo que había planeado y decidió que quería armar un estudio en casa, tal vez un par de trabajos más, tal vez un par de borracheras más.
Las pequeñas borracheras se hicieron grandes borracheras y entre más grandes, más costosas. Entre más frecuentes, más difíciles de dejar.
Habían pasado 8 o tal vez 10 años, no estaba muy seguro. 
Ya no hacía los tratos con Leeroy, sino con el jefe y llevaba un estilo de vida que el RAP aún no podía costear.
Había un vaso old fashion con una bola de hielo y whiskey sobre la mesa, sudaba un poco y eso lo hacía una delicia al tacto. Miró por la ventana y ahí estaba, imponente y llena de vida. La ciudad de México, sumergida en un show de luces que no pararían hasta el amanecer. Aún no llegaba ya típico Tsuru blanco. 
Caminó tambaleándose hasta la mesa, tomó el trago y partió a paso torpe rumbo a la habitación. Las vio tiradas en la cama, una tenía un liguero negro y la otra unas pantis blancas, joviales, muy naturales. Sonrío y luego bailó un poco consigo mismo. Colocó el vaso vacío en la mesa con el afán de llenarlo una vez más, pero una llamada lo interrumpió. 
– Ya llegó su taxi señor – dijo una voz sin tacto y colgó el teléfono. 
Juancer regresó a la ventana y miró una vez más, vio que el Tsuru ya estaba aparcado en la oscuridad, justo bajo la tétrica y seca jacaranda. Tomó sus pantalones, que de alguna forma habían llegado al sofá, trató de ponérselos, pero cayó un par de veces, rio a carcajadas y luego se levantó, sacudió un poco su gorra y con un movimiento, que Juancer recordaba hacía a Frank Sinatra, se la puso. Regresó a su paso de vals con rumbo a la salida, tras la puerta lo esperaba una sudadera negra de capucha amplia. Se la puso hábilmente. Salió del departamento y cerró la puerta. Casi de inmediato volvió a entrar, fue a la nevera y tomó un seis de Jack Daniel´s, sonrió y cerró la puerta de la nevera con el pie.
Abrió la puerta del carro, se sentó y buscó las llaves, sonrío de nuevo y bajó del carro, metió la mano bajo la salpicadera delantera izquierda, ahí estaban, como siempre. 
Subió al Tsuru y una vez más algo lo perturbó, miró fijamente hacia la guantera, acercó la mano y al abrirla encontró una Colt M1911 semi-automática de acción simple, alimentada por cargador y operada por retroceso directo de calibre 45 ACP, Juancer la conocía como “escuadra 45”. Una ligera sonrisa se dibujó con calma en su rostro.
Surcó la ciudad mientras degustaba otra Jack Daniel’s. Luces, carros y rostros, por todos lados veía personas y pensaba que tal vez algún día llevaría a alguno de ellos en la cajuela del Tsuru., como lo hacía ahora.
Al fin llego a un lugar muy alejado y de poco alumbrado, aparcó el carro cerca de la bodega.
Anteriormente enterraba los cuerpos en lugares muy apartados y despoblados, en el estado de México, pero perdía muchas horas en el camino y se fastidiaba llegando sobrio al lugar, así que decidió rentar una bodega solitaria en una zona industrial. Cada fábrica, en cualquier dirección, estaba por lo menos a un kilómetro y medio de distancia. Esto incluía un matadero al Oeste, así que era perfecto para disimular los olores.
Abrió la cajuela y miró el habitual bulto blanco, pero esta vez había algo raro, algo que lo perturbó profundamente. El bulto dejaba ver unos nike Air Force One de bota, color blanco. Tuvo la impresión de que la persona bajo la sabana era uno de sus conocidos. 
Le vino a la mente Black Leeroy. Recordó la última vez que intercambiaron servicios por dinero, charlaron un poco, se sirvieron unos tragos y mientras brindaban, bastardo derramó un poco de alcohol sobre el costoso tenis de Leeroy, los miró con detenimiento y admiración. Juancer había soñado con esos tenis desde que era niño y ahora que tenía el dinero para comprarlos, ya había olvidado que los quería. Se disculpó, pero Leeroy no le dio importancia y la fiesta continuó.
Ahora tenía miedo de que Leeroy fuera el pobre infeliz bajo la sábana y de ser así, él podría ser el siguiente. Acercó su mano empalidecida y sudorosa, tomó una punta de la sábana y pensó que tal vez debería de hacerlo como las mujeres depilaban sus piernas. En un movimiento rápido lo descubrió. El rostro que encontró en su vida lo había visto.
Una carcajada sonó por todo el lugar, movió la cabeza negándolo todo. Regresó al carro y tomó un Jack Daniel’s.
Con mucho esfuerzo sacó la mitad del cuerpo de la cajuela, tiró una vez más y la cabeza del infeliz azotó dura y seca contra el concreto. Lo arrastró con indiferencia desgarrando la oscuridad con una linterna de mano. Llegó hasta una tapa en el suelo, parecía la de una cisterna, quitó el candado, se puso un pañuelo en la cara, y levantó la tapa oxidada. Retrocedió un poco ante la peste que provenía del hoyo. Apuntó la luz dentro y vio que sus nenas corrían de un lado a otro deseosas de alimento, algunas eran tan grandes que parecían conejos, ya no quedaba nada del último sujeto que arrojó ahí, las ratas lo habían devorado por completo. 
Quitó la sabana del cuerpo y la dejó a un lado, colocó el cuerpo en la orilla y bailó un poco más para ellas. Con el talón rodó el cuerpo dentro y las ratas chillaron casi de una manera eufórica. Juancer siguió bailando; izquierda y derecha, una y otra vez, pero cuando pasó por encima de la sábana, sus pies se enredaron en ella y perdió el equilibrio. Cayó de cara en el oscuro agujero y por un momento no supo en dónde estaba, o quiso negarse a lo que en realidad sabía, pero entonces sintió un agudo y penetrante dolor en la mano, levantó el brazo y lo vio cubierto de ratas, se incorporó, se sacudió todo el cuerpo y saltó lo más alto que pudo hacia el único lugar por donde entraba la luz. Estaba demasiado alto. Tras un grito prolongado y furioso reinó el silencio. 
Juancer no dejó de sentirse orgulloso de sus nenas y dedicó sus últimos pensamientos a desear haber caído muerto ahí dentro. 


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Otra narración que tal vez sea de tu agrado, aquí:  
http://www.taringa.net/posts/paranormal/18113509/Yaz.html

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Por Kris Durden 
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