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¿Quieres hacer un pacto con Lucifer? 2ª parte


Mi anterior post creó cierta polémica. ¿Quién es Lucifer? ¿Existe o no existe? ¿Cuál es su verdadera historia? ¿Miente la iglesia sobre él?
Tras contestar a numerosos mensajes, se me ocurrió una idea, quizá peregrina o absurda, pero que, por otro lado, considero interesante:
VOY A ESCRIBIR MI SIGUIENTE NOVELA, AQUÍ, EN DIRECTO, EN TARINGA.
Será la continuación de la primera novela, titulada "Abandonad toda esperanza" y utilizará al mismo personaje principal: Damián Castellano.
En realidad, ya tengo escrita parte de la misma y, por otro lado, el modo de redacción de un post es muy distinto al de una novela. Aquí utilizaré el estilo del relato. Pero los relatos que aquí publique formarán parte del trabajo final que será la novela.
Todos ustedes serán testigos y partícipes de su redacción. Pero les pido que sean comprensivos. Pretendo escribir para el mayor público posible: Hombres, mujeres, jóvenes y mayores. Y cada uno de estos grupos tiene sus propios gustos. Mi primera novela la adapté para que coincidiera con la mayoría de estos gustos; y espero hacer esto con la segunda.
También les pido que sean pacientes. No todos los días podré escribir. Tengo una idea general del argumento, pero tardaré en desarrollar los detalles. Además, la preparación de una novela requiere mucha documentación que también lleva su tiempo.
Este primer relato está basado en un episodio auténtico del siglo XVI: el proceso inquisitorial de las brujas de Barahona. Aunque los hechos de fondo son ciertos, la novela requiere de buenas dosis de ficción, pero eso es lo que la hace atractiva. Los investigadores puristas descubrirán rápidamente cada uno de estos aspectos, real y ficticio.
Pero basta ya de preámbulos. Ahí va la primera entrega. Espero que les guste.

HIJOS DEL DIABLO
LAS BRUJAS DE BARAHONA
– 1

—¿Por qué todas las historias de terror ocurren en viejos caserones como este? —Preguntó Damián.
Lucifer se acercó lentamente a la ventana observando con atención como caía una copiosa nevada que esmerilaba la fría atmósfera de la calle. Después, dando algunos pasos hacia la chimenea, aproximó las manos al fuego y las frotó con viveza.
—Esto no fue siempre un viejo caserón —respondió mirando el juego de la lumbre. Después, volviendo su profunda mirada hacia Damián, corrigió la frase—. Bueno, sí lo fue. Pero, en los tiempos en los que sucedió esta historia, esta casa era una más, como muchas otras de las que se cuentan por docenas en los pueblos que se esparcen por estos páramos.
El fulgor dorado de las llamas proyectaba salamandras, en forma de destellos y sombras, que se aferraban a las macizas paredes de gruesa piedra desnuda. Una mesa de madera rústica, carcomida por el taladro y los años, pero aún fuerte y pesada, sostenía elementales viandas medio desembaladas de sus envoltorios de papel, plástico y aluminio. Almendras, por aquí, una barra de pan por allá, embutidos entre medias, agua y la oscura bota de vino que, tiempo atrás, había pertenecido a Andreu.
A un lado, sentado en una compacta silla con el mismo aspecto envejecido que la mesa, Damián mantenía la mirada y las manos fijas en el cuero de la bota, extrayendo de su dura piel los recuerdos felices de tiempos pasados. Vació un chorro de vino en su boca y contempló la estancia a la espera de que Lucifer prosiguiera su relato. Ella caminó los dos pasos que la separaban de la mesa y se sentó frente a Damián mirándole fijamente con sus oscuros ojos. Se desprendió de la chaqueta de forro polar verde con que se había protegido del frío y ya, con la habitación caldeada por la lumbre, adoptó una postura más cómoda.
—Hace un rato, antes de que se pusiera el sol, detuvimos el coche junto a las ruinas del Monasterio de Monsalud, donde ocurrieron parte de estos dramáticos hechos. Ahora, desvencijadas paredes y techumbres derrumbadas recuerdan lo que fue un próspero cenobio.
—¿Tú sientes nostalgia por los conventos antiguos? —Preguntó Damián con cierta sorna.
—De algún modo sí —respondió Lucifer con un aire risueño en la dulce expresión de su cara—. El arte, la belleza y buena parte del conocimiento antiguo se protegía bajo los muros de iglesias y monasterios. Y también algún que otro vicio oculto bajo los hábitos de monjes y monjas.
Ella puso una expresión pícara al expresar esas palabras. Su abundante melena negra onduló perfecta al compás de la risa consecuente, creando, al mismo tiempo, palpitaciones sugerentes en sus firmes pechos que pugnaban por escapar del suave jersey de lana azul con el que se cubría.
—Pero los monasterios también albergaban atrocidades sanguinarias —prosiguió narrando—. Y, en aquel año de mil quinientos veintisiete, el señor abad del convento, acompañado por las autoridades del Santo Oficio, el gobernador diocesano y el corregidor de este pueblo, Córcoles, amparados todos ellos por el mandato que les otorgó el Papa Clemente VII, levantaron un proceso a instancias de un torticero familiar de la Inquisición que denunció actos de brujería en el campo de Barahona, donde, según afirmaba, acudían brujas procedentes de este lugar, junto con otras muchas de toda Castilla, rivalizando esta nigromancia con otros aquelarres del momento, como los de Roncesvalles o Toledo.
»Envidias, avaricia, lujuria y despecho se encontraban tras las denuncias del informante del Santo Oficio, volcadas principalmente contra Quiteria de Morillas, mujer hermosa, soltera y alegre a quien pretendían en matrimonio diversos personajes de la comarca, de cuyos galanteos ella disfrutaba sin manifestar preferencia por ninguno.
»Quién denunció nunca se supo, pues el secreto protegía a los confidentes de la Inquisición, pero a causa del orgullo de un hombre despechado, se condenó a la hoguera a quince mujeres de estos pueblos, y sus propiedades pasaron a ser patrimonio de acusadores y testigos avariciosos. Todos ellos amparados por la que se ha considerado durante siglos la iglesia de los justos.
—¿Tú conociste al denunciante? —Preguntó Damián interesado por la historia.
—Sí, lo conocí —respondió Lucifer—. Pero, ¿qué importancia tiene ahora, cuando han pasado más de cuatro siglos desde aquello?
—¿Y por qué provocó esa crueldad?
—Ya lo dije antes. Por despecho. Sabido era que Quiteria andaba en amoríos, menos ocultos de lo que ella pensaba, con pastores, cazadores y arrieros. Hombres que iban y venían, desapareciendo por momentos entre los roquedos del monte, y prosiguiendo su camino tras dejar caricias en el cuerpo de la agraciada mujer. Sin compromisos ni exigencias. Pero todo quedaba en sospechas y arranques de celos por los hombres del pueblo, que pretendían sus gracias y sus haciendas a partes iguales.
—¿Era rica Quiteria?
—No tanto como hermosa. En realidad, la hacendada era su madre, Juana, viuda y con tierras que, si bien no eran muchas, eran buenas; tierras que ella heredaría por delante de sus otras dos hermanas. También eran dueñas de esta casa.
—¿Esta es la casa de Quiteria?
—Sí. La casa de las Morillas. Después pasó a ser propiedad de su acusador. Fue aquí donde vivió parte de las torturas a que la sometieron y los ultrajes que acompañaron a los tormentos. Padecimientos ajenos al proceso inquisitorial, por otro lado, lo que, al juntar unos y otros castigos, llevaron a la pobre mujer a la agonía final de la locura previa a la muerte por el fuego.
Damián sintió la garganta seca, quizá por la permanente presencia de la hoguera quemando carne humana a lo largo de la conversación. Bebió otro trago de vino fresco y recorrió con la mirada el lugar donde la desdichada Quiteria había sido atormentada.
Esa habitación, al menos, no había experimentado demasiados cambios. Los sillares de los muros serían los mismos, igual que la altura del lugar, quizás, parte del maderamen que sustentaba la techumbre. La puerta era también vieja, pero no tanto, probablemente tendría unos cincuenta o sesenta años, lo mismo que la madera de las ventanas, con los cristales engarzados en masilla y clavos retorcidos. La iluminación era, sin duda, moderna, aunque la solitaria y enorme bombilla que colgaba del centro del techo tenía sus años. El polvo que cubría el sobrio mobiliario tampoco tendría más de unos meses. Un viejo aparador castellano de pared donde se guardaba la vieja vajilla que no se habían atrevido a usar, la pesada mesa para, al menos, ocho comensales, otras tantas sillas rodeándola y, prendidas de ganchos y clavos fijados a las juntas de los sillares de las paredes, viejas prendas de pastor colgando en el aire y en el tiempo.
Lucifer y él, Damián Castellano, hijo del diablo por elección, desentonaban con su ropa cara y moderna en el escenario que ocupaban. Él, vestido con indumentaria deportiva, pero de fibras térmicas actuales y vivos colores, preparada para el invierno en la montaña. Ella, también con el mismo estilo, pero con prendas elegidas para realzar su belleza y sensualidad; para mostrar su atractivo al mundo. Modernidad y belleza ocupando el lugar de la decrepitud, la melancolía y el sufrimiento. Y también opulencia. El enorme vehículo todo terreno aparcado en la puerta del caserón, ahora cubierto por la nieve; el reloj Rolex Daytona aferrado a su muñeca; la billetera hinchada por billetes de cien y quinientos euros, y la tarjeta de crédito American Express Centurión vinculada a su abultada cuenta bancaria. Eso él, claro. Lucifer no precisaba nada.

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Pincha aquí: EL PACTO CON LUCIFER
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