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¿Quieres hacer un Pacto con Lucifer?

PREPARACIÓN PARA EL PACTO ¿QUIÉN ES LUCIFER?
Toda esta información y mucha más la tenéis en mis libros:
ABANDONAD TODA ESPERANZA
EL PACTO CON LUCIFER


Lucifer existe y Yahveh, o Jehová, o como quieras llamarlo, no. Esta afirmación, que parece una blasfemia y una contradicción, con toda su contundencia, es real, y puedo demostrarlo.
La historia de las “religiones del libro”, esto es, Judaísmo, Cristianismo e Islam, se origina en una pequeña región del oriente medio: el llamado “Creciente Fértil”, identificado, según la tradición, con la tierra de Canaán, que se extendía por el actual estado de Israel, los territorios palestinos, y parte de Jordania, Líbano y Siria. Allí, según cuenta la mitología bíblica, Yahveh prometió a Abraham que se asentaría su descendencia y que se convertirían en el pueblo elegido.
La región, a lo largo del tiempo, estuvo rodeada y dominada por grandes imperios: Egipcios, sumerios, hititas, babilonios, etc. Además de pueblos menores que también la poblaron: Amorreos, hicsos, hurritas y hebreos, entre otros.
El pueblo hebreo, minoritario y débil en la región, se inventó un dios que justificara la beligerancia extrema y la crueldad sin límite que necesitaban para apropiarse de un pedazo de tierra, la cual, según su libro sagrado, le había sido prometida. Y era un dios que ni siquiera les ofrecía la vida eterna o la salvación de su alma, sino, tan sólo, que sus descendientes podrían ocupar dicho territorio si el pueblo elegido le era fiel. El concepto de vida y alma eterna surgió para ellos en una época posterior.
Sin embargo, a pesar de las numerosas carnicerías que organizaron los descendientes de Abraham a lo largo de los siglos para hacerse con el territorio, nuca pudieron establecerse con absoluta hegemonía y, en no pocas ocasiones, estuvieron dominados y esclavizados por imperios mucho más poderosos, que seguían las directrices de dioses, si nos fiamos de los resultados, mucho más poderosos que el dios de Israel.
Es decir, Yahveh era un dios minoritario y débil inventado por un pueblo minoritario y débil, y tanto uno como otro eran belicosos en extremo, crueles hasta la saciedad, mentirosos, traidores, prepotentes, engreídos y miserables. Por lo menos en aquella época, y estos calificativos se explican mediante una lectura sencilla de sus libros sagrados. Debemos reconocer que, por otro lado, los hebreos no eran los únicos belicosos, crueles, mentirosos, traidores, prepotentes, engreídos y miserables. Todos los pueblos que los rodeaban respondían, asimismo, a tales epítetos.
Si Yahveh derramó diluvios universales que arrasaron a toda la humanidad (algo manifiestamente falso), o destruyó las ciudades de Sodoma y Gomorra con todos sus habitantes, simplemente porque creían en otros dioses (lo que, en el lenguaje de la Biblia, se traduce como “que no eran justos”, y qué tendrá que ver la justicia con la adoración a uno u otro dios), los israelitas pasaban a cuchillo a todos los habitantes, hombres, mujeres, ancianos y niños, de la ciudad de Jericó, simplemente porque su dios les dijo que era para ellos.
También, en dichos libros sagrados, se idolatra a mujeres que mataron a traición a generales y reyes enemigos. Se venera a héroes que coleccionaban prepucios de filisteos y se codifican las formas en que es lícito pegar a esposas e hijas.
En definitiva, Yahveh es un dios creado a imagen y semejanza del pueblo que lo inventó; perfecto para servir a los intereses de los sacerdotes, gobernantes, reyes y generales que lo utilizaron para justificar sus prebendas y someter a los humildes. Pertenece a la generación de los dioses solares, como Mitra, Indra, Zeus, Júpiter o Amón, entre otros por el estilo. Todos ellos caracterizados como poderosos, enérgicos, temibles, guerreros, políticos, manipuladores e iracundos, entre otras muchas “virtudes” por el estilo. Seres inventados por las castas dominantes en la época del apogeo de los grandes imperios clásicos, desconocidos o secundarios en tiempos más pretéritos, e impuestos artificialmente como modelo de la sociedad que se estaba gestando.
Así, los reyes, emperadores y caudillos podían afirmar, basándose en la mitología inventada para sostenerlos en su preeminencia, que ocupaban el cargo “por la gracia de dios”. ¡Claro!, entre los atributos que mencioné antes faltaba este: Los dioses solares también son “graciosos”.
Pero Lucifer es anterior. No con ese nombre, sino como espíritu de atributos y cualidades peculiares, de suma importancia en otra época, y repetido en las historias antiguas a lo largo de todo el planeta.
Nos remontamos a la época de la mitología lunar, donde las divinidades estaban ligadas a la tierra, a la naturaleza, sus ciclos y potencialidades. En aquella época, la sabiduría se centraba en comprender a dichos dioses y, sobre todo, diosas, que regían las migraciones de las especies animales, las épocas de recolección y abundancia, la fertilidad, las lluvias y la bonanza. También la salud, la felicidad y la comprensión profunda de la realidad natural.
Podemos remontarnos incluso a la época del chamanismo primitivo, donde los espíritus de la Naturaleza poblaban bosques y praderas, campos de cultivo, fuentes, arroyos, mares, montañas, nubes y estrellas. Y, unificando a todos estos espíritus, se encontraba un solo ser que regía los ciclos naturales, un Gran Espíritu supremo, un Manitú, un Brahmán, un Lucifer. Es la Madre Tierra, La Pachamama.
Más adelante, en la mitología sumeria, se le identifica con el dios Enki o Enkil, conocido posteriormente como Ea en las culturas acadia y babilonia. Su nombre se traduce por “Señor de la Tierra” y se le considera el creador de la humanidad, su benefactor y el ser que nos transmitió cultura, civilización, ciencia y bienestar, oponiéndose al maléfico Enlil, esclavizador de los hombres para convertirlos en mano de obra sumisa mientras le interesa y creador de diluvios cuando se harta de ellos, asimilable al Jehová hebreo.
Lucifer es ese dios primitivo ligado a la naturaleza, la belleza, la salud, la sabiduría, la felicidad y la prosperidad. Dios al que abandonamos cuando los grandes imperios nos dominaron, y cuando la nueva fe impuesta desde Roma nos condenó a la hoguera si no renegábamos de él.
¿Sorprendente? ¿Se trata realmente el personaje al que me refiero del Lucifer odiado por la iglesia? ¿O me estoy inventado un cuento de hadas? Para salir de dudas, recurramos a los mitos que la propia Biblia cuenta sobre él, y veamos sus características a la luz de las escrituras.
El primer contacto que tenemos con el mito de Lucifer, según nuestra cultura judeocristiana, se da en el libro del Génesis. Os recomiendo que leáis completo el capítulo tres. En resumen, ocurre lo siguiente: Dios, o mejor dicho los dioses (creo que merece la pena realizar un inciso en esta narración. En el original hebreo se utiliza la palabra cananea “Elohim” para referirse a dios; sin embargo, esta palabra es plural, significa dioses. La palabra singular para referirse a un solo dios sería “Eloah” pero, como digo, el original hebreo de la Biblia usa el término “Elohim”. Los teólogos insisten en que la utilización del plural corresponde a un uso mayestático, pero no deja de ser una opinión. Lo cierto es que la lectura literal del libro habla de varios dioses).
Como decía, los dioses, pusieron a Adán y Eva en el Paraíso terrenal, y les dieron libertad para comer de todos los frutos excepto de dos: los que procedían del Árbol de la Ciencia y del Árbol de la Vida. Lucifer se les presentó en forma de serpiente enroscada en el tronco del Árbol de la Ciencia. Aquí debo hacer otro inciso: Seguro que todos nosotros conocemos el símbolo de una serpiente enroscada en una vara vegetal, es la llamada “Vara de Asclepio”, un emblema que ha sido adoptado por los médicos y, con cierta variación, sustituyendo el bastón por el largo pie de una copa, por la farmacia. Este símbolo, en realidad, es la representación antigua de la ciencia, la sabiduría y el conocimiento. Es más, la representación clásica de la diosa “Sophía”, esto es, sabiduría, era una serpiente. Otro dato, uno de los grupos del gnosticismo cristiano primitivo, que se hacían llamar “los ofitas”, buscaban la sabiduría cuyo ideal estaba representado por una serpiente.
Volviendo al tema, Lucifer, tomando la forma de una serpiente enroscada en el tronco del Árbol de la Ciencia, les comenta a Adán y Eva que los dioses les han prohibido comer del Árbol de la Ciencia porque tendrían el conocimiento de todo, y del Árbol de la Vida porque obtendrían vida eterna. Si juntamos sabiduría absoluta y vida eterna alcanzamos la esencia divina, y eso es, precisamente, lo que dijo la serpiente: “Seréis como dioses”.
Suponemos que la función de Lucifer era mentirnos, engañarnos para que su tentación surtiera efecto y, por lo tanto, condenarnos al Infierno donde él estaba castigado por la eternidad. Lo sorprendente es que, en la Biblia, la historia continúa demostrando la verdadera intención de Lucifer y de los dioses. Los elohim se juntan, hablan entre ellos, y se dicen: “Mirad que Adán y Eva han comido del Árbol de la Ciencia, expulsémosles del Paraíso antes de que coman del Árbol de la Vida y sean como nosotros”. ¡Lucifer tenía razón, no mintió! Él nos puso en el camino de la divinidad, de la perfección, de la sabiduría y la vida eterna. Por el contrario, Yahveh, o Jehová, o Elohim, o como queramos llamarlo, fue el primer represor de la historia, el ser que pretendía mantenernos en la ignorancia, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. ¡Y, para colmo, nos exige adoración ciega hacia su persona!
Admitámoslo, Yahveh no existe, es una invención de los sacerdotes, los poderosos y los militares para justificar su prepotencia; pero, aunque fuera un ser real, al igual que el demonio, se trataría de un dios menor, un espíritu soberbio, colérico y cruel que, humillado por su inferioridad ante un dios mucho más antiguo, poderoso, universal y reconocido, se inventa una historia, una patraña, en la que él sale victorioso sobre su enemigo. Él, Yahveh, es el torturador de la humanidad, de la naturaleza, el conspirador sádico y cruel que exige sacrificios humanos y masacra a ciudades y civilizaciones. Su poderoso enemigo es Lucifer, el triunfador de la verdad, la ciencia, el conocimiento y la sabiduría; el que nos otorga los dones de la belleza, el placer, la felicidad, la salud y la vida. ¿A quién adorar? La lógica y la historia demuestran que, para conseguir adoración hacia el primero, sólo puede lograrse mediante el terror, la violencia, la tortura y la hoguera. Y eso es lo han hecho las iglesias en todas las épocas.
También es conveniente insistir en la figura de Lucifer como el Ángel Rebelde. Sigamos insistiendo en el mito bíblico, aunque sabemos que es falso. Yahveh lo acusa de soberbia, por pretender ser igual que él (podemos leer este episodio en el libro de Ezequiel, capítulo veintiocho). El texto bíblico se preocupa especialmente de despreciarlo, de zaherirlo con vehemencia; el más perfecto de los ángeles del señor volviéndose contra su creador. En primer lugar, podemos observar lo absurdo de la narración; un ser tan sabio y perfecto no puede pretender nunca volverse contra quien, según dicha mitología, es superior a él. Si se rebela no debe ser tan sabio y tan perfecto. Pero no es la incongruencia lo que quiero resaltar del texto, sino el hecho de que, aun a sabiendas de que va a resultar el perdedor, decide rebelarse contra su creador. Incluso en el retorcido texto bíblico se le presenta como el espíritu de la rebeldía justificada. Simplificando, podría decirse que existen dos posiciones ante la tiranía: la sumisión o la rebelión, aún a costa de la propia vida. Y Lucifer decide rebelarse porque no le sirve la razón de la fuerza. No quiere someterse al “mando y ordeno porque yo lo digo”. Es libre, la libertad es sagrada. De hecho, este es el aspecto, bajo mi punto de vista, que confiere más importancia a la esencia luciferina: La libertad como máxima expresión tanto de lo humano como de lo divino.
Tal como vimos anteriormente, los dioses solares reprimen la libertad. El propio Yahveh exige obediencia ciega, lo que es un argumento utilizado por los poderosos para conseguir la sumisión de los humildes. Sin embargo, Lucifer es el ejemplo de la liberación. Por eso no se le puede tolerar. Por eso se le denigra, humilla, niega o tergiversa; por eso se persigue a los fieles del Espíritu Rebelde.
Ahora vamos viendo el carácter de Lucifer como benefactor de la humanidad. Esa es su verdadera función. Como espíritu de ciencia y sabiduría se lo menciona en todas las culturas, tradiciones y filosofías anteriores al Cristianismo, y también alguna posterior. Como espíritu, además de la sabiduría, del placer y de la belleza también es mencionado. Igualmente como espíritu de inmortalidad. En realidad, ha sido y es el espíritu más adorado a lo largo de toda la historia de la humanidad. Y ha recibido muchos nombres:
Por citar sólo unos pocos, podemos decir que es Manitú, el Gran Espíritu de los nativos de Norteamérica; es el Brahmán de la cultura védica, personificado en sus tres emanaciones Brahma, el Creador, Visnú, el Conservador y Shiva, el Destructor, con características que lo igualan a la Trimurti en conjunto, aunque más específicas en Visnú, sobre todo asociado a su avatar Krisna.
Es el Tao de la cultura china, la realidad profunda de armonía natural; tanto la filosofía como la llamada “magia taoísta”, buscan la integración armónica de la humanidad en la naturaleza, la sabiduría y la vida larga, sexuada y feliz. Lo mismo que Lucifer.
También lo encontramos en diversos mitos griegos, como por ejemplo los relatos referidos al dios Pan, ligado a la naturaleza, a la vida apacible, a la sexualidad y al disfrute de las cosas. También podría identificarse con Dionisos, llamado El Libertador, dios del éxtasis y de la unión con lo trascendente a través de los caminos humanos, de los dones de la tierra, de la sexualidad y de todo cuanto, retornando a los mitos hindúes, podríamos denominar tántrico.
También es asimilable a los espíritus de los distintos chamanismos, con sus propiedades de empatía natural, de armonía con todo lo creado, con el uso iniciático y saludable de sus recursos. Y, allá donde miremos, lo vemos en manifestaciones diversas, múltiples y universales, de los atributos luciferinos personificados en deidades, espíritus y mitos. Lucifer es el precursor de los cultos, de los dones y de las bondades de la Ciencia y la Naturaleza. En definitiva, él es la personificación del misticismo natural, racional y coherente.
Podemos convenir que el mundo existe, nuestra experiencia lo demuestra; y también se puede asegurar que la conciencia existe, sin ella no podríamos ser conscientes de la realidad. Lucifer es la conciencia del mundo. Lucifer existe.
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